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Ciudadanos con hambre de votos de verdad

Albert Rivera, líder de C´s pide elecciones anticipadas al Parlament

Albert Rivera, ayer siendo maquillado para un acto contra la consulta.

Albert Rivera, líder de Ciudadanos, se pasó la mañana del 9-N rodeado de seguidores, almorzó en la Barceloneta con varios dirigentes del partido, se retiró luego a casa a descansar y seguir el proceso desde allí y por la noche se fue a la sede del partido, desde donde atendió a varias televisiones. Por supuesto, Rivera no fue a votar. Él quiere votar cuanto antes, pero “con urnas de verdad”, en unas elecciones al Parlament, no “con urnas de papel” en una consulta sobre la independencia que él y su partido rechazan frontalmente.

Rivera es un político moderno. Es joven, guapo (al decir de muchas y muchos) y vive pendiente de Internet y de las redes sociales, que utiliza como sujeto activo y pasivo. Es, también, un político muy serio, muy profesional, muy detallista. O al menos eso parece después de acompañarle varias horas durante lo que él definió como “un día histórico”, aunque no le atribuyó ese carácter por las mismas razones que Artur Mas.

Ayer llegó a Barcelona a media mañana desde Madrid, donde la víspera había sido entrevistado por Telecinco. Nada más llegar a la estación de Sants se dirigió a objetos perdidos para recoger un abrigo que había dejado olvidado la tarde anterior. No parece molestarle la presencia del redactor que le va a acompañar durante unas cuantas horas, pero le inquieta que la periodista gráfica, Consuelo Bautista, le haga fotos constantemente. Aunque le protegen dos escoltas de forma discreta, teme que le reconozcan.

¿Acaso ha tenido problemas en el pasado? ¿Tan mal están las cosas? “No, no es eso”, aclarará más tarde, “pero siendo un día tan especial más vale ser prudente”. “Es también una cuestión de carácter. Soy muy normal, más bien tímido, y no me gusta llamar la atención. Casi nunca llevo escolta, solo en ocasiones muy concretas”, explica.

No le hace gracia que le identifiquen en la calle “en un día tan especial”

La alarma era infundada. Le reconoce un hombre que le sonríe y le dice algo bonito a cierta distancia. En las oficinas de la estación, una de las empleadas quiere hacerse una foto con él. El hombre del cumplido llega poco después acompañado de su hijo, de unos 10 años, y también se hacen una foto juntos.

Recuperado el abrigo, Rivera se topa al salir de la estación con Pedro Echenique, dirigente de Podemos con el que ha compartido tren sin saberlo, y se saludan brevemente. Enseguida se dirige al auditorio Axa, en la parte alta de la Diagonal, en el modesto utilitario de su jefa de prensa.

En el coche, apenas intercambia palabra. Está escribiendo textos en el teléfono a toda velocidad. Sin duda, lanzando mensajes a través de Twitter y poniéndose al día con la última hora porque en unos minutos se va a dirigir a varios cientos de seguidores que han abarrotado el auditorio. “Está lleno”, anuncia.

Su líder es joven, guapo y pendiente de las redes sociales y la última hora

Nada más llegar al luminoso espacio que hace de camerino detrás de una cortina junto al escenario, Albert Rivera se deja maquillar como si lo hiciera todos los días. Sigue sin hablar apenas, solo pensando en lo que va a decir y escuchando de refilón la excitada soflama del orador anterior, el eurodiputado Juan Carlos Girauta.

El joven líder, que se acomoda la camisa en los tejanos y se arremanga con mucho cuidado, muy pendiente de su aspecto, se sienta en la esquina más apartada del camerino, como la estrella que va a retocarse frente al espejo enmarcado de bombillas. Pero ni se retoca ni mira (apenas) al espejo: acaba de escribir el guion que había empezado a pergeñar en el coche. Nada le distrae. Evita el contacto visual. Solo está pendiente de lo que va a decir.

Para él no es un día fácil. No puede echarse a la calle a pedir un voto que rechaza ni pedir a la gente que no vaya a votar. Al final huye del extremismo de los oradores anteriores y opta por atacar a las formaciones rivales, con contadas alusiones personales. Y expresa respeto por quienes están votando “de buena fe” porque están hartos de muchas cosas, aunque les advierte de que no se crean el mensaje mesiánico del soberanismo. Como el de que “en el nuevo país, los niños comerán helado todos los días”. “Creía que era una broma, pero lo dicen en serio”, precisa entre las risas de la gente.

Acaba el acto aclamado por los suyos como un torero que ha cortado dos orejas y el rabo. Ahora ya, por fin, sonríe a los simpatizantes que se quieren hacer una foto con él, saluda a ilustres periodistas de Madrid que han viajado a Barcelona, atiende en directo a La Sexta. Una mancha de sudor en la camisa en la zona lumbar delata el esfuerzo del día. Cuando por fin se acaba todo, se zampa medio donut nada más volver al camerino. “Estoy muerto de hambre”, concede. Desde luego, tiene hambre de votos. Pero no de votos como los de ayer.