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OPINIÓN

Cayó Mas, ¿caerá Rajoy?

El nuevo presidente catalán afronta la formación de Gobierno con el lastre de una hoja de ruta voluntarista e inviable

Hace dos semanas la pregunta era si iba a caer Artur Mas, pese a su largo y tenaz esfuerzo para evitarlo. Ya ha caído. Hoy la incógnita es si también va a caer Mariano Rajoy o va a haber repetición de las elecciones en España. La cuestión es saber si van a ser necesarios tres meses y medio para que Rajoy siga el camino de Mas o si todo será más rápido. A Rajoy le sucede exactamente lo mismo que a Mas: sólo le apoyan los suyos, y con los suyos no le basta para retener la presidencia. En su caso, ni con el añadido de Ciudadanos.

El Gobierno de Artur Mas va a ser sustituido por un Ejecutivo catalán formado a partir de la alianza entre Convergència y Esquerra Republicana. Será por lo tanto un Gobierno de centro-izquierda, porque la alianza obliga a Convergència a volver a sus originales ambivalencias socioliberales y a abandonar la orientación neoliberal representada desde 2010 por Andreu Mas-Colell y el propio Mas. Esquerra retorna al Gobierno catalán cinco años después de abandonarlo y sustituye a Unió en el papel de socio de Convergència. La capacidad de gestión del republicano Oriol Junqueras y de la generación de dirigentes de su partido son totalmente desconocidas. Si su sentido de la realidad en la gestión de los departamentos que les corresponda es el mismo que Esquerra demuestra al creer posible la creación de un Estado catalán soberano en dieciocho meses, las cosas irán mal y la gobernación del día a día en una Generalitat en la práctica intervenida por el Ministerio de Hacienda se resentirá. Se abre así una etapa de incertidumbre.

La épica independentista catalana sirve para lo que sirve y no sólo Convergència y Esquerra le sacan rendimiento. Tanto como estos partidos la explota el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, que recorre España agitándola a su favor; y el propio PP, que la esgrime como si fuera su adversario cuando, en realidad, es quien más la ha promovido. Este es un dato que la opinión pública española no debiera olvidar: la crisis catalana es el resultado directo del empeño del PP en atacar al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero por su flanco catalán. Ahora, un Mariano Rajoy desprestigiado y desgastado por los escándalos de corrupción que han proliferado en su partido mientras él lo presidía impasiblemente la utiliza estos días como excusa para postular la unión sagrada de los partidos españoles, siempre que sea dirigida por él, y para mantener un inmovilismo que en realidad implica no afrontar la crisis catalana. Más allá de la excusa, el empeño del nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, de aplicar en sus mismos términos la vía exprés hacia la independencia diseñada por Mas, Junqueras y la CUP constituye en estos momentos uno de los principales obstáculos para que cuaje en el Congreso de los Diputados una mayoría de Gobierno alternativa al PP. Pero es obvio que tanto a Convergència como a Esquerra les conviene que el PP pase a la oposición.

También el ala derecha del PSOE utiliza el independentismo catalán como excusa para sabotear paradójicamente la formación de una mayoría y un Gobierno progresista en España

También el ala derecha del PSOE utiliza el independentismo catalán como excusa para sabotear paradójicamente la formación de una mayoría y un Gobierno progresista en España que persigue su propio secretario general. Pero la cuestión catalana no debiera ser en absoluto la causa de que España no se alinee en la Unión Europea con Portugal, Francia, Italia y Grecia para exigir un cambio de rumbo de la política económica impuesta por Bruselas y el abandono del austericidio que daña particularmente las sociedades del sur de Europa. Aunque el PP fue el partido más votado, lo cierto es que no tiene la mayoría, carece de posibles aliados, y de las elecciones ha surgido una posible alternativa. No materializarla sería una incomprensible dejación.

El minimizado debate de investidura de Puigdemont fue insuficiente para concluir si la derrota sufrida por los independentistas en las elecciones generales del 20 de diciembre les ayudará a comprender mejor las consecuencias de haber quedado por debajo del 50% de los votos en las autonómicas que plantearon como un plebiscito. Pero una de las consecuencias del 20-D es que en este debate tomara fuerza la descripción de las sucesivas hojas de ruta independentistas como irrealistas empeños de voluntarismo carentes de viabilidad. Las palabras de Lluís Rabell cuando alzaba el tono preguntando a Puigdemont a dónde cree que va proponiendo la creación de aduanas sonaron como un refrescante requerimiento para aterrizar en la realidad. Puigdemont no dio muestras de haber entendido el mensaje del 20-D.