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¿El baño de señoras?

Margarita Rivière, fallecida el domingo, rompió moldes en un periodismo machista

Enric Sopena, Tristán la Rosa, Margarita Rivière, Lluís Molla, Salvador Alsius, Carlos Pérez de Rozas y Pere Oriol Costa, en el jovencísimo Consejo de Redacción del 'Diario de Barcelona' de mediados los años 70.
Enric Sopena, Tristán la Rosa, Margarita Rivière, Lluís Molla, Salvador Alsius, Carlos Pérez de Rozas y Pere Oriol Costa, en el jovencísimo Consejo de Redacción del 'Diario de Barcelona' de mediados los años 70.

“Como fuimos las dos primeras mujeres en entrar en plantilla, no teníamos baño para nosotras y teníamos que ir muy lejos de la redacción, subiendo y bajando escaleras, para acceder al único que había, el de las telefonistas, que nos dejaban la llave para poder entrar”. Lo recordaba ayer la periodista Teresa Rubio. Era el año 1974 y las instalaciones, las del Diario de Barcelona. La colega era una Margarita Rivière que, años después, tampoco había borrado los sonrojantes comentarios y silbidos por partida doble de los trabajadores, todos hombres, de los talleres de una imprenta de plomo que a menudo no había más remedio que cruzar... para luego volver.

“En la prensa barcelonesa entonces había pocas mujeres, algunas colaboradoras y, si acaso, alguna redactora en algún medio pero solo en la sección de moda”, repasa Rubio. Rivière también rompió moldes en eso y dio un paso más: sería jefa de sección, tanto en el viejo Brusi como, posteriormente, en El Periódico de Catalunya, de cuyo equipo fundacional formó parte. “Era de trato exquisito, nunca tuvo una palabra alta para con nosotros y sí, era la jefa pero también era la primera en trabajar y arrancar la marcha”, recuerda Maria Eugènia Ibáñez, que cuando llegó a El Periódico en 1982 desde Mundo Diario la tuvo como responsable.

“Tenía las ideas claras y sabía de muchísimas cosas: moda, espectáculos, cine... Estaba enterada de todo y encima era la quintaesencia del trabajo”, retrata Rubio. Sin ir más lejos, su último artículo fue en este diario, el pasado martes, día 24: Tal para cual. “Demostró esa capacidad de trabajo hasta el último momento y su currículo lo demuestra: no se quedó apalancada; era inquieta por naturaleza”, certifica Ibáñez. Otra muestra: su participación en la primera Junta del Colegio de Periodistas de Cataluña (CPC), hija de la antigua Asociación de la Prensa, en una transición a la que Rivière no fue ajena. “Ahí se mostró como era también en lo profesional, rigurosa, insistente y combativa y asumiendo un feminismo bien entendido”, opina la actual decana del CPC, Neus Bonet.

En 1974, cuando entró con Teresa Rubio, eran las dos primeras redactoras en plantilla del 'Diario de Barcelona'. No había aseos para ellas

Coinciden todas en que donde dejó más huella fue en el género de las entrevistas. “Rompió moldes, las sacó de un adocenamiento muy propio de la época y las convirtió en algo ágil, con preguntas incisivas”, resume Ibáñez; pero no al estilo de la mítica colega italiana Oriana Fallaci: “Para nada eran agresivas, pero llegaba al fondo”, cree Ibáñez. “Ofrecían siempre un conciso buen retrato del entrevistado y eran aparentemente cordiales... Yo siempre le decía: ‘¿Pero cómo has conseguido que te diga eso?”, evoca Rubio.

La capacidad de empatía de Rivière ya es, desde ahora, leyenda. Y quizá explique su otra gran virtud: la discreción personal. “Nunca hablaba de su ascendencia social, no lo escondía pero tampoco alardeaba de ello; yo le decía en broma que era una desclasada; nunca se amparó en su procedencia de la alta burguesía catalana”, piensa Rubio.

Es más, lo pasaba fatal si el tema aparecía. De nuevo en el Diario de Barcelona: años 70, el propietario José María Santacreu va presentando al nuevo director el consejo de redacción: “‘Antonio Franco, ilustre periodista; Enric Sopena, una gran pluma...’ y cuando llega a mí, dice: ‘Margarita Rivière... de buena familia’. Me dio tanta vergüenza que estuve años callándolo, hasta que descubrí que no, que esto se había de explicar”, recordaba no hace mucho.

Nunca lució una joya. Bueno, una sí, una en la que Rubio e Ibáñez coinciden: una sonrisa desarmante. Una consecuencia de su cosmovisión, de esa primeriza estudiante de Filosofía que fue, como dijo hace apenas cinco días: “Sinceramente, la vida, sin ver las cosas positivas, no sé si vale mucho la pena”.