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OPINIÓN

Perder el paso

Los nuevos líderes quieren reformas. Quienes están fuera de juego son Rajoy y Mas, como si en ambos el dominio del pasado fuese tan abrumador como paralizante

Hace tres o cuatro años Cataluña parecía bailar antes que nadie al nuevo ritmo del nuevo ciclo histórico. Nada iba entonces más allá de la movilización urbana y callejera del 11-M, algo deshilachada, y la evidencia aún poco cuajada de unas juventudes activadas por su cuenta y con sus métodos. El poder nacionalista en Cataluña hizo entonces su propio mapa de la situación y respondió a la sensación de parálisis que transmitían tanto la crisis económica como la crisis de las instituciones. El poder puso rumbo hacia un cambio de rumbo, de ciclo y de Estado, primero con el mágico sortilegio del derecho a decidir y después con la reclamación sin ambigüedad de un Estado propio.

Había tomado nota Cataluña de la situación de catástrofe inminente de un Estado al borde de la bancarrota, y usó el último cartucho de la munición nacionalista para albergar un sueño de cambio radical. Ese sueño no era la independencia únicamente sino la promesa de construir un proyecto de futuro que extirpase de golpe la caspa, la casta y las adiposidades de un sistema agonizante, cercano a la catatonia y poco menos que sonámbulo.

Eran los tiempos en que un Tribunal Constitucional sobrevivía fuera de todos los plazos, era el tiempo en el que el anterior Rey cazaba animales y cazaba problemas, era el tiempo de quiebras monstruosas de bancos que se recapitalizaban con dinero público, era el tiempo de las catástrofes diarias, aunque esta vez sin muertos en la cuneta y casi sin muertos en los hipermercados ni en los aparcamientos.

El moribundo era el propio Estado con la nueva máscara paliducha, sin fervor e inconsistente, de un PP que ganaba por mayoría absoluta unas elecciones generales, arrasaba en las autonómicas y casi en las municipales. Pero a la vez incumplía de inmediato, uno detrás del otro, todos los compromisos electorales con asombro estupefacto de la oposición, desaparecida y disminuida casi a un papel testimonial.

Puede que cuatro años después el nacionalismo en Cataluña haya perdido el paso

En este cuadro de patologías sistémicas, el nacionalismo catalán halló la probeta para fabricar una ruta redentora y lo hizo muy bien. Obvió el nuevo Estatut, dejó de hablar del déficit fiscal, dejó de hablar del concierto económico y empezó a insinuar primero y a exigir después un Estado indepediente. El acierto de la estrategia movilizó a cantidades ingentes de personas dispuestas a escapar como fuese al contagio de una España tóxica.

Puede que cuatro años después el nacionalismo en Cataluña haya perdido el paso y puede que haya empezado a identificar la naturaleza premiosa, impulsiva y hasta improvisada del sueño de cambio, mientras las otras fuerzas políticas —socialistas, ciudadanos, podemitas— asumían e interiorizaban el calado de la crisis de Estado y del cambio de ciclo histórico que vivía el país. E hicieron bien su trabajo de análisis para proyectar medidas necesarias, creíbles, convincentes, multidisciplinares, sistémicas y renovadoras. No hace falta haber sido espectador del debate del lunes entre Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias organizado por EL PAÍS, para percibir que en los programas, en las declaraciones, en las propuestas y en las diatribas de los tres partidos está activo el principio de la reforma del Estado con lenguajes necesariamente distintos. Cada uno con un calado y cada uno con sus propias hipotecas. Pero en los tres alienta la convicción de haber acabado una fase y estar luchando por empezar otra, bien desde el Gobierno bien desde la oposición.

Quienes están fuera de juego de forma casi patética son el PP de Rajoy y el independentismo de Mas, como si en ambos el dominio del pasado fuese tan abrumador como paralizante. Uno lideró la confortabilidad quietista de una mayoría absoluta y el otro lideró el autismo de un proyecto de esperanza y voluntarismo que podía perderlo todo, íntegramente, si las cuentas fallaban y la ciudadanía no se sumaba masivamente a la independencia.

Junto a Pedro Sánchez, Rivera e Iglesias, Mas aparece como una rémora inverosímil del pasado, como un último coletazo del ciclo que acaba, cuando presumió de ser el timonel de un tiempo nuevo. Mientras unos promueven transformaciones en múltiples ámbitos de la realidad social, legislativa e institucional, el otro sigue cautivo de un monosílabo —sí (a la independencia)— que adelgaza y empequeñece mientras calan entre los ciudadanos las propuestas de partidos que se repartirán dos tercios del Parlamento español. El 20-D es sólo el escenario. La música del futuro ya está aquí mientras el nacionalismo independentista pierde el paso.

Jordi Gracia es profesor y ensayista