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OPINIÓN

Las goleadas no son necesarias

Rajoy y el Partido Popular en su conjunto pueden tener la tentación de ganarle al independentismo por goleada

'La rendición de Breda', obra de Diego Velázquez.
'La rendición de Breda', obra de Diego Velázquez.

Acabo de leer que algunas federaciones de fútbol en categoría alevines e infantil procurarán que los equipos que participen en las respectivas ligas mantengan entre sí una cierta igualdad competitiva. Se toma esta medida porque en un partido de alevines, hace unas semanas, un equipo le infligió a su contrario la escandalosa cifra de 25 goles sin recibir ninguno en contra. O sea, 25 a cero. Una goleada en toda regla. Hay que reconocer que la cifra es para desmoralizar al más optimista. Ese resultado, al leerlo en el diario, me hizo recordar un hecho parecido hace ya bastantes años. Mi hijo más pequeño jugaba en los alevines de un equipo de tercera división. Un día su equipo se enfrentó a otro de Badalona. No pasó ni un cuarto de hora cuando el resultado comenzaba a rozar la goleada. Al final fue también de las dimensiones desalentadoras de la que cité más arriba. Mi hijo jugaba en el equipo derrotado. Recuerdo que los padres de los humillados pusieron el grito en el cielo. Buscaban culpables en todos menos en quienes nada pudieron hacer para impedir la debacle. Por suerte nadie osó argumentar que lo importante era participar y que perder era lo de menos. Nadie lo hubiera creído. Cuando tu hijo juega a lo que juegue, quieres que se lo pase bien. Y si pierde, el mundo no se acaba, siempre y cuando no se resignen a perder siempre por 25 a cero. Si se diera esa circunstancia, es obvio que habría que comenzar a tomar alguna medida. En el equipo de mi hijo tales medidas fueron individuales. Como el futuro se presentaba tirando a desesperanzador, el equipo en pocas semanas se deshizo. Cuando a Johan Cruyff le preguntaban si prefería perder tres a cero que hacerlo cinco a cuatro, él contestaba que puestos a perder prefería hacerlo solo por un gol. Al final todo se reduce a evitar la sensación de que han pasado por encima de ti.

La apelación a hacer posible que en el fútbol infantil se equiparen los equipos con el noble y pedagógico propósito de que no cunda la sensación de abuso, me parece muy certera. Eso enseña que ganar no tiene que significar necesariamente la humillación del contrario. En La rendición de Breda, el célebre cuadro de Diego Velázquez, el ganador de la batalla nunca transmite la idea de un vencedor inapelable y falto de piedad. Recordemos la composición central del genial cuadro. Justino de Nassau hace el gesto de arrodillarse ante el general Spínola cuando le entrega las llaves de la ciudad rendida. Éste casi intenta disimular que es el militar vencedor. Dicho de otra manera más prosaica, el general Spínola intenta evitar la sensación de goleada en el abatido militar derrotado. Por ejemplo: ¿Hubiera sido igual la posguerra española después de la larga y cruenta Guerra Civil si en lugar del parte del ejército nacional de triste y cruel recuerdo hubiera sido otro sin tanto odio y desprecio? (“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales, sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”). Todo el mundo sabe que en la batalla Waterloo, donde Napoleón Bonaparte perdió su imperio, se registraron pérdidas humanas dantescas para la época y en muy pocas horas. Sin embargo, al general vencedor de esa batalla, lejos de redactar un texto de la magnitud casi vengativa del franquista, quedó inmortalizado con una frase que hoy le hubiera valido el premio Nobel de la paz: “Salvo una batalla perdida, no hay nada más triste que una batalla ganada”.

Al hilo de estas reflexiones, me ha sorprendido estos días la apelación a la aplicación del artículo 155 de nuestra Constitución por parte del exvicepresidente Alfonso Guerra. Propone, dicho castizamente, que a los independentistas catalanes se les derrote por goleada. Algo así, supongo, que por 25 goles a cero. Alfonso Guerra siempre se vanaglorió de ser el experto en Antonio Machado del socialismo en el poder, profundo conocedor del poeta que nos recordó que hay una España que alguna vez nos puede helar el corazón. Roguemos que Mariano Rajoy no se sienta moralmente apoyado a dar semejante paso. Si no lo hace, no estará cediendo ante el independentismo. Estará haciendo política de estado. Rajoy y el Partido Popular en su conjunto pueden tener la tentación de ganarle al independentismo por goleada. O asumir que también los que no somos independentistas exigimos y necesitamos que el problema catalán comience a solucionarse de una vez por todas. Y sin necesidad de ninguna goleada humillante. Claro que Rajoy y compañía tendrían que conocer el cuadro de Velázquez y la frase de Wellington.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.