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Imágenes de una pasión

Esther Cidoncha publica ‘When lights are low. Retratos de jazz’, un libro que reúne 150 de sus fotografías a músicos, realizadas durante años viajando alrededor del mundo

Orchestra Preservation Hall en Nueva Orleans, 2012. Ampliar foto
Orchestra Preservation Hall en Nueva Orleans, 2012.

“La vida no es nada sin pasión; y no hay mayor pasión en la vida que el jazz”. Esther Cidoncha, oranesa de nacimiento y madrileña por vocación, es la autora de When lights are low. Retratos de jazz, un recorrido por los escenarios del jazz a través de la fotografía, que ha editado La Fábrica con prólogo del trompetista y compositor Wadada Leo Smith y textos de, entre otros, Antonio Muñoz Molina. “El jazz te da lo que la vida te quita”, opina Cidoncha. “Parece que tengas que ir a escuchar un buen concierto de jazz para encontrar esa fuerza vital. A mí me pasa: la vida, sin el jazz, no me llama la atención; sin embargo, cuando estoy en un concierto, surge la magia y tú sabes que ese hombre que está sobre el escenario trabaja duro todos los días para conseguir transmitirme eso que te está partiendo en dos. Ese es el milagro del jazz: hacer fácil lo difícil, y que te seduzca completamente”.

Durante un lustro, Cidoncha formó parte de la compañía barcelonesa Mudances, de Àngels Margarit: “Me compré una camarita y aprovechaba las giras para hacer fotos en el escenario, durante los descansos, y en los lavabos, los camerinos… Me gustaba la estética de una persona cambiándose de ropa, las ventanitas de los hoteles baratos…”.

De la danza contemporánea al jazz fue un paso. El que Esther, residente, entonces, en la ciudad de Valencia, dio el día en que cayó en sus manos un disco del sello Blue Note: “Fue un enamoramiento inmediato. Cuando vi la primera de aquellas portadas maravillosas sentí el impulso irresistible de ponerme a hacer fotos”.

En los años noventa, Valencia vivía su edad de oro del jazz: “Tuve la suerte de estar muy bien relacionada con los mánagers. Quedaba con ellos y me dejaban ir a la prueba de sonido. Fue una época maravillosa, porque apenas había fotógrafos, y menos de jazz, con lo que prácticamente estaba yo sola con los músicos, me dejaban subir al escenario o ir al camerino con ellos, también yo era una chica muy jovencita y les hacía gracia”.

La necesidad enseñó a Esther a manejarse en las distancias cortas propias del jazz: “Empecé con una Yashica con un solo objetivo de 50 mm., con lo que me tenía que colocar a un metro de distancia del músico como mucho, y eso creaba una gran complicidad entre ellos y yo. Los músicos estaban encantados, me hacían guiños, se notaba que les gustaba, incluso coqueteaban conmigo”.

La afición por el jazz trajo a la autora a Madrid hace ya 15 años

Delante del objetivo de Esther Cidoncha desfiló la crema y nata del género: “En los noventa todavía vivían los grandes, como Harry Edison, Benny Carter o Hank Jones, auténticos caballeros, tan cercanos y elegantes dentro como fuera del escenario; y eso es algo que se ha perdido. Ha cambiado completamente la estética del jazz. Yo he hecho conciertos con los músicos tocando en chándal, lo que es un reto para el fotógrafo, porque tu trabajo es sacar belleza de algo que empieza a ser no ya tan plástico”.

La pasión por el jazz la trajo a Madrid hace 15 años: “Los mejores años de mi vida los he pasado en el San Juan Evangelista. El Johnny era el motivo que me justificaba vivir en Madrid”. Los tiempos han cambiado para todos, también para Esther Cidoncha. “Echo en falta ese lado lúdico que podías encontrar en los músicos que iban al Johnny. Los músicos de ahora quieren parecerse a las grandes estrellas del rock, se olvidan de lo que es el jazz, un lenguaje complejo que expresa emociones sencillas, y cuando les conoces sólo están interesados en venderte el disco que acaban de grabar”. Una queja que extiende la interesada a los organizadores de conciertos: “La política de los organizadores ahora es ‘aquí cabemos todos’, no importa si eres buen o mal fotógrafo; entonces te ponen en un rincón y te dan un tema, en cuanto acaba sale uno y te echa. No te da tiempo para pensar. Y, claro, siempre te sale alguna foto, pero no es la que tú hubieras querido hacer. Para ser un buen cazador de imágenes necesitas, sobre todo, calma. La fotografía hay que reflexionarla, eso es lo que distingue a los grandes fotógrafos como Francis Wolff, Herman Leonard o William Claxton. Yo hago fotografías de jazz porque admiro al músico de jazz y veo que no está valorado como se merece. Quiero dignificar a esos músicos y hacer la fotografía que ellos se merecen. No le veo sentido a hacer una foto mediocre en tres minutos: esa no es la fotografía que ellos se merecen”.

When lights are low. Retratos de jazz reproduce la peripecia de la fotógrafa recorriendo la geografía del jazz a lo largo de 150 instantáneas en primoroso blanco y negro: “Hay una plasticidad y un dramatismo envolviendo al músico de jazz que me sigue fascinando, sus gestos, sus ropas extravagantes, los instrumentos… El músico de jazz se deja la piel cada noche, no tiene tiempo para pensar, y todo cuanto hace termina conduciendo a ese instante fugaz en el que surge la magia… Hay tanta belleza en el jazz…”.