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POP Lisa Hannigan

Melancolía de la nube

La irlandesa imparte una lección memorable de folk contemporáneo, con un repertorio esplendoroso y armonías vocales mejores aún

Actuación en el Teatro Lara de Madrid de Lisa Hannigan.
Actuación en el Teatro Lara de Madrid de Lisa Hannigan.

Y de pronto se puso a orvallar en Madrid a eso de las diez de la noche, como un considerado guiño de cortesía a la mujer que a esas horas se clareaba la voz en los camerinos del Teatro Lara. El factor meteorológico no parece meramente circunstancial en el caso de Lisa Hannigan, que con el disco At swim ha compuesto un cancionero torrencial y húmedo, un primor que nos sumerge en la melancolía de la nube por más que el calendario invite a broncear alguna porción de carne repantingados por el Retiro.

La primavera es efímera, pero la música de esta irlandesa se erige en sustancial: un estado de ánimo, una república de las pequeñas cosas. Y así quedó de manifiesto ayer con uno de esos llenazos expectantes en el Lara. Una de esas noches tan embrujadas (aquí no hay peligro de parlanchines a nuestro alrededor) que hasta casi perdonamos esos horarios incompatibles con cualquier ocupación laboral o pretensión de vida aseada: la última nota no se pulsó esta vez hasta la bonita hora de las 0:36. Pero correspondiendo, como correspondía, a A sail (otra de esas canciones decembrinas, devastadas, encharcadas de vino y dolor), habría sido un pecado perdonarla.

Desde la inaugural Ora, 80 minutos antes, Hannigan se había erigido en epítome de lo etéreo. La suya es una voz tan fascinante que en algunos momentos parece bifónica, como en esas raras culturas orientales capaces de emitir dos sonidos simultáneos. No es el caso, claro, pero los matices y colores son tantos que a veces lo parece. Lisa sonó arenosa en su tesitura más grave, gatuna en la franja intermedia y de una sensualidad límpida para la más aguda. Nos venía a la cabeza aquel “mundo sensual” al que apelaba Kate Bush, si bien la herencia de Bush es tan descomunal que de alguna manera termina asomando en casi todas las grandes mujeres de la nueva canción. En el caso de la irlandesa, instalada sencillamente entre las cuatro o cinco vocalistas más maravillosas del nuevo siglo, el crisol es tan fantástico que a lo largo de la noche podían venir a la cabeza Mary Travers, Tori Amos o Joan Shelley. A veces, para incrementar el asombro, varias de ellas en la misma canción. Y a veces, como en Little bird o Passengers, en la más cruda soledad, sin un solo músico acompañante.

Antes ya habíamos tragado saliva con Pray for the dying (“esta canción se titulará Madrid por hoy”, había anunciado su autora), una pieza tan hermosa y triste que pareciera escrita hace 50 años, quizás unos cuantos más. Y en la que tres de los cuatro músicos musitan unos coros lánguidos, aún más apesadumbrados. No es una ocupación menor: a la vera de Lisa se requieren instrumentistas imaginativos con gargantas como manantiales. El final a cuatro voces para Undertow solo podía provocar pasmo. Y tampoco las miradas al pasado eran aisladas. En el universo inabarcable de Hannigan, el obstinato de bajo de Lille evocó anoche a Stand by me, pero entrelazado con el tintineo de una cajita de música.

Sleep, sobre el sueño, comenzaba tan queda y sosegada como una nana. Pero casi nunca Hannigan se limita a seguir una pauta común, un patrón de estrofa, estribillo y estrofa. Con ella siempre hay recovecos (We the drowned), saltos dinámicos, laberintos estructurales. No hemos mencionado aún a las teloneras, Saint Sister, dos mujeres a las que un arpa y un pequeño teclado les sirven como sustento para unas armonías vocales bellísimas. Ellas se sumaron a Lisa en torno a un mismo micrófono, tal que si estuviéramos en Newport, para el primer bis, Anahorish. Y los tres varones con voz (el único actor secundario, qué curioso, era el guitarrista) respaldaron a las tres damas para la segunda propina, Fall. Sí, definitivamente a veces merece la pena empaparse bajo la nube. Aunque luego regresemos tarde y anegados a casa.