La literatura visceral de Víctor del Árbol gana el premio Nadal

El autor barcelonés se lleva el galardón con la obra ‘La víspera de casi todo’. Lluís Foix gana el Pla con sus memorias periodísticas

Pocos escritores españoles de las nuevas hornadas zarandean tan emocional y psicológicamente a sus personajes, los diseccionan tan sin contemplaciones, bajo una atmósfera más o menos cargada de thriller, que Víctor del Árbol. Es su excelente marca de agua: escribe con las vísceras y es pura visceralidad literaria. Por ello no ha de sorprender que Paola, mujer de clase alta, llegue huyendo de sí misma y de su pasado turbulento y se cruce con otros personajes también en carne viva en la Costa da Morte y que de ese encuentro ninguno salga indemne de ello. Fiel pues a sí mismo, el escritor catalán hace protagonista a Paola de La víspera de casi todo, novela con la que el autor de la exitosa Un millón de gotas se alzó ayer con el 72º premio Nadal (18.000 euros), el galardón decano de las letras españolas que convoca la editorial Destino. Un oficio también zarandeado, el del periodismo, es el eje de las memorias de Lluís Foix, que obtuvo en la misma gala el 48º Josep Pla de prosa en catalán (6.000 euros) por Aquella porta giratòria, referencia a la que fuera icónica y vetusta entrada del diario La Vanguardia, de la que llegó a ser su director y que da acceso a los recuerdos de medio siglo de su profesión.

Ada Colau y el Up & Down

De los tiempos de máximo esplendor que alcanzó en la paradójicamente gris Barcelona de los años 50 y 60 apenas quedan rastros hoy en la velada literaria del Nadal. Ni el Ritz que lo acoge es ya tal, aunque el hoy no menos lujoso Hotel Palace regale dos noches en habitación doble a quien tropiece con la sorpresa en el roscón de Reyes. De antaño, sin embargo, se mantiene una sala donde cenan las grandes autoridades políticas y literarias y, en otras dos, el resto de los cerca de 400 invitados. Es un particular Up & Down.

En la ‘parte alta‘ del galardón decano de las letras españolas hubo novedades: por vez primera apareció la alcaldesa Ada Colau (vestido oscuro, chaqueta gris, medallón al cuello, peluquería recentísima…), saldando quizá deudas de la histórica ausencia consistorial del último premio Planeta. ‘La princesa del pueblo’ estaba al lado del secretario del Ministerio de Cultura, José María Lasalle. Bueno, en funciones, como el conseller de Cultura Ferran Mascarell y como el mismo presidente catalán Artur Mas, que se esforzaba por poner cara afable. ‘Abajo‘, libreros, editores y agentes coincidían en que el año irá mucho mejor para el mundo de libro. La felicidad, es bien cierto, va por barrios. Y no siempre como sería de imaginar.

Reconocido por la crítica como una de las mejores cosas que le han ocurrido recientemente al thriller literario español junto a Carlos Zanón y Dolores Redondo, Del Árbol (Barcelona, 1968) se ha hecho un notable lugar bajo el sol en el género de la novela negra, especialmente en Francia, donde ha logrado varios galardones, el último hace cuatro meses, quizá el más prestigioso: el Gran Premio de la Literatura Policiaca a la mejor novela extranjera.

Pero Del Árbol, ambicioso como cada una de las cuatro novelas que ha publicado hasta ahora, aspira a más, como demuestra el premio Nadal, el primer gran galardón de su carrera en España y que va más allá del género. “No hago novela negra sino una mezcolanza de géneros; acepto la etiqueta para ganar lectores pero lo importante es tener una voz narrativa fuerte”, asegura. Un tono que sale del interior de sus personajes, como en la obra ganadora. “Se da una confluencia de gente que sufre un dolor, viven la contradicción tan humana de lo que somos y de lo que queremos ser”, afirmó ayer. La confluencia de esos seres heridos impedirá que ninguno de ellos pueda quedar moralmente a resguardo, marcados a partes iguales por el miedo y el dolor, ambos a veces no exentos de rabia.

Mezclando de nuevo géneros, Del Árbol concentra entre la noche y la madrugada de un solo día la vida de personas que son “como árboles con raíces en el agua”. ¿Conclusión? “No se puede escapar de uno mismo”. “Voy a arañar siempre el alma del lector”, resume Del Árbol una trayectoria alimentada en buena parte por las lecturas de su admirados Manuel Vázquez Montalbán y Juan Marsé, especialmente este último, de quien admite que aprendió que “la buena literatura se puede hacer desde la emoción”, como reconoció ayer que él mismo hablaba. Ese influjo, más una devoción por Albert Camus y una lectura atenta de los clásicos rusos han ido forjando el poso de un autor que no ha parado de sumar seguidores desde que se dió a conocer con El peso de los muertos (2006), que ya ganó un premio, el Tiflos. Le siguió La tristeza del samurái (2011) y que significó su salto definitivo: Premio Prix du Polar Européen del Festival de Novela Negra de Lyon y traducida a 14 idiomas.

Lluís Foix, premio Josep Pla.

Respirar por la herida (2013) y Un millón de gotas (2014) han ratificado una trayectoria donde los personajes pesan cada vez tanto o más que la trama. Al paulatino éxito de Del Árbol tampoco ha sido ajena su propia biografía. Primogénito de seis hermanos de una familia humilde en el barrio obrero barcelonés de Torrebaró, la madre les dejaba aparcados en la biblioteca, donde el único que se quedaba leyendo era él.

Influido por un sacerdote obrero, se hizo seminarista hasta que se le cruzó el duelo entre dogma y fe y la que sería su primera esposa; quizá el afán de justicia y de ayudar a los demás justificó su siguiente paso: a Mosso d'Esquadra. Su tradición de dejar un ejemplar dedicado de su último libro a un lector anónimo en las cuevas cercanas al monasterio de Montserrat han alimentado un aura mística del escritor. “No tengo una dimensión religiosa pero sí una idea trascendente de la vida”. También la tiene de la literatura.

Como viene siendo recurso habitual en los últimos galardones concedidos en la órbita del Grupo Planeta, Víctor Del Árbol es, desde su última novela (publicada en Destino, precisamente), autor de la casa. Del mismo modo que el periodista Lluís Foix (Rocafort de Vallbona, Lleida, 1943), que hace apenas dos años editó en Columna La marinada sempre arriba, libro de recuerdos de su dura infancia en la Catalunya rural profunda (en Vall del riu Corb) hasta los 16 años, cuando llegó a Barcelona con apenas una maleta y 600 pesetas en el bolsillo.

En esa entrega, Foix obvió ex profeso toda referencia a su dilatada carrera de periodista, de la que 45 años transcurrieron en La Vanguardia, donde empezó traduciendo teletipos del inglés y acabó a mediados de los 80 como director, tras pasar por sendas corresponsalías en Londres y Washington. “Entré en 1969, época en la que los periodistas hablaban, bebebían y criticaban mucho. Eso se ha perdido: hoy solo dialogan con el ordenador y tienen menos grosor cultural”, afirmó ayer. Aquella porta giratòria, pues, como un paseo por las virtudes y defectos tanto del oficio como de Cataluña. Más zarandeos, pues.

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