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OBITUARIO

¡Ay, ay, Iván, en la que te has metido!

Genial y extravagante, Tubau era tan controvertido como necesario

Ivan Tubau en una imagen del 2002.
Ivan Tubau en una imagen del 2002. EFE

¡Ay, ay Iván, en la que te has metido! Han sido muchas las ocasiones desde que conocí a Iván Tubau en 1977 que he pensado esa frase. Esta vez, adentrado ya Tubau en el lío definitivo, es, tristemente, la última. Personaje controvertido, y a mucha honra, cultísimo, polifacético, extravagante y hasta provocadoramente estrafalario, contracultural (y contra todo), periodista, escritor, actor, poeta, caricaturista, inveterado polemista, ácrata, erotómano, pillastre, vividor, deslenguado, con un lado naif, de perpetuo asombro ante las consecuencias de los embrollos y jaleos que montaba, Ivan Tubau (Barcelona, 1937) ha sido un tipo tan genial y necesario como molesto; algunos –sus variados enemigos- considerarán que afortunadamente irrepetible.

Muchos de sus alumnos en la facultad de Periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), donde con enorme generosidad dio lo mejor de sí mismo (y a veces lo más políticamente incorrecto), lo recordarán como un profesor apasionado y apasionante que incitaba continuamente a cruzar fronteras y romper esquemas, a cuestionarse la realidad y a uno mismo. A dinamitar las convenciones y a pensar de una manera no lineal y desacomplejada: libre. Varias generaciones de periodistas le deben haber podido reventar las cerraduras y encorsetamientos de sus maneras de escribir.

De toda la carrera de Periodismo en la UAB recuerdo pocas cosas tan incentivadoras y que me marcaran tanto como sus clases de redacción periodística, que luego pasaron a denominarse de periodismo cultural. Nos explicó con entusiasmo el advenimiento del Nuevo Periodismo –nos hizo leer a Tom Wolfe, a Hunter S. Thompson, a Terry Southern...- y fue culpable en mi caso de que entrara en el mundo del boxeo profesional a fin de impresionarle con un trabajo periodístico gonzo a la altura de sus enseñanzas. Aquel reportaje me costó encajar muchos golpes y sufrir una fisura de mandíbula, pero recuerdo el día en que le presenté el texto como uno de los más gratificantes de mi vida. Me lo hizo leer en voz alta delante de toda la clase y al acabar sentenció: “No sé si serás alguna vez periodista pero tienes madera de escritor”. Que te digan eso a los veinte años anima mucho. Siempre se lo agradeceré.

Enseñó en la Facultad de Periodismo a dinamitar las convenciones y a pensar de una manera no lineal y desacomplejada: libre

En los años posteriores, cada vez que me lo encontraba –ya siendo yo periodista- le recordaba su juicio y él se reía. Nos unía también el haber estudiado teatro los dos. De hecho, juntos participamos en el espectáculo Petis moments de vida que montó Joan Ollé en 2013 para el centenario del Institut del Teatre y que incluía a ex alumnos más y menos notables. Yo siempre que lo veía pensaba en lo importante que es tener buenos maestros en la vida y me costaba encajar a mi Iván Tubau, ese John Keating de la Autónoma, en el personaje que se iba revistiendo de polémica. El pujolismo, amante de una Cataluña monocolor y aburrida, sin margen para la disidencia, la ironía, el exabrupto y la provocación, lo hizo una de sus bestias negras, como a Boadella. Más aún porque él, antinacionalista visceral, también estuvo en la base del movimiento que condujo a la creación de Ciutadans.

Un día, en 1993, nos despertamos con la sorpresa de que lo habían suspendido por faltar a una alumna en clase (haciendo consideraciones muy suyas sobre el francés y la lengua). Le recuerdo en un debate sobre Olianna, la obra de Mamet que montaba entonces la Managuerra sobre, precisamente, un caso de acoso sexual universitario. Aquello, que tuvo mucho de caza de brujas y de lo que fue finalmente exculpado, le dolió mucho más de lo que admitió públicamente. Y es que en realidad era un hombre de una gran sensibilidad y de una fragilidad revestida de descaro.

Resulta a veces difícil compaginar al enfant terrible, el soixante-huitard, el ligón que se vanagloriaba de sus conquistas, el director de Playboy, con el amante de la poesía de Benedetti y las canciones de Brassens, el gran profesor y el hombre que escribió: “Es una bomba el corazón, y un día/ estallará en tus manos sin remedio”. Ay, Iván...