OPINIÓN

La identidad no se discute

Un compromiso posible y deseable es combatir la primera causa de desigualdad, de tristeza y de exasperación de cuatro millones de personas y de sus familias: el paro

Tampoco se vota. Nadie elige a sus padres, ni escoge su lugar de nacimiento, ni resuelve hablar su lengua materna, ni diseña su educación básica. La mayor parte de nosotros somos del país de nuestra infancia y quienes luego lo abandonan, o se ven forzados a hacerlo, se llevan para siempre los jirones de su acento. El que esto es así llena páginas de las mejores revistas que publican los trabajos de mis colegas más listos. Créanme, por favor (bueno, no todos ustedes lo harán, pues supondría renunciar a sus identidades, algo que casi nadie de nosotros está dispuesto a hacer).

Dan Kahan, un psicólogo que enseña en la facultad de Derecho de la Universidad de Yale (la mejor del mundo en todos los ránkings), lleva años escribiendo que las personas ajustan su visión de los problemas del mundo al sistema de creencias que define sus identidades respectivas. Y lo hacen hasta el punto de que, con independencia del nivel de educación que hayan alcanzado (incluso si es muy alto), las personas tendemos a rechazar aquellas teorías y evidencias científicas que minan nuestras identidades. Ello, escribe Kahan, es perfectamente racional: aceptarlas nos marginaría al instante de nuestra propia gente, con un sacrificio personal inmenso, inasumible en muchos casos. He citado primero al de Yale por ibérico complejo de inferioridad, pero Ortega y Gasset ya escribió lo mismo hace más de un siglo: las ideas se tienen, pero en las creencias se está. Nunca (sabemos bien los abogados) defiendan a alguien por el procedimiento de atacar las creencias de quien ha de resolver sobre la suerte de su defendido.

Pero precisamente porque esto es así, mi primera propuesta es que todos orillemos por un tiempo (un año o dos, acaso tres) la identidad propia (la ortodoxa), dejemos de atacar las de los demás (todos herejes, ciertamente, que así es este país) y veamos en qué podemos ponernos de acuerdo en beneficio de los más y, en particular de nuestros hijos (suelo deferir al criterio de los míos y es que si a mí me quedan cuatro años de oficio, a ellos cuarenta).

Entonces un compromiso posible y deseable es combatir la primera causa de desigualdad, de tristeza, de exasperación de cuatro millones de personas y de sus familias en este país: el paro. Propugno un pacto de todas las formaciones políticas por la creación de empleo. Aún antes de la investidura difícil (pero no imposible) del presidente del Gobierno en Madrid y de la andadura (más o menos) épica del Gobierno catalán, mostremos a la gente que todos los políticos han de estar por la generación real de empleo productivo y que todo lo demás puede esperar. Entre otras cosas porque (conservemos sobre todo el buen humor), que nadie se preocupe por las identidades, pues casi todos vamos a seguir siendo aquello que ya éramos (aunque podamos cambiar de voto).

Un pacto por el empleo requiere sacrificios para Madrid, Sevilla, Barcelona, Valencia y Bilbao (también para las ciudades pequeñas que se desangran y para las que crecen en población), para los jubilados (cuyas pensiones máximas habrán de moderarse en beneficio de las pequeñas), para los (angustiados) trabajadores de mediana edad con contratos indefinidos y para los (exasperados) jóvenes con contratos temporales. Requiere bonificar la Seguridad Social (un tercio del coste del salario), pero subir el IVA general (un punto, acaso más). Exige a la izquierda radical olvidar su inquina al proyecto europeo (ya viejo, recuerdo bien la repugnancia atávica de los anticapitalistas por “la Europa de los mercaderes”, las identidades no cambian o lo hacen muy lentamente) y, a la derecha y a los socialdemócratas, a aceptar que hay deudas que no se van a poder pagar.

¿Cómo se articula esta propuesta? Es sencillo: yo desconecto cada vez que un profesional de la política arranca a hablar y no empieza a hacerlo ofreciendo medidas para generar empleo. Cambio de canal, alzo la vista, pongo música (Bruno Mars, Thom Yorke, Adele, Falla, Wagner, Albéniz, Arvo Part, Philip Glass). Hagan lo mismo, es decir, ni caso a quienes solo nublen la vista de ustedes con banderas de colores enfrentados, atruenen sus oídos con abstracciones incontrastables, o muestren, descarnado, el gesto evidente, delator e inconfundible de la ambición por mandar. Ni caso. Por esto les propongo que dejen de escuchar de una vez a cualquier político que no hable de generar empleo y que, a continuación, especifique cómo lo haría. Ahí, nos podemos poner de acuerdo casi todos: podemos. Pero habremos de querer.

Pablo Salvador Coderch es catedrático de Derecho Civil de la Universidad Pompeu Fabra