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OPINIÓN

La cultura del coche

Ya no es solo un problema económico, energético o de colapso circulatorio. Es cada vez más un problema de salud y de supervivencia

Hace más de cien años que el coche como medio de transporte es el símbolo de las sociedades contemporáneas. Lo que constituyó un avance sin precedentes es hoy ya un problema insoslayable. No es algo nuevo. Pero la persistencia del problema agrava sus consecuencias y lo convierte en un tema de salud pública. El siglo XX fue el siglo de la gran revolución industrial taylorista, que consiguió convertir en productos de masas artículos y utensilios que hasta entonces estaban solo a disposición de los que podían pagar su producción artesanal. Y entre esos nuevos artilugios a los que mucha gente podía aspirar, estaba el coche como producto estrella, símbolo de la libertad y autonomía individual, liberador de sueños y expresión de identidad o de estatus.

No es extraño que usemos el término “fordismo” como sinónimo de la sociedad industrial. Como explica Polanyi en su trascendental obra La gran transformación, el gran impacto que tuvo la economía de mercado, potenciada al máximo por la revolución industrial, generó una sociedad que giraba en torno a las necesidades y lógicas que ese mercado demandaba. Una industria fordista necesitaba una sociedad automovilista. No fue el coche el que se incorporó a las relaciones sociales, fueron las relaciones sociales las que se adaptaron al coche. Y desde entonces nuestra sociedad, nuestras ciudades, se han construido y pensado en clave automovilista.

En Barcelona hemos asistido estos días a algún episodio más de la batalla que se libra en todo el mundo alrededor de los formatos y procesos de la ineludible transición entre la sociedad fordista y una emergente sociedad alternativa, de la que sabemos algunas cosas, pero que está aún por definir. Lo que si está claro es que el modelo de ciudad basado en la cultura del coche y la sumisión de cualquier sistema de convivencia, movilidad y ocio a la propiedad individual de uno o varios coches, es obsoleto y está condenado a desaparecer.

Ya no es solo un problema económico, de fuentes energéticas o de colapso circulatorio. Es cada vez más un tema de salud y supervivencia. Seguir abrazados al coche nos conduce inexorablemente a poner en cuestión nuestra salud, nuestra vida. Tanto a los que lo usan, como aquellos que sufren las consecuencias de ese hábito. Por tanto, el carácter festivo que pudo llegar a tener el “día internacional sin coches”, como expresión irónica de lo ese momento excepcional representaba en ciudades repletas de automóviles en movimiento o aparcados, es ya hoy una necesidad imperiosa. Una prueba piloto de lo que debería acontecer de manera asidua.

Algo parecido podríamos decir de la experiencia de la supermanzana en Poble Nou. Quizás prematura o poco preparada, pero preferible todo ello a seguir atrapados a un único modelo de movilidad y convivencia que permite la apropiación de nuestras calles y plazas por parte de vehículos portadores de mil efectos indeseados.

Las críticas, comentarios jocosos, sonrisas condescendientes o las premoniciones de caos insoslayable que esas iniciativas han provocado deberían modular su tono, y tratar de ver más allá de las siglas de quién impulsa una u otra medida. El tema es político, sin duda. Lo es, porqué manteniendo la hegemonía del vehículo privado en el funcionamiento general de la ciudad lo que hacemos es cargar los costes a todos los habitantes de la ciudad, sean usuarios o no esos vehículos. Mientras que los beneficios se concentran en unos pocos.

No hay que ser fundamentalista. Se trata simplemente de querer sobrevivir y mejorar calidad de vida y facilitar mejores espacios de convivencia. Miremos alrededor y veamos qué hacen las ciudades a las que nos gustaría parecernos. No hay duda. Superemos el urbanismo que sigue pensando en el coche en términos de jerarquía en la escala de espacios y prioridades.

La revista The Lancet publicó un estudio comparativo de 14 ciudades para evaluar salud y modelo urbano. No hubo sorpresas. Más compacidad igual a más movilidad a pie y en bicicleta, y mejores índices de salud. Pero más compacidad y continuidad del predominio del vehículo privado, conlleva graves problemas de salud. El coche como sistema de movilidad individual fue una buena idea y sigue siendo útil en determinados contextos, y en ellos el cambio al vehículo eléctrico puede tener sentido. Pero en ciudades como las nuestras, hemos de superar su hegemonía. En cómo superarla está el quid de la cuestión, no en discutir el diagnóstico.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.