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‘Mossèn Tronxo’ se queda huérfano

La novela sobre el entrañable cura de pueblo y sus apariciones televisivas cimentaron la imagen popular de Josep Maria Ballarín, fallecido a los 96 años

Mosén Ballarín, en su casa en 1998.
Mosén Ballarín, en su casa en 1998.

Josep Maria Ballarín y Monset, cura y escritor, autor de la popularísima novela Mossèn Tronxo, falleció la madrugada del viernes en Berga a los 96 años. Había nacido en Barcelona en 1920. Apenas acabó el bachillerato en los Escolapios, estallaba la Guerra Civil: tras vivir la miseria de la retaguardia, fue a filas con la Quinta del biberón. Los de su cuello tenían que perder la guerra, bien por catalanes, bien por católicos (quizá por ambas cosas) y de ninguna forma lo habrían ganado nunca del todo, y por las mismas razones.

Perdida la guerra que le quitaría el padre y la hermana, pasó al campo de concentración de Zamora, donde se le diagnosticó una tuberculosis que lo envió a Matadepera a pasar una convalecencia de seis años (a pesar de que le daban, meses de vida). Con 26 años, pues, entró en el Oratori dels Felipons, donde recayó tísico y pasó al Seminario de Solsona, que acabará dirigiendo, hasta que en 1958 es episcopalmente (Tarancón) relegado a cura de Santa Maria de Queralt, donde reorienta su tarea pastoral.

Ahí cambió su vida: empezó a escribir y con los años apareció en la televisión, actividades que, junto con su proverbial bonhomía y su activa inspiración de movimientos cristianos de alcance nacional, contribuye a la popularidad del santuario más allá del fervor de los propios bergadanos. De nuevo eso acabará pasándole agradecida factura en 1993, cuando de nuevo un obispo, este antiguo compañero de pupitre (Deig), lo prejubila, con la esperanza que se esconda entre los buenos amigos que tiene en Barcelona. Serán éstos los que promoverán, en desagravio, la imposición de la Creu de Sant Jordi (1995).

Nadie lo esperaba, pero tomó el cargo de vicario de su amigo el rector de las parroquias de Gósol, el homérico y madridista mosén Ramon Anglarill (modelo de su mossèn Tronxo), donde es acogido con una simpatía popular que llega a la concesión de la Medalla del Pedraforca y a que pongan su nombre en la calle de la casa donde vive, adoptado ahí por doña Emília Serra, a quien no se lo agradeceremos lo suficiente.

Promotor del primer Curs d’Estiu del Grup d’Estudis Nacionalistes y alma de la organización, nunca falló a un solo curso; también hizo misas, con aquellos sermones de inmortal memoria y bajo la máxima de las faldas (ya saben, los sermones, como las faldas: cortos y que enseñen). Sermones, charlas y sobremesas alargadas formaron a más gente que muchas clases magistrales y nos encaminaron por lecturas que nos acompañarán toda la vida: Saint Exupéry, Mann, Guaresci, Peguy, Bernanos, Chesterton... que, leídos al paso de sus notas, son hoy como hermanos mayores.

Pasan de la cuarentena sus libros; y un sinfín los artículos que escribió para el Avui desde su fundación; y cada día, aun dictándolos desde la cama del hospital, sus Degotalls para el Matí Digital. Hablando de libros: está Mossèn Tronxo, (más de 100.000 ejemplares), pero, sobre todo, Francesco y La paràbola dels retorns (cada ballarinólogo tiene sus gustos).

Entendió siempre los libros, como las apariciones en los medios, como una parte de su labor de apostolado. Y en esa linea, a pesar de una vastísima, políglota y refinadísima cultura, se esforzó en ser muy llano y esto confunde a los que lo equipararon al personaje de su novela. Como se equivocan los que, desde el espíritu anticlerical, lo quieren heterodoxo y sueltan aquello de “Si todos los curas fueran así...”.

Dejémoslo claro: Cataluña y los Països Catalans pierden un patriota que los quería libres, y a un buen hombre, un hombre de paz y de concordia; y la Iglesia en Cataluña pierde a un buen sacerdote que ha predicado, sobre todo, la Misericordia y sus Obras antes de que el Papa Francisco (elección que celebró entusiásticamente) la incardinara en el núcleo de su acción. Recordaré siempre su frase: “¡Este Papa jesuita es extraordinario! ¡Está dirigiendo la Iglesia hacia el cristianismo!”. Ahora que le busquen la heterodoxia.

Partidario de la libertad, quería que los pueblos fueran libres. Hizo lo que pudo para que así fuera, hasta cerrar listas independentistas como las de Junts pel Sí y taparse la nariz para votar según qué y a quién. Como tantos de los que priorizan la libertad por encima de determinadas revoluciones. El día siguiente al pasado 20-D me llamó: “¡Capi! ¡Si te han escogido diputado ahora pienso que quizás sí que lo veré, hahaha!” (nótese el doble sentido). Hoy lamento que no será así. Hoy celebro que tenemos un amigo más en el cielo por quien hacerlo posible. ¡Donec Perficiam, mossèn! Y que la Luz Eterna os ilumine.

Joan Capdevila i Esteve es ex secretario general del GEN, director fundador del Matí Digital y diputado a Cortes por ERC.