CRÍTICA

Tratado sobre la locura

'Hamlet' como retrato de grupo patológico en la sala Atrium

Hamlet es un personaje poliédrico. Cada director tiene su propia perspectiva del joven príncipe de Dinamarca, algo contrariado por la rápida boda de su madre con su tío después de la inesperada muerte del rey Hamlet, su padre. Un joven proclive a los soliloquios, las visiones y a dejar un reguero de sangre por donde pasa.

Tratarlo como un individuo de psique inestable no es una novedad, pero no es tan habitual tratar a toda la corte de Elsinor como un cuadro patológico digno de observación y análisis.

HAMLET

De William Shakespeare. Dramaturgia y dirección: Marc Chornet y Raimon Molins. Intérpretes: Alba José, Marc Rius, Xavier Torra, Queralt Casasayas, Toni Guillemat y Raimon Molins. Sala Atrium, 3 de enero.

La mirada colectiva es el aspecto más destacado de la propuesta dramatúrgica firmada por Marc Chornet y Raimon Molins. Hamlet —interpretado por Molins— no abdica de su centralidad y su tragedia, sólo que ahora es compartida y explicada en el desequilibrado contexto humano en la que prospera. Todos los personajes esenciales (asumidos por cuatro actores y dos actrices) contribuyen con su propia casuística mental al relato de una comunidad disfuncional.

Del desorden de Ofelia ya éramos todos sabedores. Pero en esta función los directores también nos hacen mirar con más atención a Polonio, Claudio y, en menor medida, Gertrudis. Y lo hacen prestándoles el espacio, el tiempo y las líneas de texto que en otras producciones se les sustrae a favor de Hamlet. Incluso Horacio asume una personalidad afín a la propuesta: la del cuidador. Que además se vislumbre su atracción hacia Hamlet es otro comentario dramatúrgico conocido.

Este tremendo retrato de grupo, que en su vertiente más gótica podría parecer el reparto de American Horror Story, está sorprendentemente suavizado por la incorporación de notas cómicas y recursos abstractos y metafóricos (el enterrador convertido en Caronte) para alejarse de los humores más sombríos.

 Se podría pensar que Chornet y Molins han asumido el papel de los jefes de los cómicos que acuden a la llamada de Hamlet para poner en escena un psicodrama encaminado a exorcizar la culpabilidad de la madre y el tío carnal. El espectador estaría viendo la representación de la representación de la historia de Hamlet.

Las interpretaciones son buenas para el sentido colectivo que tiene este montaje aunque no llegan a destacar en todos los casos por su excelencia individual. Es el caso de Molins, que no sería el mejor de los jugadores de póquer al descubrir demasiado pronto con su gestualidad, tono de voz y mirada la locura que corroe al desdichado príncipe. En cambio Queralt Casasayas hace de su Ofelia un juguete de inocencia que escena tras escena va rompiéndose por el abandono que se apodera de su universo. Tiene la sonrisa del estupor y la mirada de la tristeza que luego se convertirá en amable acogida cuando sea un fantasma que espere al fin serena a sus seres queridos al otro lado de la Estigia.