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DIETARIO DE UN CÍNICO

El impío campus de la UIB: de Brokerval a Minerval

En los laboratorios de la UIB se destilaba el medicamento Minerval que, según la Jefa de Oncología del Hospital público de Son Espases, la doctora Josefa Terrasa, no es más que un poco de aceite de oliva mezclado con agua en una cápsula.

De izquierda a derecha, la presidenta del Consejo Social de la UIB, Francesca Mas, el vicerrector Jaume Carot y el rector Llorenç Huguet.
De izquierda a derecha, la presidenta del Consejo Social de la UIB, Francesca Mas, el vicerrector Jaume Carot y el rector Llorenç Huguet.

En las universidades se admira el prestigio de Harvard y se emulan sus logros con la esperanza de ver progresar el lugar que cada una ocupa en el ranking de la excelencia. La universidad balear, sin embargo, a despecho de la ansiedad que ocasiona esta competencia, prefiere campar a sus anchas y presumir de un talante que, si bien no es digno de envidia, provoca un pasmado asombro.

El original plan de gestión del campus balear comenzó hace ya algunos años, a principios de la década de los noventa, cuando a los gerentes de la universidad se les ocurrió sacar rendimiento al dinero de la institución pública y colocarlo en una aventurera sociedad de inversiones. El escándalo Brokerval acabó entonces en los tribunales, pero se dio por concluido con unas extrañas condenas. Quizá por ello la comunidad universitaria no purgó la influencia maléfica de aquella osadía y ha prolongado hasta hoy su majestuoso descaro.

Esta semana la policía ha detenido en Palma a dos catedráticos de la universidad balear por fabricar, comercializar, vender y prescribir un medicamento falso. Aprovechando la autoridad que les da cobertura y protección, los dos catedráticos alardeaban de su fulgurante patente y la han recetado como el definitivo remedio contra el cáncer. Del padecimiento de los enfermos estafados por los catedráticos de la UIB da cuenta el rótulo que la policía ha puesto a su investigación: Operación Impía. 

En los laboratorios de la UIB se destilaba el medicamento Minerval que, según la Jefa de Oncología del Hospital público de Son Espases, la doctora Josefa Terrasa, la primera en denunciar el caso que finalmente ha llegado a la fiscalía, no es más que un poco de aceite de oliva mezclado con agua en una cápsula. Según el relato de los enfermos y familiares embaucados, que en algunos casos llegaron a abonar hasta 25.000 euros por el brebaje —unos pacientes ya fallecidos—, los catedráticos publicitaban su milagrero remedio con frenesí, pero lo expendían en el Campus con un disimulo más propio de los camellos que venden heroína en los suburbios de la ciudad.

Los investigadores y profesores serios que trabajan en la UIB han solicitado a la opinión pública que no se demonice a toda la comunidad universitaria a causa del desfalco organizado por unos pocos. Es lógico que teman verse salpicados por el impío descrédito del caso, pero los colegas de los catedráticos detenidos demuestran desconocer qué significa la pertenencia a una institución. Obviamente, quién comparece ante los tribunales es el malhechor atrapado con las manos en la masa, pero el caso Minerval ha sacado a flote, una vez más, un comportamiento incompatible con la decencia que se atribuye a las instituciones universitarias.

Las primeras denuncias contra los catedráticos de Minerval se formularon en el año 2011 y desde entonces (¡seis años!) se han reiterado en los despachos del rectorado de la universidad, que despedía a los demandantes con un portazo en las narices. El vicerrector de investigación, Jaume Carot, recibía las denuncias como si fueran un confuso rumor y desde el rectorado se consideró oportuno inhibirse, dejando que los enfermos padecieran el falso medicamento fabricado en sus laboratorios.

Será interesante seguir el resultado de las pesquisas policiales y conocer los detalles de una trama incomprensible (¿por qué la autoridad universitaria protege a los fabricantes de un medicamente falso?). Mientras tanto, habrá que saber si el actual mecanismo de control renquea por una de las tres causas clásicas: sobornado, adocenado o incompetente.