Selecciona Edición
Iniciar sesión
ANÁLISIS

El regreso del cañón

El 88 mm de latón hace añorar la valiosa pieza de artillería perdida

El cañón original en su emplazamiento en el patio del castillo de Montjuïc.

Como un refulgente espectro se nos ha materializado inesperadamente un cañón Flak de 88 mm en el patio de armas del castillo de Montjuïc. ¿Vuelve la artillería desahuciada a la fortaleza por Navidad?, ¿renace el finado museo militar?, ¿regresará el coronel Segovia? No, no teman —los que temen a estas cosas—, el cañón no es más que una artística réplica de hojalata del original que había en el patio. No es, pues, un cañón de verdad. La paz, el circo y lo políticamente correcto que se han enseñoreado del castillo pueden respirar tranquilos. Pero verlo allí, donde antaño, hasta 2008, se erguían los 12 espléndidos cañones que muchos barceloneses de cierta edad asociamos con ese patio, produce, aparte de perplejidad, una extraña nostalgia. Nostalgia de los cañones, qué cosa, se dirán algunos.

El 88 mm —copiado ahora en latón— era una de las piezas más emblemáticas, interesantes y valiosas de la expulsada y dispersada colección de armas del castillo (los 12 cañones del patio fueron trasladados a dependencias militares en Madrid, concretamente al Parque y Centro de mantenimiento de Sistemas Acorazados número 1). El legendario 88, 8,8, 8.8 o Acht-acht ("ocho ocho"), como lo conocían informalmente los alemanes, fue el mejor cañón de la II Guerra Mundial. De hecho, probablemente es el arma icónica de esa contienda junto con el Tiger o el Ju 87 Stuka. Fabricado por Krupp y concebido como antiaéreo (Flak, contracción de Flugzeugabwehrkanone, cañón de defensa antiaérea), el muy versátil 88 (un soldado australiano lo describió elocuentemente como "anti cualquier cosa") se reveló como soberbia arma contra objetivos terrestres y especialmente como antitanque. Fue la pesadilla de los carros aliados y su alargada silueta lo último que vieron muchas dotaciones de Matildas, Shermans o T-34. Vieron es un decir, porque los proyectiles del letal cacharro podían atravesar 84 milímetros de coraza de acero a dos kilómetros.

La pieza, muy valorada por los museos militares de todo el mundo (en su drástica reordenación el Imperial War Museum de Londres ha conservado el suyo), es un cañón de poderosa iconografía (fotos, documentales, películas y hasta los comics de Hazañas Bélicas). Poseía una gran movilidad —se lo arrastraba usualmente con el semioruga Sdkfz 7— y podía emplazarse para disparar, sobre su característica base cruciforme, en menos de tres minutos. Rommel le sacó mucho partido —desde luego más que el Ayuntamiento de Barcelona—, usándolo para devastar las formaciones de tanques británicos en el Norte de África. El resolutivo coronel de panzers Von Luck, al frente de una batería de 88 "prestada" a golpe de Luger destruyó 20 tanques en pocos segundos en Cagny. Si esos no eran argumentos para conservar un cañón como el que nos ocupa…

Los 88 están además relacionados con nuestra Guerra Civil. Cuatro baterías (16 cañones) fueron enviadas de entrada como apoyo de la Legión Cóndor y finalmente hasta 52 unidades participaron en la contienda. Fue aquí donde se vio lo que podían hacer a los tanques. El cañón del museo era de los primeros modelos (luego se fabricaron bajo licencia), un 88/56 Flak 18, una gran pìeza. Es una pena que solo podamos ver ya su fantasma de latón.