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CRÓNICA

Mamá, soy ‘youtuber’

Se me ocurrió mirarme en Twitter, mi triste y único espejo en la Red, y el pánico me llevó hacia el primer 'Talent Marketing Day'

Mamá, soy ‘youtuber’

"Chicos, lo tenemos: ¡ya somos trending topic!”, exclama, entre saltitos, el eufórico speaker, pertrechado con una gorra con cámara incorporada y un filiforme brazo articulado que sujeta un móvil de generosa pantalla. La encarnación del inspector Gadget se dirige a un grupo de jóvenes de sudaderas oscuras y pelos moteados de verde esmeralda. Todo es extraño. Pierdo reflejos: tinte aparte, la sospecha preventiva debería haberme asaltado ya con el susurrante comentario que les ha hecho antes de que empezara todo, hace apenas 25 minutos: “Tranquilos, que hoy no estáis en casa, esto es algo distinto y raro para vosotros, lo sé, pero irá bien”, como sedando a esa electrizada congregación, sí, de rostros algo macilentos y ojerosos ahora que me fijo.

No estoy en la versión digital del inframundo de Hades. O eso creo. Recapitulemos. El cumulonimbus tormentoso que desde hace cuatro años pende sobre mi cabeza profesional (ya saben: navegadores únicos, followers, pinchazos, ranking de más vistos; índices de tráfico; no hagas una tesis, sólo dos parrafitos; deprisa, deprisa…) amenaza con lanzar otro rayo purificador, según la empresa. Total: que se me ocurrió mirarme en Twitter, mi triste y único espejo en la Red, y el pánico me llevó, sin parar, hacia el primer Talent Marketing Day: Youtubers, que organizaba la Universidad Internacional de Cataluña. Al parecer, los youtubers son ya los grandes influencers; sí, sí, ni papás, ni el periodista, ni el ídolo deportivo o musical: con su supuesta beatífica naturalidad, enganchan al 66% de los de entre 18 y 55 años, con un consumo medio de tres horas y media semanal, según techweek.es… Ni que fuera por ósmosis virtual, pues, algo del exitoso futuro igual se me pegaba. Y aquí estamos.

Con una primera imagen de su mesa de trabajo y el anuncio de que busca becario de copy, el content marketing manager de Wallapop se ha ganado al auditorio. Retrepo en la silla porque o crece mi manía persecutoria o diría que me ha mirado de reojo, como otros asistentes: quizá me delate que podría ser el padre de todos o tío-abuelo de alguno; o a lo mejor lo hace la libreta y la pluma estilográfica en una planicie de cabezas gachas ante ordenadores y tabletas donde afloran y se esfuman pantallas a velocidad dactilar sólo mensurable en yoctosegundos.

Trabajar con el ponente debe ser guay porque habla de colegas fichados por currículos donde constaban maravillas como crear, con solo 24 años, una app que rastreaba las cervezas más baratas de la zona, o de genialidades como que para conocerse más entre empleados en esa expansiva firma de “SiliClot Valley” se hicieron cromos de sí mismos que se intercambiaban para un álbum laboral. Entre medio de “impactos”, ASOs, SEOs o Listings, suelta como ley de oro: “Hoy hay que empezar antes de estar preparado; tú lánzate, prueba, inventa, tira millas, disfruta, arriésgalo todo… y luego ya lo mejorarás”. No he salido del shock cultural, del torpedo a mi educación vital y laboral cuando reaparece míster Gadget y habla de “engagement” (interacción entre marca y su comunidad), de lo vital de identificar a los “top lovers”…

Estoy un poco mareado, hasta sudoroso, temo que se me note. Aunque Dios aprieta, pero no ahoga: al parecer, apunta el pintoresco experto en marketing de influencers, “a mayor comunidad es más difícil el engagement”, y así lanza un mensaje granhermanesco a uno de la santa compaña esmeralda: “Carlos, tú tienes solo 474 suscriptores, pero marcas un 9% de engagement este mes, que lo he visto”. El interpelado sonríe aliviado y yo hago cábalas con mis seguidores tuiteros: ¿cuál debe ser mi engagement, si es que tengo de eso?, me pregunto mientras veo que soy de los pocos que mira al conferenciante porque los demás no salen de su pantalla, lo que a lo mejor explique que nadie se exclame por la falta de ortografía que restalla en el power-point del gurú tecnificado.

El plato fuerte son los seis youtubers (todos millonarios en clicks en el segundo buscador del mundo) sentados en semicírculo a lo Mark Zuckerberg en altos taburetes. Buena gente, porque admiten que viven solo de eso y que lo más visto de sus ofertas son “un viaje astral raro que tuve” (Annagorse); “una chorrada pura, Chúpame un pie, parodia de una canción” (AdriaMusica96); “10 horas de lluvia: la gente se la pone para dormir” (JordiCor); “un vídeo sobre tópicos catalanes vistos por una chica andaluza” (Focusings); “cómo usar un flash, mi peor trabajo” (JulianMarivov) y “cómo tener internet gratis” (ProAndroid).

Parece que no es una existencia fácil: “Te casas con Youtube”, dice Annagorse, porque “es conveniente colgar un par de vídeos semanales, soy universitario y voy creando mientras estoy en clase”, confiesa AdriaMusica96, un tercio de su vida en el Vietnam digital: empezó con 14 años y ahora tiene 21. Pasan supuestos dramas de cómo sobrevivir a la gestión simultánea de Youtube, Twitter, Facebook, Pinterest e Instagram en un mundo que camina a que el año próximo el vídeo on line consumirá el 84% de Internet, pero al fin llega lo serio, mi razón para soportar este martirologio: ¿se puede vivir de esto? “Si te renuevas por sistema, esto de youtuber es una manera de vivir homologable; aunque hay que saber crear marca y diversificarse con libros, discos... Se gana más fuera de Youtube que dentro”, desvela JordiCor. Alertan de la tiranía de Youtube (“Se queda el 45% de los ingresos y si no acatas sus leyes, te echa”), pero vamos, que la cosa da. “Recuerdo el primer mes que cobré algo: fueron tres céntimos y al segundo, ya siete; estaba eufórico; mi madre, que no entendía bien a qué me dedicaba, insistía: ‘¿Por qué, al menos, no trabajas a media jornada?’. Al final, le dije: Mamá, ¿cuánto has ganado este mes? ‘1.500 euros’; pues yo, 4.000”, se le escapa a JulianMarivov, antiguo trabajador de supermercado.

Al salir, me quedo menos con esa cifra que con la que fija que “es a partir de 10.000 seguidores cuando se empiezan a notar las cosas”. ¡Dios, no me salva ni un superengagement! Es de noche, pero la nube sigue ahí, la noto. Sí, vivo en el Hades digital. Y para resistir ni que sea un día más se me ocurre que podría hacer también un álbum de cromos laboral. Y como voy dopado por la sesión, hasta dos: uno para conocer a todos los que van engrosando la redacción digital y otro, más vintage y delgadito, de los que quedan en la de papel. Vía Youtube, claro.