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Jaume Vallcorba, editor humanista, fallece a los 64 años

Era el creador de los exquisitos sellos Quaderns Crema y Acantilado

El editor Jaume Vallcorba, en una imagen de mayo de 2010. ALBERTO ESTÉVEZ / EFE

Fue un desafío tácito y prolongado, de los que le gustaban: se llevó al reticente autor a comer un señor filete de toro; acabado, el escritor sugirió repetir, entendió que le ponía a prueba y aceptó, pero luego fue él quien propuso un tercero. Así fue como tras seis inmensos filetes de toro Jaume Vallcorba, fallecido hoy a los 64 años, fichó al escritor Quim Monzó. “Perseverar, la tenacidad me ha llevado hasta aquí”, resumía siempre el editor su trayectoria. La divisa que hubiera querido en el escudo de armas de sus sellos Quaderns Crema y Acantilado era “Voluntas”. 

Hubo también mucha pasión en su vida -mezclada con una impaciencia vital por materializar proyectos- por el mundo del papel, quizá herencia de su padre, el ingeniero y lingüista Jaume Vallcorba i Rocosa, discípulo del exigente Pompeu Fabra. En cualquier caso, ya en la escuela impulsó una revista y quedó impresionado por la máquina multicopista, atracción que sólo igualaba el diseño, hasta el extremo de crear un taller de serigrafía, Aiguadevidre, estudio que por las noches convertía en particular cine fórum pasando películas de Griffith, Eisenstein o Chaplin.

El resto de su formación lo puso la incipiente Universidad Autónoma de Barcelona de primeros de los años 70, con profesores como Martín de Riquer, José Manuel Blecua, Joaquim Molas, Francisco Rico y Gabriel Ferrater, “casi una república platónica”, recordaría Vallcorba. Ahí, claro, repetiría como promotor de una revista de corte contestatario, su primera experiencia editorial seria, que acabó en “un fracaso comercial antológico” y que arrastró tras algún éxito (la edición de cuatro poemas visuales de Brossa) y otro nuevo fracaso (una carpeta rosa con textos y dibujos de corte pornográfico) el taller.

Lo compensó ejerciendo de lector de literatura en la Universidad de Burdeos, estancia que acentuó su natural y refinado hedonismo y durante la que intentó paliar los excedentes de foie, trufas, ostras y vinos de la región. En ese contexto le pilló la petición del editor Antoni Bosch para que pilotara una colección de libros en catalán, que Vallcorba bautizó dando muestras de su cultura: Quaderns Crema, sutil homenaje a Wittgenstein, cuyos trabajos adoptaban los nombres a partir del color de las cartulinas de los cuadernos.

El proyecto nació muy maduro y marcaría toda su trayectoria como editor: autores alejados de las modas, recuperación de nombres olvidados en los cajones de los profesores universitarios, distancia máxima de premios y subvenciones y claros criterios de estilo y diseño. Bosch no tuvo paciencia ante las paupérrimas ventas y Vallcorba decidió comprar la colección y convertirla en editorial, un despacho alquilado a sus padres en los bajos de su casa. Ahí arrancaría en diciembre de 1979 con dos poemarios, uno de ellos una locura: la poesía completa de Ausiàs March editada por Joan Ferraté, quien le conduciría a los tipógrafos clásicos alemanes.

Con editorial propia, marcada por ese agave mediterráneo y noucentista que se daba en su Tarragona natal, se desbordó su alma: “Mi vida es entusiasmo, gusto, pasión”, y con todo ello acentuó en lo formal la recuperación de una tradición artesana por el libro, que siempre defendió que tenía que ser “como una pantalla de cine donde hemos de ver las cosas proyectadas pero no la pantalla”. Y empezaron las proporciones armónicas en la puesta en página, las hojas de papel de blanco roto con ph neutro “para que puedan leerse dentro de 150 años”, las letras entintadas no al 100% negro, el uso de unos tipos de letra que hizo comprar exprofeso a un impresor, las portadas blancas que provocaron una revuelta de los vendedores y que evitaban la cuatricromía en favor de los colores planos, el cosido sólo con hilo vegetal, la edición en tipografía hasta que fue imposible y el ajuste a mano entre letras de las portadas aún hoy. “No es lujo y bibliofilia: ¡si mis libros son cistercienses!”, se defendía. Detrás de todo estaba que quería ser como el humanista tipógrafo veneciano del XV Aldo Manuzio, editor de su coetáneo Erasmo de Rotterdam y artífice impresor de uno de los libros más bellos del mundo, el Sueño de Polífilo, que sólo a Vallcorba se le ocurrirá editar en 1999 como homenaje al medio milenio de su aparición.

En ese marco se puso a recuperar clásicos junto a autores de inicios del XX que situaba, en plano de igualdad, junto a nuevas voces contemporáneas. El resultado dio en poco tiempo un catálogo donde aparecieron, en ediciones filológicas impecables, March, Francesc Trabal, J.V. Foix, Eugeni D’Ors, Martí de Riquer y la heráldica, los trovadores medievales y ensayos sobre Cervantes pero también Joseph Roth o Stefan Zweig, que repescó del olvido absoluto para convertir en best seller. “Su mundo de ayer nos da mucha más luz sobre el de hoy que cualquier ensayo actual”, decía jugando con el título de las memorias del autor. En apenas una década concentró asimismo los aires renovadores más sólidos de las letras catalanas: Monzó, Sergi Pàmies, Empar Moliner, Ferran Torrent, Ramon Solsona, Francesc Serés, Pere Guixà… “La nouvelle vague de la literatura catalana de los años 80 y 90”, lo elogió el semanario Le Nouvel Observateur. Con la mayoría llevó a la práctica su política de autor, trabajando con ellos los originales añadiéndoles sus legendarias sugerencias al margen.

Bullía el despacho de ese hombre siempre de traje y chaqueta, de mandíbula cuadrada y piel transparente de tan blanca, gafas redondas con monturas de carey y que trataba de usted a sus empleados, algunos hoy editores notables que no resistieron demasiado su carácter refinadamente duro y, a decir de algunos, intransigente. “¿Individualista? Con más gente se es más disperso: la coherencia es básica para captar un lector, como el diseño, y más cuando se apuesta por autores desconocidos”.

Llevado por esa velocidad que le chiflaba desde pequeño, cuando quería ser piloto de avión y que con los años tamizó con la posesión de un Alfa Romeo GTV de seis cilindros y después un BMW 528 que fueron la envidia del mundillo editorial barcelonés, en 1987 se lanzó a la aventura en castellano creando Sirmio, de vida breve pero que dejó como marca, por ejemplo, el debut de Javier Cercas. Había corrido más que el tiempo. Quizá por ello, cuando repitió experiencia en 1999 empujado por “el abandono al lector exigente”, le puso como nombre Acantilado: “Jugaba con la idea del peligro y como me hacían la broma de que me podía caer por él, lo conjuré con el logotipo de un hombre tirándose de cabeza”.

En Acantilado, Vallcorba no hizo más que acentuar creencias y convertir las dificultades en virtud: copados los autores españoles, se lanzó a por los centroeuropeos, buscando aquellos nombres “del espacio común de la tradición europea, que hace que un ruso comprenda bien a Cervantes, un inglés a Dante y un alemán a Shakespeare”, ilustraba el editor-doctor en Filosofía y Letras. Y así, bajo el rojo y el negro de Acantilado aparecieron los mejor de los autores que pivotaban sobre la Viena finisecular del XIX (Roth, Schnitzler…), ayudado por el dominio de uno de los siete idiomas que hablaba, el alemán, lengua puente que le llevaba a autores checos, polacos o húngaros (Kertész), a los que solía llegar a través de la lectura de los suplementos literarios de los diarios suizos. También en Acantilado acentuó sus locuras, como las 2.700 páginas de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand o las 1.700 de los ensayos de Montaigne, que convirtió en inauditos best seller. “Edito clásicos que hoy puedan conversar con nosotros; Samuel Johnson es mi contemporáneo”, zanjaba el asombro de su interlocutor Vallcorba, que el 2002 recibiría el premio Nacional a la mejor Labor Editorial.

“Pesimista atemperado”, como se autodefinía, cada vez se morigeraba menos. Empezó en 2004 por abandonar la docencia universitaria (donde dejó estudios sobre la Chanson de Roland, la poesía trovadoresca o las vanguardias europeas) porque, ahuyentado el rigor por la burocracia, tenía la sensación de ser “un guía turístico de autocar señalando fugazmente edificios singlares aquí y allá”. Luego, quien aspiraba a ejercer con su empresa “un papel de intervención cultural, ayudar al patrimonio cultural colectivo, esa es mi idea de hacer país”, no recibiría hasta hace apenas dos meses el reconocimiento oficial de la Generalitat. “La catalana es una cultura que se reinicia cada lunes; hay poca memoria y falta la ambición de un Carner o un D’Ors”, se lamentaba quien mantenía que la edición en esa lengua estaba “enferma por culpa de las subvenciones”. Con un punto melómano y amante de la conversación culta que cultivaba con homónimos como el editor alemán de Suhrkamp Joachim Unseld, también es cierto que fueron desapareciendo interlocutores queridos como Roberto Bolaño y Riquer, a quien ya no podía contar que en su casa “los libros, de noche, se mueven y dialogan entre ellos; por la mañana los hallo en lugares distintos”, soñando en verdad el espacio espiritual de sus catálogos.

Una ilusión de sus últimos años, amén de una enésima locura, la de editar todo Simenon, y la entereza y su marcado sentido del deber que le llevó a despedirse de sus principales autores y amigos hasta pocas semanas antes de fallecer, era la de recuperar el viejo molino de su casa familiar y hacer “un buen aceite, puro”, con ese rigor de quien sabía que hoy se confunde a los héroes con los modelos. Él es ya de los segundos.