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‘Tizona’ guerrea en los juzgados

La Audiencia de Madrid rechaza un recurso del vendedor de la legendaria espada del Cid

El pleito está ahora a las puertas del Supremo

En 1998 un equipo de científicos de la Facultad de Químicas de la Universidad Complutense estudió la Tizona, según la tradición de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, y determinó que se trataba de una pieza del siglo XI.
En 1998 un equipo de científicos de la Facultad de Químicas de la Universidad Complutense estudió la Tizona, según la tradición de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, y determinó que se trataba de una pieza del siglo XI.

Tizona, la legendaria espada que blandiera en sus correrías por tierras castellanas y feudos agarenos Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador (1048-1099), parece haber despertado estos días de su sueño de nueve siglos. Lo ha hecho desatando pasiones, mientras recorre un nuevo tramo de un intrincado trayecto testamentario de una década, que parecía no concluir nunca y que ahora, presumiblemente, llega a su fase final. Todo ello cuando persisten, aún, dudas sobre si el arma perteneció o no al caballero castellano. Algunos medievalistas señalan que se trata de un tipo de espada, no de una pieza singular, como lo fuera la célebre Colada del noble de Vivar.

Cuentan las crónicas que Tizona, acero del 93 centímetros de longitud, 4,5 de anchura, con lema mariano inscrito en su filo y un acanalado central para introducir aire en el estoqueado y acelerar su muerte, surgió de fraguas sevillanas en la Alta Edad Media durante el reinando en Castilla de Alfonso VI, a finales del siglo XI. Tras ser ceñida y blandida por Rodrigo Díaz hasta su muerte en Valencia, el arma llegó a las armerías reales de Aragón de la mano de la hija del Campeador, Cristina Elvira, emparentada con los condes catalanes.

Ya en el siglo XV, el rey Fernando, que cobraría universal nombradía con el apodo de El Católico, tras desposar con Isabel de Castilla, quiso agradecer a Pierres de Peralta el Joven —Marqués de Falces del reino de Navarra a la sazón aliado con Francia— sus decisivas negociaciones para facilitar dos metas cruciales: la regia coyunda de Fernando de Aragón con Isabel I de Castilla y el logro de la estratégica incorporación del reino de Navarra a la corona fernandina. Por todo ello, el rey Fernando de Aragón decidió hacerle a Peralta —que asesinó a un obispo pamplonés adversario de Fernando— un regalo especialísimo: el de aquella espada bañada por el mito de su dueño burgalés.

Los Peralta incorporaron la Tizona a sus bienes y pasó de unas manos a otras siguiendo, más o menos, el rumbo vital de su linaje. No obstante, ya entrado el siglo XX, la espada va a dar por herencia a una dama, Pilar de Dueñas, quien, sin ser marquesa de Falces, decide asociar el marquesado a la tenencia del arma. En 1985 el fierro llega notarialmente a Pedro Velluti, XV Marqués de Falces, y a su hermana Olga, por herencia de Pilar de Dueñas. Pedro muere dos años después sin descendencia y el título pasa a Olga Velluti.

Ella transmite el título del XVI marquesado de Falces a su hijo, José Ramón Suárez del Otero, y también le lega la mitad indivisa de la Tizona, que recupera, pues desde el 12 de julio de 1944 permanecía depositada y exhibida al público en cesión decidida por el padre de Pedro en el antiguo Museo del Ejército de Madrid, junto al Casón del Buen Retiro. Pero en su testamento, rubricado poco antes de su muerte en 1987, Pedro Velluti, que era ciego desde muy temprana edad, designaba herederos universales suyos a dos cuidadores, Salustiano Fernández y Jacinta Méndez, que se volcaron en atenciones hacia su persona durante la vida y la enfermedad que le llevaría a la muerte. Salustiano y Jacinta, fallecidos en 2002 y 2009, habían recibido en herencia la mitad de la espada Tizona, que en testamento cedieron a sus tres hijas, Mercedes, Olga y Ana, si bien Ana no reclamó su parte.

No obstante, desconociendo, ignorando o desdeñando la cotitularidad de la Tizona, sin consultar a la contraparte y pese a ser tan solo copropietario de ella, Suárez del Otero decide venderla a un consorcio de una decena de empresas inmobiliarias de Segovia, Cuéllar, Lerma y Burgos, todas ellas castellano-leonesas, que se la compran por 1.500.000 euros en el año 2008. El preciado acero, cedido a la Junta de Castilla y León, reposa desde entonces sobre un mullido lecho de terciopelo rojo en el silencioso interior de una vitrina del Museo de Burgos, donde permanece así exhibida al público.

Tras demandar a José Ramón Suárez del Otero, Mercedes y Olga Fernández Méndez ganaron la impugnación contra la venta del heredero de Falces, al que reclaman el valor transformado en precio de la mitad indivisa de la Tizona que sus padres les habían transmitido en herencia.

Es precisamente en estos días cuando, en contra del fallo del juzgado 72 de Instrucción de Madrid favorable a las dos hermanas, el recurso en contra de aquel fallo presentado en 2012 por el vendedor de la espada ha sido desestimado por la Audiencia Provincial Civil de Madrid. El vendedor tenía 20 días para recurrir al Tribunal Supremo —sus representantes legales han presentado un escrito sobre faltas formales en el texto, que prolongará tal plazo—, y de no prosperar tal recurso, deberá abonar no solo las costas procesales, sino los intereses generados por los 750.000 euros —la mitad del precio de la venta— que corresponden a las herederas de los cuidadores Jacinta y Salustiano. “Nosotros no hemos ido contra la venta de la Tizona, sino que reclamamos en su día —y la sentencia nos dio la razón— la mitad del precio pagado por ella”, explica José Manuel García Mayo, portavoz de la familia Fernández Méndez. José Ramón Suárez del Otero pasa buena parte del año en el extranjero, en ocasiones en Israel, lo cual dificulta establecer relación, siquiera telefónica, con él. Tampoco ha sido posible hacerlo con su abogado, Javier Ruiz.