Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Fortaleza busca legítimo amo

Un consistorio de Lugo intenta registrar a su nombre una torre tras saber que no es de los Alba, pero varias personas la reclaman

Torre medieval de Doncos, en el municipio lucense de As Nogais.
Torre medieval de Doncos, en el municipio lucense de As Nogais.

Aquí las torres y los castillos si no son de los Alba parece que no son de nadie. Esa familia siempre fue nefasta para la mía”, protesta el monfortino Antón Valcarce, “pero mis antepasados fueron dueños de más de media docena de fortalezas que formaban un rosario defensivo entre León y Galicia, siguiendo la línea del valle. Y la de Doncos era el símbolo, el faro que nos iluminaba”.

La pizarrosa torre medieval de Doncos, lo que queda en pie de la fortificación de San Agostiño, vigía del paso natural entre El Bierzo y Galicia, en el municipio lucense de As Nogais, busca dueño. La costumbre, simplemente, hizo que la gente, desde no se sabe cuándo, atribuyese la propiedad a la Casa de Alba, pero la recién fallecida duquesa no pagaba el IBI, y un buen día el Ayuntamiento se decidió a enviarle una carta para advertirle del estado ruinoso del monumento de 24 metros de altura. Entonces los Alba aclararon que este bien de interés cultural (BIC) no era suyo, y ahí empezó el verdadero lío.

Antón Valcarce:
“Mis antepasados rechazaron allí, con estacas, a los hombres del moro muza, en 715”

Según el alcalde, Jesús Manuel Núñez (PP), en el catastro aparece “un cuadrado” que coincide con la base de la torre sobre el que figuran escritas dos palabras: “En investigación”. No obstante, jamás hasta ahora se había investigado nada, y el pleno municipal acordó solicitar la inscripción a nombre del Consistorio, con la idea de inmatricular más adelante la torre en el registro. “Si el Ayuntamiento se pudiese hacer cargo”, comenta Núñez, “tendría la posibilidad de consolidar la fortaleza”, que pide a gritos una intervención. Pero fue salir en la prensa esta aspiración y —para disgusto del alcalde, que cree que esto va a “enredar” mucho las cosas— varias personas de rancio abolengo empezaron a desempolvar apergaminados documentos que hibernaban en algún baúl. En cuestión de días, Xabier Moure, padre de un extenso inventario del patrimonio gallego, recibió noticia de tres candidatos que aspiran a demostrar la titularidad de la torre defensiva. De momento, solo uno ha querido revelar su nombre públicamente, Antón Valcarce. Los otros dos, un vecino de Madrid y otro de Monforte (Lugo) que reside en Pontevedra, prefieren por ahora “dar la batalla” en silencio. Todos, en mayor o menor cantidad, blanden amarillentos papeles cargados de historia. Y en principio también todos piensan ceder la gestión del BIC a la Administración si el catastro los reconoce como legítimos dueños.

Valcarce, que custodia en casa un árbol genealógico de “tres metros y pico” de largo, ya se ha comprometido a esto en varias entrevistas. La de Doncos no es la primera torre que reclama. “Es una misión que tengo pendiente, que ya tendrían que haber hecho mi padre y mi abuelo, pero no pudieron”, dice. Y luego ilustra: “Fue en Doncos, en aquel meandro lamido por el río Navia, donde mis antepasados lograron al fin rechazar la invasión del Moro Muza, en el año 715. Lucharon con las armas hasta que se les quebraron. Pero siguieron con estacas” que improvisaron con las ramas de los árboles de ribera. “La victoria se conmemora desde entonces en nuestro escudo”, cuenta lleno de orgullo el vástago de la estirpe: “Cinco estacas de oro sobre campo de gules”.

A los pies de la torre se extiende un prado verde esmeralda que sí tiene dueña legal, una vecina. Y reina un silencio tal que cuesta imaginarse el fragor de aquel combate, o el estruendo de la bomba franquista que abrió una herida de tres metros entre las almenas. Entonces la fortaleza daba cobijo a escapados. Pero la leyenda de los Valcarce, según el “último poseedor del vínculo”, está cuajada de otras historias fantásticas y tremebundas, como la de aquel “abuelo en séptimo grado” al que “los franceses, tras fusilarlo, le cortaron las piernas para robarle las botas”. La enésima aventura familiar, ahora, en Doncos, quiere escribirla él.