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OPINIÓN

Los funerales de Pujol y Mas

El pujolismo fallece porque su fraude fiscal (o su saqueo) atentó contra la Nación catalana; el postpujolismo, por la vaciedad del líder

Por azar (o no tanto) se superponen en el calendario dos funerales políticos. Los de Jordi Pujol y Artur Mas. Y con ellos, los del pujolismo y el postpujolismo. Ambos han quedado reducidos a las cenizas del mero relato sin sustancia, al conjunto vacío. El pasante, porque estos días se ha demostrado que su único contenido era su agónica pugna por sobrevivirse, o sea, por ser alguien, quizá él mismo: su figura en grado de tentativa.

El patriarca, porque el terrible auto del juez de la Audiencia Nacional citándolo a declarar destruye hasta su declaración pretendidamente más noble. La confesión expiatoria del 25 de abril de 2014 fue un engaño —sobre el engaño continuado de haber ocultado su fraude fiscal durante 34 años—, al constituir un "mero relato sin contenido determinante", sostiene.

¿Por qué? Porque "no consta la realidad del legado" presuntamente otorgado por su padre, Florenci: de la tal deixa "no consta" nada, ni el lugar, ni la fecha, ni ningún documento acreditativo, concluye el juez.

Y a esos engaños se añaden las dos declaraciones firmadas sobre la cuenta andorrana: la del hijo, Júnior, atribuyendo al padre la propiedad de la fortuna; la del padre reconociéndolo así (en contradicción con lo que declaró en julio de 2014), pero como un ardid para engañar a su nuera, recién separada, y beneficiar así a su hijo: ¡menuda tropa! Expedientes y engaños dedicados presuntamente a difuminar el origen y blanquear los fondos arrancados ilícitamente a los catalanes.

De modo que en el mejor de los casos la gloria de Pujol es un fraude fiscal con ocultamiento —haya o no delito, haya prescrito o no— y en el peor, la conversión de su familia en un clan criminal mafioso dedicado a saquear las arcas públicas catalanas.

Sea la más suave o la más dura, cualquiera de ambas conductas entraña un mensaje socialmente disolvente. Y políticamente letal. El pujolismo decía pretender construir una Nación (fer país); el postpujolismo, un Estado propio. Cualquiera de ambas construcciones políticas requiere, como es obvio, ingentes recursos con que financiarlas.

El fraude fiscal, no ya en grado de la trampa en el IVA del lampista, que a veces concita benevolencia social pasiva; sino organizado a gran escala, con alevosía o en complacencia activa, destruye las bases fiscales del Estado. El saqueo directo, aún más. Por eso el nacionalismo pujolista supone un atentado continuo contra la Nación catalana, abstracción hecha de la indudable buena fe de tantos de sus seguidores.

Lo más extraordinario es que la intelectualidad nacionalista —novelistas, periodistas, historiadores y gestores culturales—, amamantada con los fondos públicos residuales del saqueo, surfee este asunto como si se tratase de algo episódico y no sistémico. En formato de silencio general, como si el hundimiento le fuese ajeno. Parte de la intelectualidad poscomunista (pongamos Fernando Claudín), incluso de la posfascista (pongamos Indro Montanelli) fue crítica o autocrítica de los desmanes cometidos bajo su bendición. Y así, honesta.

Nada parecido (¿aún?) con el nacionalismo pujolista, quizá porque ni siquiera fue una ideología. Si acaso, algún disperso intento salvífico o torpemente hagiográfico-postmortem: “Dentro de 100 años” (¡!) “su figura”, la de Pujol, “reflotará”, escribe el ex director de la ex Fundación Trias Fargas —presunto vertedero del saqueo del Palau— Agustí Colomines, como si con él no fuera la cosa (en el libro colectivo Pujol KO, Economía Digital, Barcelona 2014).

Al cabo, entre la inmundicia moral de la trayectoria del fundador y la suicida torpeza del sucesor, de Convergència apenas queda nada. De aquel partido nacional catalán por excelencia, de aquel pal de paller en que casi todo ciudadano de este país encontraba algún hilo del que colgarse, no queda ni la menor dignidad intelectual, ni siquiera las siglas.

Permanece, eso sí, una poderosa pulsión identitaria hoy transformada en semisecesionista —esa idea ni ha fallecido ni será fácil reconducirla— como base de una persistente red territorial de poder. De hecho, una red comarcal, cada vez más rural y menos urbanita, pues las clases medias urbanas la han abandonado.

En efecto, el postpujolismo ganó el 20-D en 465 municipios, un buen resultado. Pero fue la opción más votada en solo tres de las quince ciudades catalanas más pobladas, y residual en once: sexta en seis, quinta en cinco. Así que los intelectuales paniaguados, subvencionados, resignados o genuflexos deberán ir buscando nómina bajo otro patrón.