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Café de Madrid

La verbena intemporal

Si fuera hoy 'La verbena de la Paloma' Julián enamoraría a Susana por WhatsApp

Ilustración de Jorge F. Hernández.
Ilustración de Jorge F. Hernández.

En alguna representación de La verbena de la Paloma llamaban la atención los pañuelos que se veían amarrados en los balcones de una escena callejera que se canta con las ventanas al fondo. Al preguntarle a un sabio amigo si acaso esos pañuelos tenían algún significado me contó que antiguamente se anudaban paños blancos en las barandillas o barandales de las casas que ponían alguna habitación en alquiler. Eran tiempos previos incluso a la bombona de gas color naranja y años de los retretes compartidos por pisos, con las plaquitas de Asegurada de Incendio y serenos con su chuzo en las esquinas: el escenario de esa zarzuela que se sigue representando todos los días, aunque no sean vísperas del festejo de la Paloma.

Se trata de una inevitable enfermedad que aparece sigilosamente de vez en cuando: escuchar los diálogos a gritos en cualquier patio interior o detenerse a la puerta de una finca y recibir del portero los chismes, circunstancias, reparto y escenas de todos los vecinos que conforman la zarzuela de cada día. El taxista que informa de los enredos de su segundo matrimonio o el camarero que aprovecha el entreacto entre platos para opinar sobre la noticia que se asoma en el periódico abierto son de pronto cantantes de una feliz opereta que anima los días, por no mencionar la chulapona de siempre que paraliza todo tráfico y vuelve bizcas las miradas de todos por la acera como si levitara al ritmo de una música imposible, aunque ya no lleve su vestido entallado, su pañoleta con clavel y los lunares pintados.

No es la necia baba de la nostalgia, sino el honesto afán por aliviar con inventos el tedio de los días; además, me divierte en silencio y a nadie ofendo con transformarlo —pura imaginación— en gendarme de siglos pasados aunque camine con la mirada perdida en su tableta electrónica o soñar que la señora gordita que va arrastrando literalmente a un diminuto perrito por la sombra no es más que un personaje de zarzuelas que no merecen amnesia. Imaginar para hoy mismo La verbena de la Paloma, aunque hoy Julián —que hace 100 años era cajista de imprenta, transformado en informático en paro— enamoraría a Susana por WhatsApp y no necesariamente de viva voz. El boticario don Hilarión seguiría de rabo verde tras las faldas de Susana y Casta, pero desde el mostrador posmoderno de su farmacia homeopática new-age, y el tabernero seguiría siendo el taimado esposo de la Señá Rita, ahora adicto al sudoku.

Ayer vi pañuelos blancos amarrados a un balcón y quise largar en voz alta mi sesuda explicación ante un buen hombre que resultó ser habitante de la finca. Me dejó hablar mientras sonreía y luego de una breve pausa me dijo que al menos en ese edificio amarran pañuelos precisamente para espantar a las palomas.