La hija rebelde de Stalin

Una novela narra la vida de Svetlana Alilúyeva, la heredera predilecta del dictador, que huyó de la URSS y se exilió en EE UU

Monika Zgustova, el 6 de marzo en Barcelona.

Cuando era pequeña, Svetlana Alilúyeva tenía una relación cariñosa con su padre. Él la llamaba “mi pequeño gorrión” y jugaba a obedecer las órdenes que la niña le escribía en notitas. Más tarde, cuando él mandó al gulag a su primer amor adolescente, todo se torció; Alilúyeva empezaba a vislumbrar la otra cara de su progenitor, Iósif Stalin, de quien acabaría renegando de adulta ante la prensa de la superpotencia enemiga.

Con la novela Las rosas de Stalin (Galaxia Gutenberg, 2016), la escritora checa Monika Zgustova relata la vida de Alilúyeva, hija predilecta del déspota soviético, que se exilió en los Estados Unidos en 1967 convirtiéndose en carne de cañón propagandística en plena Guerra Fría. “Era una mujer rebelde e insumisa, tenía dentro todas esas contradicciones que eran una bomba de relojería”, dice Zgustova (Praga, 1957), afincada en Sitges, quien conversó con muchos conocidos de Alilúyeva cuando se documentaba para el libro.

Zgustova, cuya familia huyó del régimen comunista checo en los setenta, encontró coincidencias entre su vida y la de Alilúyeva. “Un día vi sus libros en una librería de viejo en Nueva York. Los leí en el avión y quedé absolutamente obsesionada”, explica. Como los padres de Zgustova, la hija de Stalin pidió refugio político en la embajada estadounidense de Nueva Delhi, donde había viajado para esparcir en el Ganges las cenizas de su amante indio (las autoridades soviéticas no les permitieron casarse por ser él extranjero).

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Era la primera vez que salía de la URSS y no pudo con la idea de volver a su país, donde era controlada al milímetro. Se escabulló de los cónsules rusos y emigró, causando una bomba mediática en Occidente. La vida de Alilúyeva, quien siempre aspiró sin éxito a la normalidad, estuvo marcada tanto por la geopolítica global como por la sombra paterna. “A través de Svetlana descubrí a un Stalin peor que el que conocía antes”, revela la escritora. “Era una persona profundamente vengativa, sanguinaria y cruel con su propia familia y amigos”. Es sabido que se deshizo de muchos familiares mandándoles a trabajos forzados o al fusilamiento.

En la novela, Alilúyeva rememora cómo el suicidio de su madre influyó en las políticas de Stalin, que se volvieron todavía más implacables “después de la muerte de la única compañera que había tenido”.

Alilúyeva dejó en Moscú a dos hijos, uno de los cuales renegó de ella para siempre. Ese fue uno de los muchos hechos que afectaron su maltrecho equilibrio emocional. “Que una mujer abandone a sus hijos es siempre tabú, pero sus ansias de libertad eran tan grandes que les sacrificó”. Aún así, la libertad le quedaba grande: “Una vez la consiguió, no la podía soportar”. En Estados Unidos pasó de ser vigilada por el KGB a ser espiada por la CIA, además de descubrir con horror que la prensa no tenía intención de dejarla en paz. “Ni siquiera en América consiguió lo que siempre había deseado: vivir como una persona anónima, y no como un símbolo”, concluye Zgustova. “Se transformó en una mujer occidental, pero nunca llegó a tener la paz interior. Fue una víctima de su padre, de la sociedad y de sí misma”.

 

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