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CLÁSICA

Termómetro musical

Javier Perianes y el Cuarteto Quiroga tocaron en un Palau de la Música semivacío

La música de cámara es el más fiable termómetro para medir la salud de la vida musical de una ciudad. En este terreno, Barcelona suspende. Sin la presencia de un divo mediático de por medio, tipo Lang Lang, Martha Argerich o Anne Sophie Mutter, la asistencia del público suele ser tan pobre que echa por tierra esa condición de ciudad cultural que tan alegremente pregonan muchos políticos —algunos con responsabilidad en estos temas— que no pisan los auditorios barceloneses ni por equivocación. Y la tibia respuesta del público al concierto del pianista español más internacional del momento, Javier Perianes, con el estupendo Cuarteto Quiroga, celebrado el miércoles en un Palau de la Música semivacío, indica que la salud musical barcelonesa no es muy buena.

La velada se abrió con una sutil interpretación de La oración del torero, de Joaquín Turina, en la que el Cuarteto Quiroga dibujó con gracia, elegancia y vigor el latido rítmico y la belleza de una música que pinta la imagen del torero con un recogimiento íntimo, religioso, de expresividad directa.

JAVIER PERIANES, PIANO. CUARTETO QUIROGA


Obras de Turina, Granados y Schumann. Palau de la Música. Barcelona, 27 de enero

Como contribución al Año Enric Granados —se cumple este año el centenario de la muerte del compositor catalán— Javier Perianes y el Quiroga pusieron el listón muy alto con una comunicativa versión de su Quinteto para piano y cuerda en sol menor, op 49, pieza que han grabado en su primer disco conjunto (Harmonia Mundi), consagrado precisamente a Granados y Turina.

El joven Granados estreno su Quinteto en Madrid en 1895, con 28 años, y su efusivo lirismo, con la huella de Grieg y Schumann, le proporcionó fama —fue bautizado como el Grieg español— e impulsó su carrera. Perianes y los Quiroga lo tocaron con naturalidad, frescura y soberano equilibrio de fuerzas. Disfrutan tocando juntos, y esa sensación llega directa al público, sin la asepsia de ese tipo de instrumentistas que rebajan el calor comunicativo por su obsesiva búsqueda de la perfección técnica.

La velada fue in crescendo y alcanzó su máxima intensidad con el maravilloso Quinteto para piano y cuerda en mi bemol mayor, op. 44. de Robert Schumann . El nivel de virtuosismo, precisión y brillantez subió un escalón más de intensidad y belleza sonora; también hubo más riesgo y pasión en la expresión de un romanticismo más febril y excitante.