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CRÓNICA

Exhumando

La oposición en el Parlament reclamó a Puigdemont que exhume los restos de Convergència soterrados bajo el foso de la orquesta del Palau de la Música

El diputado de la CUP, Benet Salellas, durante el pleno.
El diputado de la CUP, Benet Salellas, durante el pleno.

Las oposiciones están de moda. Las parlamentarias, digo, no las oposiciones, por ejemplo, a guardia urbano (no digo que éstas no merezcan también algo de atención; vaya, que no estaría de más revisarlas, visto lo visto. Pero no vamos a hablar ahora de ello). Hace unos días, la oposición en el Congreso de los Diputados aprobó pedir al Gobierno —“aprobó pedir” ya suena algo triste— que exhume los restos de Franco del Valle de los Caídos. Y este miércoles, la oposición en el Parlament reclamó a Puigdemont que exhume los restos de Convergència soterrados bajo el foso de la orquesta del Palau de la Música.

A estas alturas, el gesto parecía poco más que eso, un gesto, porque mientras se iluminaba la pantalla del hemiciclo con el resultado de las votaciones, en el tribunal se presentaban las conclusiones del juicio, y el consorcio del Palau, como parte afectada, obedecía a las instrucciones antiguas, o sea, que lo de acusar a CDC, vamos, hombre, ¿para qué?

¿Gesto inútil, pues, el del Parlament? Depende. Las propuestas —eran dos, una de la CUP y otra de Catalunya Sí Que Es Pot; venían a decir lo mismo, pero vaya, ¿A quién de izquierdas se le va a ocurrir pactar con otro de izquierdas? Las tradiciones no se rompen así como así—, las propuestas, digo, lograron algo que sí pretendían: disfrutar de las Escenas de matrimonio mal avenido en el Govern y en Junts pel Sí, con PDeCAT por un lado, ERC por el otro, y los independientes más desubicados que un gallo en Eurovisión; juraría que, de éstos, hay alguno que recuerda con pesar el día que le prometieron: “Sí, hombre, no te preocupes, serán 18 meses y luego ya está”.

Como ya viene siendo habitual en este Parlament, los y las ilustres dedicaron sus buenos minutos a debatir sobre lo que iban a debatir y sobre cómo lo iban a debatir; en serio, no puedo creer que el reglamento sea tan rematadamente ambiguo: quizá algún miembro de la mesa sí debería haber pasado oposiciones. Sólo faltó que el sistema informático saltara por los aires, quizá como víctima tardía del Wannacry, el cibervirus que ha aterrorizado el mundo esta semana (“wanna cry” significa “quiero llorar”: adecuadísimo para Carme Forcadell cuando vio que tenía que contar a mano la duración de cada parlamento).

Una parte de la oposición también sacó otra cosa en claro: el gustazo de exhumar también los viejos pactos del PP y Convergència. Al parecer, los representantes del Gobierno Central en el Consorci del Palau tenían hora en el callista el día en que se habló de si acusar o no acusar a Convergència, y se ausentaron. Y algún maledicente ha visto una relación entre eso y el apoyo repentino de los convergentes al decreto de Rajoy sobre los estibadores. ¿Y qué dice a eso García Albiol? Pues se diría que el Palau de la Música no le suena, y prefirió refugiarse en el tema del Procés, ya ven ustedes. Es decir, la misma estrategia del PDeCAT, que se defendía abanderando a la última mártir de los tribunales españoles: la consejera Meritxell Borràs, acusada por querer comprar urnas. Esta estrategia, como otras veces, hay diputados que la saben conducir, y otros más toscos, que sueltan frases tipo “la Generalitat ha acordado recuperar la población de caracoles de la Serra de Cavalls... no como el Gobierno español que persigue a quien quiere votar”. Y ancha es Castilla.