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OPINIÓN

Una historia de violencia

Los hombres que matan a sus parejas lo hacen como venganza, se teoriza

Al filo de los años sesenta, tuve un compañero de bachillerato que solía venir a estudiar a mi casa. Se daba la circunstancia que a mis padres les caía muy bien. Entre el bullicio y el silencio, mi amigo tiraba hacia lo segundo. Y además era formal, justo el tipo de amigos que suelen tranquilizar a los padres. Hacíamos los deberes después de merendar, y luego nos dejaban ver una serie de cowboy. Hacia las siete de la tarde solía marcharse. Un día me pidió si podía quedarse a dormir en casa. Yo lo consulté con mis padres y ellos dijeron que sí pero que antes querían saber las razones. Mi amigo explicó que su padre los había amenazado con un cuchillo, a él y a su madre. Mi padre se ofreció a intermediar en el conflicto. Ello significaba expeditivamente llamar a la policía. Mi amigo dijo que por nada del mundo, que su padre solía amenazarlos con frecuencia. Mi amigo se marchó. Y mis padres llegaron a la conclusión que a lo mejor el chaval exageraba. Al día siguiente, hablé con él. Todo en orden, me dijo, como si quisiera tranquilizarme. Mi amigo no vino más a mi casa. Y mis padres actuaron como si nunca hubiera ocurrido nada. Y todo se acabó ahí. El tiempo pasó, y mi amigo se mudó de barrio. Y con ello de colegio. Le perdí la pista hasta muchos años más tarde.

Un día de 1983 me lo encontré en el consulado de Argentina en Barcelona, justo en frente del cine Comedia. Me dio una gran alegría verlo. Fue como si lo hubiera visto resucitar. Me contó que estaba de paso por Barcelona y que aprovechaba para ponerse al día con su pasaporte. Su meta era Madrid, donde tenía concertado un contrato en una clínica privada como pediatra. Hablamos de nuestras cosas. Él estaba a punto de comenzar una nueva vida, mientras que el que escribe esto hacía lo que podía para salir adelante como free-lance en un país con un 29% de inflación. Cuando nos contamos todo, me vino a la memoria el día aquel que me pidió quedarse a dormir en casa. “Y cómo acabó lo de tu padre”, pregunté. Se quedó mirándome como si estuviera esperando la pregunta. Por aquel tiempo, se refería a los años en que estudiábamos en mi casa, mi padre había decidido que mi madre lo engañaba con otro hombre. Ahora lo recuerdo como una película, decía como queriendo quitarle hierro al asunto. Un día comenzó a decirnos que tenía un cuchillo bajo la almohada y que cuando nos durmiéramos nos mataría. Mi madre ya dormía, desde hacía unos días, conmigo. Mi amigo hizo un silencio y como si necesitara ser muy preciso en lo que iba a decirme enunció: “Ese día me di cuenta que necesitaba proteger a mi madre, protegerme yo y, sobre todo, sin saber cómo, proteger a mi padre de él mismo”. Mi amigo me contó que la cuestión no tenía solución, que su madre estaba aterrorizada pero que a la vez parecía empeñada en que todo siguiera igual hasta el final. Era como una suerte de impotencia y resignación. Y duda, una extraña duda que consistía en no saber si algo terrible les iba a suceder. Le pregunté por su padre. “¿Mi padre?, bueno, tuvo el detalle de morirse de un ataque al corazón al poco tiempo”. Me pareció que no era necesario seguir con el tema. “Aquel día te pedí quedarme a dormir, no tanto por mi padre como por la sensación de paz que reinaba en tu casa. En realidad, con el tiempo preferí hacerme la idea de que mi padre no fuera a hacer mal físico. Pero lo que más me quedó grabado de esos días, es la sensación de tormento de ese hombre, la lucha interior que se libraba entre salvarse (y salvarnos), o lanzarse al abismo, y con él a mi madre y a mí. ¿Rencor? Nada. A veces pienso que yo y mi madre tuvimos mucha suerte”.

Los crímenes machistas y los infanticidios cometidos estos días en España, me hicieron recordar esta historia. Para la policía estos horrendos crímenes estarán llenos de incógnitas. No buscarán móviles más allá de los que indican los manuales de criminología. Luego vendrá el territorio de lo inexplicable. Los hombres matan aquello que más aman, sus parejas, como un acto de venganza, se teoriza. Bien. Pero con ello, ahora también se ha vencido un tabú. El último que quedaba en la cadena de odio a la mujer, a la que también matan. Asesinar a sus hijos.

J. Ernesto Ayala-Dip