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La historia de Julia

Ella tenía más de 100 puntos por todo el cuerpo fruto de la agresión de Javier. “Pero no me quería matar”, le excusó

Siguiendo con todo aquello que queda fuera del cuadrilátero de la noticia, esta es una de esas historias que ojalá, sencillamente, nunca hubiese existido. Era una mañana de 2014, pongamos de julio, pongamos que en París. La cita era a las 11. Teníamos que hablar de la muerte de, supongamos, Javier, después de ser detenido por la policía.

Casi no se sabía nada de lo sucedido porque había quedado absorbido por otra muerte en condiciones similares. Arreciaba con intensidad contra la autoridad aquellos días. “Habla con mi nuera”, me dijo el padre de Javier, algo que a mí me sorprendió bastante. La versión inicial de los hechos era que Javier estaba a punto de matar a su pareja, y que de no ser por la policía, quizá lo hubiese logrado. Los años, algunos jefes muy bregados y el ensayo-error te enseñan a dudar, a ser posible de todo.

Aparqué y allí estaba ella, Julia, de unos 50 años. Sonreía mucho y, amabilísima, solo ponía facilidades: daba a escoger el lugar donde tomar un café, se ofrecía a contarlo todo, quería pagar la consumición... “No puedo caminar muy deprisa”, se excusó. Ni vocalizar demasiado tampoco. Julia tenía más de 100 puntos por todo el cuerpo fruto de la agresión de Javier, antes de morir. “Pero no me quería matar”, le excusó.

Aquel día, a las cinco y media de la tarde, Julia salió de casa para hacer unos recados. “Estuve fuera dos horas, él se quedó allí, viendo la televisión, tranquilo”. Pero al volver, “se había tomado mucha cocaína”. Estaba alterado, raro. “No me encuentro nada bien”, asegura que dijo. Javier violó a Julia, le destrozó la cara, la encerró en el baño… “Si no llega a llegar la policía a mí me mata”, admitió. Para ella, Javier pasó dos horas y media fuera de sus cabales. “Decía que yo le quería matar”. También le desgarró vaginalmente, con el vidrio de una botella rota.

En el tiempo que tardaron en llegar los agentes, Javier había cerrado la puerta blindada del piso. No había manera de acceder a la casa. Ni siquiera escuchaba los ruegos de su padre, que le decía “hijo mío, abre”, desde la calle. Al final fueron los bomberos quienes echaron una puerta lateral abajo. Cuando entraron los policías, Javier estaba encima de Julia.

“Vi cómo le pegaron con una porra, y también a mí, aunque sin querer, me dieron”, explicaba Julia, sollozando, que intercalaba en su relato palabras de amor hacia su pareja. “Me elegía a mí”, repetía, a pesar de poder escoger a mujeres más jóvenes. “Le oí chillar, oí un silencio, y se acabó”, lloraba. “En lugar de reanimarlo, llamaron a la ambulancia”. Mientras, fuera, el padre de Javier no sabía muy bien qué había pasado con su hijo. Javier murió fruto de una mezcla de cosas: las drogas, el estrés de la detención y su estado de agitación. Julia ingresó malherida en el hospital, donde necesitó cinco días para recuperarse.

Al subir de nuevo al coche, tenía una cosa clara: Julia estaba viva de milagro y ella lo sabía. A pesar de eso, se querelló contra la policía, junto a la familia de Javier, alegando que su pareja sufrió un brote psicótico y la policía no le dio un trato médico al caso, sino de violencia de género.

Ocho mujeres fueron asesinadas el año pasado por sus parejas o exparejas en Cataluña. En ningún caso existía denuncia previa. Tampoco en el de Julia. La lucha de la administración contra la violencia de género parece baldía. También la de la sociedad, incluyendo a los medios. ¿Qué más se puede hacer? Esa era una de las preguntas que salió en la mesa redonda No mueren, las asesinan. Las queremos vivas, de la BCNegra, donde la profesora de la UAB Joana Gallego, especializada en el trato de la mujer en los medios, pidió que este tipo de asesinatos formen parte de las páginas de política. “Que se hagan funerales de Estado”, reivindicó.

“La gente joven repite patrones, aunque la violencia muta, se hace cada vez más sofisticada, se perpetúa”, explica la psicóloga Alba Alfageme, especialista en violencia machista. Algunas mujeres son presas de esa realidad, y nadie puede echarles la culpa. “Acaban viendo el mundo a través de los ojos de él, reconstruyen una vida a su medida, la que él les impone. Intentan no salirse de sus límites para no provocar conflictos y no alimentar la culpa. Se pierden a sí mismas”, describe. “Cuando les preguntas: ¿Qué quieres? ¿Quién eres?, parece que se hayan perdido a ellas mismas, ante una situación dura de culpa constante”.

Después de hablar con Julia, decidí no volver a escribir sobre la muerte de Javier, a la espera de lo que sentencie el juez.