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El Lara más íntimo aflora en el multitudinario funeral del editor

Un aplauso espontáneo de ciudadanos marca la despedida al presidente del Grupo Planeta, en un acto con la plana mayor de la economía y la política española

Funeral José Manuel Lara Bosch este mediodía en la basílica de la Concepción.
Funeral José Manuel Lara Bosch este mediodía en la basílica de la Concepción.

Eran las 13.17 horas y las cerca de 600 personas que llenaban a rebosar la Basílica de la Concepción de Barcelona llevaban de pie casi ocho minutos. Como el silencio era tal, se pudo escuchar perfectamente la ovación cerrada que al menos otros dos centenares de personas, mayormente anónimas, dedicaban en la calle al féretro de José Manuel Lara Bosch, que llegaba entonces a las puertas del templo. Los aplausos se propagaron nítidamente hasta las primeras filas de la iglesia, donde se encontraban los familiares y, acompañados entre otros por Artur Mas o Soraya Sáenz de Santamaría, los más altos directivos del Grupo Planeta. A uno de ellos se le escapó: “Esos aplausos son una apelación a la responsabilidad que tenemos de asumir y gestionar bien su legado”.

El gesto popular, espontáneo, de esos que la gente solo parece dedicar a los héroes de la televisión o del deporte y no a los modelos, marcó de fondo todo el funeral del primer empresario editorial y de medios de comunicación español. Más de lo que la anécdota parece contar. El ritual religioso, sin duda de los de mayor repercusión en Barcelona en años, ayudó desde el primer momento: en el marco gótico del edificio, ocho religiosos que iban detrás del guión dorado, flanqueado por altas velas, fueron a recibir el féretro.

Con una entereza y serenidad de libro, la viuda, Consuelo García-Píriz, arrancó la ceremonia dando gracias a Dios “por estos tres años de regalo”, recordando el primer momento de un diagnóstico de cáncer de páncreas que a cualquier otro mortal hubiera fulminado en pocas semanas. No así a un hombre como Lara, con un corpachón de casi dos metros que, a pesar de su particular vía crucis, aún se dejaba traslucir por las dimensiones del ataúd, pero también por su carácter, “irascible” como admitía él, pero a la vez atento con el otro. “Decían de él cosas buenas y cosas malas, pero yo me quedo con las mejores. Para él ser importante era hacer cosas para sus semejantes sin esperar nada a cambio; el 25% de su tiempo lo dedicaba a actividades no remuneradas”, recordó su viuda. “Le encantaba estar con los jóvenes que, como él, tenían espíritu de esfuerzo. Una de sus frases preferidas era: ‘Esos son los únicos que cambian la vida de la gente y viven para siempre’. Decía que los verdaderamente importantes eran los excepcionales y con los que ha crecido la humanidad”.

Tenía razón el padre Ramon Cors, que ofició el acto: “Dios no nos llama a morir”. Sus palabras, ayudado por la música del órgano y las voces que cantaban en latín, parecían calar más hondo. “José Manuel Lara Bosch fue un gigante de los medios y un modernizador cultural, ayudó a difundir personas e ideas y aportó mucho al arte y al deporte, pero a mí me enseñaron a valorar por lo que llevan dentro y por lo que son y él se mantuvo siempre humilde y sencillo; ayudó a los necesitados y a la Iglesia…”. En su homilía, en castellano como toda la ceremonia, aseguró que lo peor para una persona hoy es “haber perdido el sentido del bien y del mal… y así se cae en la indiferencia ante la verdad y las personas; esto es, ante Dios. Y José Manuel Lara Bosch no participaba de la indiferencia global ni ante la del necesitado próximo”. Y ya dirigiéndose íntimamente a la viuda y sus hijos, como si aquello fuera acaso un acto bien íntimo: “No echéis por la borda lo que os ha enseñado. Y que él descanse en paz porque sus obras le acompañan”.

Ni el momento de la comunión de los asistentes, que generó un imposible tránsito de comulgantes por los pasillos de la iglesia, turbó la serenidad de Marta Lara; la hija, quizá resultado de su trabajo en aspectos fiscales y financieros de la editorial, se dirigió a los asistentes con un mensaje con trasunto para los que ya se preguntan sobre cómo quedará el imperio Planeta y adelantándose a algunos corrillos florentinos del final. “Piensa, papá, que tus hijos seguirán tan unidos como siempre; tus nietos, Bubu, te recordarán y aprenderán lo que nos enseñaste”, cerró utilizando el apelativo que los más pequeños dedicaban a su abuelo.

Como ocurriera ya el domingo en su velatorio, el factor humano de Lara Bosch se impuso al empresarial, aunque la espectacular representación de gente del mundo de la política, la economía y el deporte estaba ahí. En representación del Gobierno acudieron desde la vicepresidenta del Ejecutivo, Soraya Sáenz de Santamaría, a los ministros José Manuel García-Margallo (Exteriores) y Jorge Fernández Díaz (Interior). Eran la punta de lanza de una nutrida presencia del PP, que llevó hasta la iglesia a Javier Arenas, vicesecretario del partido. Y exministros de la misma formación como Rodrigo Rato, Josep Piqué, Anna Birulés, Miguel Sebastián y el expresidente de la Comunidad Valenciana, Eduardo Zaplana. Pero también del PSOE, como el expreidente José Luis Rodríguez Zapatero, Carme Chacón o Narcís Serra. Y del gobierno catalán, con Mas al frente de sus consejeros Andreu Mas Cullell y Francesc Homs; el presidente del Barça, Josep Maria Bartomeu, y el alcalde Xavier Trias, y jefes de las grandes finanzas: César Alierta (Telefónica), Antoni Brufau (Repsol), Jaume Giró (La Caixa), Salvador Alemany (Abertis), Angel Ron (Banco Popular), Dimas Gimeno (El Corte Inglés), Matías Rodríguez Inciarte (Santander), Salvador Gabarró (Gas Natural), Isak Andic (Mango), el presidente de la patronal CEOE, Joan Rosell… Y, claro, escritores (de Pere Gimferrer a Carlos Ruiz Zafón…) y periodistas (de Luis del Olmo y Julia Otero a Jordi Évole…). Algunos hasta hicieron declaraciones a la salida, cómo no, hablando del José Manuel Lara Bosch como “referente nacional”, “patriota”, protagonista de “hazañas gigantescas por España”. Pero la diversidad del color y la forma de los que estaban ahí decía también otras cosas, hablaba de quien en su sobrio recordatorio blanco puso un sencillo Padrenuestro, de la persona tras el gigante, como los aplausos de la gente de la calle.

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