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GREC 2015

La deconstrucción de un cobarde

El muro de palabras que plantea Israel Elejalde es derribado por Bárbara Lennie en el duelo dialéctico de 'La clausura del amor'

Una pareja, Isra (Elejalde) y Bárbara (Lennie), enfrentada en diagonal en un gran cuadrilátero blanco, iluminada para dejarlos sin sombras, despojada de objetos en los que rendirse, dispuesta a un descarnado careo verbal para finiquitar su amor. Dos largos monólogos para cortar los hilos rojos del destino en común. Uno habla, habla y habla, y otro escucha. Ni una réplica está permitida, excepto aquello que el cuerpo verbaliza por dictado de las acotaciones. Primero dispara uno; luego el otro, como en un reglado duelo a pistola. Violencia civilizada. Un dolor pautado por el autor-director Pascal Rambert.

La clausura del amor no es Función de noche de Josefina Molina, el intento de cine verité con Lola Herrera y Daniel Dicenta, recapitulando su vida encerrados en un camerino. En la obra de Rambert también los personajes se miran a los ojos con sus nombres propios y se pide que tengan una relación de pareja real, pero los reproches y las emociones que acompañan no son los suyos. Interpretan –nunca mejor dicho– la panoplia preparada por el autor –nunca tan presente– para un soliloquio manierista en dos partes. Su mérito es darle densidad física a la literatura dramática y un sentimiento honesto a un texto explícito en su atención a la forma: un juego de construcción. Él levanta un muro de palabras y ella lo derriba. No son piedras elegidas al azar. Con algunas se componen y descomponen cuadros de Fragonard. Ese es el nivel de la dialéctica de las emociones enfrentadas, y su distancia con la verdad.

'La clausura del amor'

De Pascal Rambert

Dirección: Pascal Rambert. Intérpretes: Israel Elejalde y Bárbara Lennie. Cor Petits Cantors Amics de la Unió. Traducción: Coto Adánez. Teatre Lliure, Festival Grec, Barcelona, 24 de julio de 2015.

A favor de Rambert hay que decir que su cultismo no es un accidente. Sólo hay que esperar que llegue el turno de la mujer para comprender la intencionalidad del artificio, una versión extendida de la elusiva frase hecha con la que el conde de Valmont destroza el corazón a Madame de Tourvel. Una hora tardará el público en comprender por qué Israel Elejalde se hace tan antipático; por qué tomará partido en contra de uno de los dos personajes. Es el hombre que huye agazapado tras las palabras y para esto se requiere un actor que sepa darle a cada una sus matices, que sepa cómo darle sentido dramático a cada uno de los tropos. Y en esta misión Elejalde no se emplea fondo, dominado por una monocromática ferocidad de tono que no lo es todo en su parte del duelo. Mejor Lennie, ayudada por toda la información que ha acumulado el espectador, que disfruta con el implacable proceso de demolición del parapeto literario. Su lenguaje es mucho más directo, más emocional, más terrenal, en evidente contraste con la parafernalia de circunloquios de su contrincante. Y una espléndida Bárbara sabe cómo erigirse victoriosa sobre el túmulo de las ruinas. ¿Quién se puede resistir a aplaudir tan primoroso trabajo de deconstrucción de un cobarde?