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¿Conservar Embassy?

El anuncio del cierre del salón de té reabre el debate sobre cómo conservar comercios históricos en las ciudades

Fachada del salón de té Embassy en Madrid en los años treinta.
Fachada del salón de té Embassy en Madrid en los años treinta.

La ruta navideña que organiza cada año para sus amigas de Santander empieza con un cocido en el centenario restaurante madrileño Malacatín, seguido de una merienda en el salón de té Embassy. María Dolores Basols mostraba el miércoles los mensajes que todas ellas le han enviado (“¿adónde iremos?”, “¡qué desolación!”) al conocer la noticia del cierre del establecimiento, un emblema del barrio de Salamanca fundado por Margarita Kearney Taylor en 1931. “Embassy es una institución. Les ha tocado la situación económica, hay que sacar rentabilidad y los corazones no cuentan”, reflexionaba esta fiel clienta desde hace 40 años.

Entre los collares de perlas, los pañuelos de seda, los finos emparedados de berros y los cócteles de champán, no faltaba en la protesta-fiesta, a la que asistieron un centenar de personas, alguna voz disonante, como la de una joven que decía haber conocido este salón a través de una exnovia: “Si los dueños lo quieren cerrar o vender, no entiendo el jaleo. Ha venido alguna gente que no eran clientes, unos oportunistas”. Y / o nostálgicos, cabría añadir, de un Madrid del que van desapareciendo negocios históricos mientras se abren paso franquicias y cadenas. ¿Cómo se protegen las ciudades de esto? ¿Pueden? ¿Deben? “¡Este es un asunto universal!”, exclama la socióloga estadounidense especializada en urbanismo Sharon Zukin. “No hay leyes que protejan viejos cafés o comercios, como mucho se les declara patrimonio cultural para preservar su arquitectura exterior o interior”.

En Francia, la ley Royer de los años setenta no estaba enfocada en el tema histórico, pero fue pionera en la defensa del pequeño comercio frente a las grandes superficies. Más recientemente, en 2015, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, alertaba “de la homogenización del centro de las ciudades y la desertificación de determinados barrios” y presentaba un plan de 53 millones de euros para apoyar al pequeño comercio y a los artesanos que “constituyen la identidad de la ciudad”. En Barcelona, 211 comercios emblemáticos quedaron protegidos en 2016, y fueron aprobadas una serie de ayudas para pagar el IBI, mejorar los locales y asesorar en traspasos, tratando así de asegurar su supervivencia.

Desde el Ayuntamiento de Madrid aclaran que, aunque un espacio pueda ser protegido, su uso no. La única excepción son, desde el año 2000, los cines y teatros. El edificio de Embassy está declarado bien de interés cultural, pero, a diferencia del local del extinto Café Comercial, no está protegido (el café está catalogado en el plan general con un nivel 1 de protección).

Sentada en la escalera que conduce al comedor y abrumada por las llorosas clientas que se le acercaban el miércoles, una de las propietarias de Embassy, María Teresa Sarmiento, explicaba que los locales de sus tiendas y del salón de té “pertenecen a un holding vinculado a la familia”. El establecimiento que sobrevivió una dictadura (aunque tuvo que acortar su nombre a Embas), sirvió de refugio a judíos que escapaban del nazismo y se convirtió en un referente de Madrid, se vio afectado estos últimos años por la crisis, y el traslado de las oficinas del vecino ICEX, con todos sus funcionarios. “Llevamos unos tres años sin pagar el alquiler y tenemos que hacer un ERE”. Despedirán a casi la mitad de la plantilla de 98 empleados. Las otras pastelerías y el catering continuarán, pero la legendaria casa madre, en la que se reunieron espías en los años cuarenta y las niñas madrileñas comían pastas con forma de corazón, finalmente cierra.

 

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