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Un juez ortodoxo, estricto... y leonés

Tras 31 años de carrera judicial, Jesús María Barrientos alcanza la presidencia del TSJ catalán con el objetivo de agilizar las causas sobre corrupción

Jesús María Barrientos Pacho es un leonés militante. Pese a que ha desarrollado casi toda su carrera profesional en Cataluña, mantiene vivas sus raíces familiares y celebra, con los amigos —entre los que cuenta jueces, además de fiscales y abogados— comilonas a base de botillo, las tripas de cerdo que son un clásico de la gastronomía de El Bierzo. Barrientos llega a la presidencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) a los 55 años. Quienes le conocen le definen como “un juez muy juez”, y con eso le alaban. Con eso quieren decir, entre otras cosas, que es “muy celoso de la independencia judicial” y que “siempre mantiene su criterio, caiga quien caiga”.

Casado con una funcionaria y padre de dos hijos, Barrientos se impuso ayer en la votación (12-9) al progresista Miguel Ángel Gimeno, que optaba a la reelección. De talante cordial y espíritu conservador, es miembro de la Asociación Francisco de Vitoria, una suerte de tercera vía entre las asociaciones progresista y conservadora. Barrientos se ha marcado como objetivo, entre otros, “agilizar los procesos más complejos”, especialmente los “relacionados con la corrupción política”, según consta en el informe que presentó como candidato ante el Poder Judicial. Esos casos son los que “están incidiendo más directamente en la credibilidad del sistema de justicia” y los que “ponen en evidencia la precariedad de medios e instrumentos de investigación”.

Comenzó a ejercer como juez hace 31 años en el municipio leonés de Astorga, pero su carrera siempre ha estado vinculada a Cataluña. Preside la Sección Octava (penal) de la Audiencia de Barcelona desde 2002 y, hace un año y medio, fue nombrado miembro de la sala civil y penal del TSJC. Ha participado, entre otras causas recientes, en el juicio al exdiputado de Convergència i Unió y exalcalde de Lloret de Mar Xavier Crespo, condenado a nueve años y medio de inhabilitación por dar trato de favor a un empresario ruso a cambio de dádivas. Barrientos votó a favor de condenar a Crespo (opción que se impuso) por un delito de prevaricación, lo contrario que Gimeno, que presidía la sala.

En la sala de vistas, Barrientos es un hombre “estricto, rígido, que puede incluso llegar a ser duro pero sin perder la cordialidad”. Es, sobre todo, un “formalista” apegado a las normas, algo ortodoxo, según los letrados. “Es más bien clásico, sólido. No hay que esperar de él grandes innovaciones jurídicas”. Las fuentes consultadas coinciden en retratarle como un “buen procesalista” que dicta resoluciones “sensatas y bien argumentadas”, incluso aunque “no estés de acuerdo con el resultado”, admite un abogado de Barcelona. Pese a su perfil conservador, ha compartido sala con personas de distintas ideologías (incluso con algún magistrado independentista) y “ha trabajado con ellos con comodidad”.

Según consta en su currículum, ha trabajado como consultor tanto de la Unión Europea como de la Agencia Española de Cooperación Internacional en países como Colombia, Panamá o El Salvador. También ha ejercido como profesor de Derecho Penal en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y es autor de casi una veintena de publicaciones sobre derecho penal y procesal.

Aficionado a los deportes —practica, entre otros, ciclismo— Barrientos posee experiencia en la gestión como miembro de la Sala de Gobierno del TSJC (desde 2009). En su programa de actuación, pide un aumento del número de plazas en Cataluña y se muestra dispuesto a mantener una “defensa a ultranza” de las decisiones que adopten los jueces en Cataluña para que no se sientan “perturbados en la toma de decisiones”.

Barrientos define a la sociedad catalana como “hipersensibilizada políticamente”. En ese contexto, tendrá que asumir el impulso sobre la causa abierta a raíz de la consulta independentista del 9-N, que está en la fase final de instrucción.