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OPINIÓN

Integrados y sospechosos

Al distinguir entre partidos constitucionales y radicales, se marca una línea divisoria entre a los que se puede permitir gobernar y los que escaparían al control

1. ¿Hasta dónde puede estrecharse el campo de lo posible en un régimen político para que pueda seguir llamándose democrático? Estos días, el largo debate postelectoral español gira en torno a dos cuestiones: la apelación a la realidad frente a lo que llaman “aventuras”, “ilusiones nacidas de experiencias ya fracasadas” o “intentos de desmantelar la convivencia”, y la discriminación entre partidos homologados y partidos a los que se les niega la legitimidad para gobernar. El debate político es sustituido así por un debate sobre el marco de lo posible, a partir de un principio de exclusión. Es la penosa discusión sobre las líneas rojas.

La democracia se define por su capacidad inclusiva. Dibujar, en función de los intereses de las élites, un espacio de delimitación entre lo integrado y lo radical es extremadamente peligroso. Y conduce inexorablemente a lo que estamos viendo desde hace tiempo: denodados esfuerzos para restringir el espacio de lo socialmente aceptable, como se está viendo con el uso cínico de las víctimas del terrorismo para justificar la limitación permanente de la libertad de expresión. Cuando se entra en el territorio de los delitos subjetivos, atribuidos a pulsiones y sentimientos como el odio, la exaltación o el desprecio, se entregan al poder unos espacios de discrecionalidad que conducen directamente al abuso.

No hace falta ser nietzscheano para saber que todo es interpretación. La lucha por la determinación de lo que se entiende por realidad es esencial en la política, Y de ahí, la reiteración hasta el infinito de la distinción entre partidos constitucionales y partidos llamados radicales o populistas, lo que equivale decir partidos a los que estamos dispuestos a permitir que gobiernen y partidos a los que no estamos dispuestos a dejarles mandar porque no se adecuan al marco definido, por quienes tienen la hegemonía, como adecuado.

Radical: pensar las cosas en su raíz. Una impertinencia cuando las leyes de la sociedad espectáculo están conduciendo a un narcisismo casi obsceno, sin jerarquía del rigor y la palabra. Pero precisamente en este terreno los partidos señalados como radicales no van a la zaga de los convencionales, se han integrado rápidamente. Populista: aquel que hace promesas a sabiendas de que es imposible cumplirlas. ¿Realmente alguien cree que los partidos integrados están libres de este pecado? Revisen la campaña electoral del PP de 2011.

2. Se habla en nombre de los valores propios del sistema, pero en realidad, el criterio de discriminación es prosaico: los partidos susceptibles de ser controlados y los partidos que podrían escapar a control. Tanto es así que se niega a Podemos la posibilidad de entrar en un gobierno en atención a su propuesta de abrir un nuevo proceso constituyente para reformar el sistema y se rechaza el apoyo parlamentario de los independentistas por su voluntad de buscar una forma democrática de desconexión en España y, en cambio, nadie pone en duda la condición del PP como aspirante a seguir gobernando, a pesar de haber saqueado las instituciones en algunos de los lugares en que ha gozado de mayorías absolutas. ¿Estos son los valores que se defienden?

Podemos o los independentistas no caben por sus más o menos hipotéticas intenciones. Pero nadie cuestiona al PP que en algunos lugares, por ejemplo, Valencia, ha actuado como una trama criminal organizada. Podemos ha respetado siempre las reglas del juego pero se pone en duda su habilitación para tareas de gobierno por desafiar a la casta en nombre de una entelequia llamada pueblo. Sin embargo, a nadie escandaliza que un partido de orden, el PP, en muchos lugares dónde ha mandado, haya dispuesto a su antojo de dinero público, en beneficio del partido, de algunos de sus miembros y de las redes de corrupción, sin que su dirección haya asumido responsabilidad alguna ni se hayan dado los cambios necesarios para hacer creíble un propósito de enmienda, que hasta el día de hoy no ha sido pronunciado. Sin ruborizarse, Rajoy insiste en que fuera del PP no hay salvación y los medios siguen repitiendo que sólo es deseable una combinación PP, Ciudadanos, PSOE. ¿De qué estamos hablando? ¿Cuál es el criterio de homologación? ¿Por qué Podemos no, y el PP, sí? Me parece que todo el mundo lo tiene claro. Y lo que irrita es que Podemos y otros lo pongan en evidencia.