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El Picasso más nórdico visita Barcelona

Dinamarca presta hasta junio tres obras del último periodo del pintor que muestran la vitalidad del pintor hasta el final

'El jugador de cartas II', una de las tres obras que el Museo de Arte Moderno de Dinamarca ha prestado a Barcelona temporalmente.

Tras las etapas azul, rosa, cubista, clásica, surrealista y expresionista, las obras que pintó Pablo Picasso entre los años cincuenta y setenta se engloban, tradicionalmente, en una especie de cajón de sastre en el que todo se parece. Pero no es así. La prueba, las tres obras que pueden verse hasta junio en el museo barcelonés del pintor; unas obras que jamás se han visto en esta ciudad y que dejan patente lo variado de la producción picassiana hasta el final y lo diverso de las fuentes que las inspiraron. Las obras, que llegan a Barcelona fruto de un intercambio con el Louisiana Museum of Modern Art de Dinamarca, representan, aunque solo sea por su ubicación actual, el Picasso más nórdico que jamás se ha visto en Barcelona. Mujer y tocador de aulos II, de 1956, Desayuno en la hierba (después Manet), de 1961 y El jugador de cartas II, de 1971, convivirán estos meses con la colección permanente del museo y, en especial, con algunos de los grabados en los que se tratan los mismos temas, dejando evidencia que Picasso los transfería de una técnica a otra de forma constante.

'Mujer y tocador de aulos II', de Picasso.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la obra de Picasso se vuelve optimista, tal y como refleja su serie la alegría de vivir, de 1946, en la que abundan los faunos, centauros y parejas bucólicas, fruto de su contacto con el Mediterráneo. El 18 de abril de 1956 Picasso realizó tres pinturas y dos litografías con una temática parecida. Una de ellas es Mujer y tocador de aulos II, la primera de las tres obras que ha viajado desde Dinamarca, en la que aparecen estos elementos simplificados a líneas que nos evocan un idílico mundo pasado. Al lado, en una vitrina, uno de los grabados del museo que donó Jaume Sabartés, que recibía una prueba de artista de todos los grabados que realizaba Picasso, repite tema y casi composición.

'Desayuno en la hierba', pintado por Picasso en 1961.

Picasso mostró un gran interés por las obras de otros artistas. En 1950 inició las series en las que dialoga con obras maestras de la pintura. Famosas son sus Les femme d’Alger de Delacroix, Las Meninas de Velázquez —la única completa que se conserva en un museo, el de Barcelona, por expreso deseo de Picasso—, y Desayuno sobre la hierba, de Manet, un pintor que admiró desde joven. “Picasso no copiaba a los grandes, los miraba para generar un debate creativo”, explicó Malén Gual, conservadora del museo, delante de la versión picassiana perteneciente a una serie que el malagueño pintó entre agosto de 1959 y junio de 1961 y del que llegó a hacer 27 pinturas, más de 150 dibujos, seis grabados y 18 cartones. La pintura, que puede verse en Barcelona, muestra, según destacó Gual, solo al personaje de narrador (un alter ego del pintor) y las dos mujeres, anulando al otro hombre, además de cambiar el formato a vertical e inundarlo todos de verde, por la hierba.

La última de las obras es El jugador de cartas II, de 1971. En ella aparecen muchos de los símbolos picassianos: el hombre del sombrero es el viejo pintor, el mosquetero, el matador, además de las cartas y el jarro cubistas que pueblan sus obras. “La materialidad de la obra es enorme, con un montón de texturas, unas veces con un montón de capas de pintura y otras dejando ver la tela”, explicó Gual, que destaca la vitalidad del pintor “hasta el último momento”. A cambio de las tres pinturas el museo barcelonés presta 27 dibujos de juventud para la exposición Picasso before Picasso.

El 'Arlequín' desnudo

Pocas veces es posible ver una gran pintura, tal y como la creó su artista. Ayer, el Arlequín de Picasso permanecía sin el marco y el cristal protector, preparado para ser fotografiado y analizado como nunca. La obra, y otras 10 del museo barcelonés del pintor, forman parte del proyecto Barcelona 1917, que arrancó ayer, con las obras que creó el malagueño, cuando acompañó a su enamorada Olga Khokholova, bailarina de los Ballets Rusos de Serge Diaghilev.

Arlequín, el bello retrato del bailarín Léonide Massine, parecía ayer vulnerable sin la coraza que lo protege de los cambios de humedad y temperatura. Hoy, cuando el museo ha abierto sus puertas, volvía a lucir su clásica belleza a todos los visitantes.