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Sónar: la evolución que no cesa

La 24 ª edición ofreció una última noche tan ecléctica como el propio festival

Sonar 2017
El dúo francés Justice durante su actuación.

Un nuevo Sónar a la historia -a falta de la coda de David Lang en el Auditori a las 20.30- y nuevos contornos para un festival en constante cambio, centrando la idea base: adaptarse es sobrevivir. Es así el festival del chip el más naturalista y orgánico, pues todos los seres vivos progresan gracias a las respuestas que dan a las variaciones de su entorno. Y el Sónar es un ser muy vivo, capaz de aunar en su última jornada todo un repaso a la actualidad del trap español, cosa no de extrañar en un certamen que siempre ha tenido en el hip-hop una de sus canteras artísticas, sea éste grime o clásico, y a la vez poner en escena a medianoche a Francesco Tristano tocando un piano de cola al frente de una “orquesta” de sintetizadores para traducir al lenguaje sinfónico el techno de Carl Craig en uno de los conciertos de la velada. Y negocio, y empresas nacientes, encuentros de tecnología creativa y exposiciones diseminadas por la ciudad, como si las ideas descentralizadoras de Ada Colau hubiesen germinado en el Sónar. No hay una foto fija del Sónar, hay fotos de ya casi 25 años de evolución en un certamen que sigue llamando a sus escenarios por su nombre, sin obligar a sus clientes a hacer publicidad de una marca cada vez que se citan con sus amigos o ubican un concierto.

Y para el año que viene ya se anuncia que el miércoles será lectivo, como en las escuelas. Un día más de programación para aumentar la musculatura informativa del certamen que, todo sea dicho, con Björk ha conseguido mucho más ruido que nueces. La exposición es cuestionada en voz bajita, Björk es tan intocable como Sprinsgteen o Raimon: no, aún más porque es moderna a morir y criticarla es bien de luditas o de provincianos. Su charla/entrevista tuvo un aire de improvisación que a algunos agradó y a otros descolocó, y la sesión que pinchó pues fue una bien intencionada muestra de sus variadísimos gustos en un acto fallido en cuanto a sesión de disc-jockey. Pero al final estuvo en el Sónar, que para la historia del festival es lo que cuenta. Y para dar cuenta de la cintura del festival, sólo decir que la noche del sábado, en la actuación de Fat Freddy’s Drop se concitó público con aire Manu Chao. En la misma noche en que Justice fueron una banda electrónica de estadio, De La Soul fiaron a su clasicismo un concierto correcto y Cerrone desempolvó sus éxitos discotequeros como si estuviésemos en los setenta. Eso se suma a un festival donde ha habido, discursos de género, minimalismo, reivindicaciones raciales y espectáculos digitales. Todo eso y más cabe sin triquiñuelas en el Sónar.

Dando por sentado que la línea artística del festival ya tiene cuidadores, sólo tres peticiones en la carta a los Reyes: si vuelve a hacer calor o que se active el aire acondicionado o que se regalen “pay pays”, única mácula no ya del Sónar, sino del comercio chino-pakistaní callejero, que no tuvo reflejos para entender que el sábado podrían haberse vendido no menos de 5.000 unidades sólo en las puertas del Sónar nocturno. Dos, que el público no tenga que sufrir para conseguir ser atendido en las barras, desbordadas este año. Y tres, que las zonas vips mantengan esas gradas que en el fondo son un castigo a la exclusividad, pues sus ocupantes parecen jueces excluidos de la fiesta, mirones ajenos a la vida. Y, puestos a pedir, que alguien aclare cómo siendo idénticos los porcentajes de público extranjero declarados por Primavera y Sónar, en el primero nadie habla castellano y en el segundo se oye con normalidad hasta el catalán. ¿Quién cuenta mal?

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