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Un barítono de verdad

El Liceo repone el montaje de "Simon Boccanegra" en el que cantarán en el rol titular Leo Nucci y Plácido Domingo

El Liceo repone el montaje de Simon Boccanegra con dirección escénica de José Luis Gómez, estrenado en 2008 y que ahora tiene como gran aliciente el protagonismo, alternándose en el rol titular, de Leo Nucci y Plácido Domingo, que el 23 de abril celebrará con este gran papel baritonal sus 50 años de carrera liceista.

Frío y austero montaje, coproducido por los teatros de Ginebra y el Liceo, en el que Gómez, sabio hombre de teatro, clava su mirada en la estatura política, la angustia y el dolor de Boccanegra, un corsario elegido primer dux de la Republica de Génova en unas elecciones amañadas. Huye del sentimentalismo, siempre al acecho en la dimensión más conmovedora del papel -la figura del padre que reencuentra a una hija que creía perdida para siempre, y convence más en las escenas que muestran la grandeza como hombre de estado del viejo corsario.

No hay en este montaje ni rastro del mar, tan maravillosamente evocado en la partitura por Giuseppe Verdi, y por el propio Boccanegra, siempre con nostalgia, pero podemos sentir su presencia en la orquesta. En este sentido, se le podría pedir más poesía al director italiano Massimo Zanetti, que aseguró la tensión dramática con una dirección muy incisiva, de trazos gruesos, eficaz pero insuficiente en una obra de tanta belleza y refinamiento orquestal.

Simon Boccanegra

De Verdi. Libreto de Piave, revisado por Boito. Intérpretes: Leo Nucci, barítono. Barbara Frittoli, soprano. Josep Bros, tenor. Vitalij Kowaljow, bajo. Àngel Òdena, barítono. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceo. Massimo Zanetti, director musical. José Luis Gómez, director de escena.

Coproducción del Liceo y el Gran Teatro de Ginebra. Gran Teatro del Liceo, Barcelona, 12 de abril

La escena más lograda del montaje es el finale del primer acto, con el Dux clamando por el perdón y la paz entre las repúblicas de Génova y de Venecia. Impresiona la estatura de Boccanegra, soberbia creación verdiana que encuentra en el veterano barítono italiano Leo Nucci un intérprete excepcional. Nucci es un barítono de verdad, de los de antes, de los que saben emocionar con el impacto de la palabra y la intensidad del canto, con oficio, arte y temperamento verdiano. Nucci es Boccanegra y su retrato del personaje, fruto de una envidiable experiencia, es una lección de canto verdiano de principio a fin.

La soprano italiana Barbara Frittoli pasó grandes apuros en el papel de Amelia. Empezó muy mal, corta de fiato, con agudos tirantes y, gracias a su elegancia en el fraseo, mejoró su rendimiento en algunas escenas, pero no convenció en un papel que pide más dosis de lirismo. A su lado, Josep Bros salvó la función sustituyendo in extremis a un indispuesto Fabio Sartori. El tenor catalán salió más que airoso del empeño y con un mérito añadido: era su primer Gabriele Adorno, y lo resolvió con valentía, clase y un efusivo fraseo.

Alto nivel en los otros dos papeles de relevancia; el bajo ucraniano Vitalij Kowaljow dio vida al personaje de Fiesco con una voz de gran calidad y nobleza de acentos; y el barítono catalán Àngel Òdena realizó un imponente trabajo -por voz, temperamento y entrega- en el papel de Paolo. Verdi exige mucho al coro en unas intervenciones de gran importancia, reto que el coro del Liceo superó con brillo, entrega y potencia. Y eso que los solistas y el coro tuvieron que luchar contra los problemas acústicos de una escenografía, firmada por Carl Fillion, que facilita el cambio rápido de escenas, pero deja espacios tan abiertos y vacíos que perjudican la proyección de las voces. Y eso en Verdi, pura emoción a través del canto, es un pecado mortal. 

Tampoco ayuda mucho la falta de calidez del montaje, distante y frío como un témpano; la buena iluminación de Albert Faura y la eficaz coreografía de Ferran Carvajal intentan darle algo de vida, pero la ausencia de referentes históricos -la acción del libreto transcurre en la Génova del siglo XIV- y la extraña mezcla de épocas del vestuario de Alejandro Andújar, provoca una innecesaria confusión.