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‘Relaxing café con leche’ a tres euros

La plaza Mayor es un parque temático de lo español casi exclusivamente para turistas

Unos turistas toman un café en la plaza Mayor. Ampliar foto
Unos turistas toman un café en la plaza Mayor.

Una “relaxing cup of café con leche in plaza Mayor” puede llegar a costar tres euros. Y no es que sea un café muy especial; es café español, en taza o en vaso, corto o largo de café, con leche templada o caliente, el de toda la vida. Nadie va expresamente a la plaza Mayor a tomarse un café como si estuviera en Viena o en Italia.

Días después de que Ana Botella vendiera en Buenos Aires las virtudes del café al modo español, y de que Internet afilara una vez más su ingenio a costa del inglés de los políticos nacionales, la pregunta es qué plaza Mayor es la que describe la alcaldesa.

La que conocen los turistas que la visitan se ha convertido en un parque temático de lo español. Hay tiendas de souvenirs donde uno puede comprarse un mantón de Manila, una camiseta falsa de la selección, un quijote o un toro de plástico, una espada toledana o un cenicero con un dibujo de la Puerta de Alcalá; hay una mujer latinoamericana vestida de gitana y un Spiderman gordo con los que se hacen fotos los turistas; y hay decenas de terrazas de restaurantes donde cobran demasiado por un cochinillo, una paella valenciana o unos calamares a la andaluza. También hay otras tiendas en los soportales, vendedores de sellos y billetes antiguos, pero estos cada vez tienen menos sitio en la plaza.

Los encargados de servir café el café comentaban ayer el asunto sin añadir más chanza, aunque sí señalaban lo extraño del calificativo relaxing. “Si no paramos, es un ajetreo constante”, comentaban dos camareros en la plaza. La mayoría se acuerdan de la crisis y describen el deterioro de la plaza en los últimos años. “Aquí no tanto, pero en las calles que llevan a la plaza huele mal, hay mendicidad, gente que roba”, asegura Adrian Constantine, camarero en uno de los locales de los soportales.

“Si viniera a la plaza no diría eso”, dice Chari Cartagena, la presidenta de la Asociación Cultural de Pintores de la plaza Mayor. La mujer muestra la credencial que deben llevar los del gremio y se queja de que Botella no les recibió cuando a dos pintores les echaron de la plaza. “Está abandonada. Es un sitio emblemático y no se está manteniendo. Llevo 34 años aquí y esto es un show”. Mientras habla, la pintora trata de lidiar en la discusión que acaba de surgir entre uno de los pintores, la policía y un tipo alto que dice tener el mismo derecho que ellos a colocarse en el mismo lugar, aunque no pinte nada.

También las terrazas luchan por el espacio. Las mesas están a veces tan juntas que resulta difícil saber a qué camarero hay que pagarle la cuenta. Algunos camareros van a la caza de clientes, carta en mano, para llevarlos bajo los toldos. “Hay mucha competencia entre bares”, comenta Marta, la nieta del fundador del bazar del número 16 de la plaza, un local citado por Benito Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta. Marta limpia cada cuadrante del suelo de los soportales que forma parte de su finca. “El Ayuntamiento no ayuda demasiado con esto y somos nosotros los que lo cuidamos. La plaza está para pasear”, explica la dependienta.

Resulta un poco absurdo preguntar a los turistas si el café es relaxing o no. Para empezar, porque la mayoría dan cuenta de vino o cervezas y no se han enterado del discurso de Ana Botella y, después, porque no parece que lo que ocurre en la plaza les incordie demasiado. Alguno se queja de los que les piden dinero por la música, pero, en general, los que están sentados a esa hora en la terraza ensalzan lo que han venido a ver, un lugar histórico de la capital en un día soleado.

A los pies del caballo de Felipe III, en el centro de la plaza, un hombre ha montado una especie de tienda con la que protegerse del sol. Se llama Juan María Franco y ha apuntado en una pizarra los días que lleva en huelga de hambre para protestar contra el Ayuntamiento. “Me quitaron la licencia de mi bar, el Café del Mono, en La Latina. No me dijeron por qué y llevo desde hace 71 días en huelga de hambre”, dice. Mientras habla, Juanma se echa con un espray agua por los brazos y la cara. Sabe que a muchos no les gusta su presencia en la plaza. Dice haber recibido amenazas de algunos hosteleros, pero insiste en que no se moverá de allí hasta que alguien le explique lo que ha pasado con su local. “Las plazas deberían estar más llenas de gente como yo. Hay mucha gente vapuleada”, prosigue. El hombre dice haber hecho otra huelga en el mismo lugar en 2000 porque no le dejaban poner música en el local. “Entonces estuve 14 días. Esto era en aquellos tiempos la plaza del pueblo. Ahora la gente de aquí, los residentes, no vienen. Es solo para turistas”, concluye Juanma, que se despide invitando a Ana Botella a tomarse un café con él allí mismo.

Poco más. El lugar se va llenando poco a poco de visitas guiadas y extranjeros con cámaras de fotos sacando la misma imagen central del lugar. La plaza Mayor ha visto mercados, corridas de toros, autos de fe, espectáculos y ejecuciones. Ahora ve turistas, vendedores de juguetes voladores y luminosos y bebedores de relaxing café, entre dos y tres euros. Cada uno se relaja como puede.