OPINIÓN

El sistema no son ellos

Hay un clamor contra la chaladura en que ha entrado parte de la universidad en su afán por objetivar y cuantificar méritos

Las revistas son cajas de sorpresas. Antes eran mensajeras solo diferidas pero hoy son también instantáneas, tanto como lo ha sido el segundo que ha tardado en llegarme el link que me manda Jordi Amat —clic, clic— a la serie de artículos y comentarios sobre investigación, humanidades y burocracia colgados en la revista digital Núvol.Leo allí a gentes muy diversas —Foguet o Teresa Cabré, Garolera o August Rafanell—, ninguno de ellos prescindible en el mejor mapa de la actividad humanística de la universidad de los últimos años.

Sin embargo, todos los comentarios y varios de los artículos, sobre todo el de Jaume Radigales, La necessitat de la insubmissió, reclaman un plante, un basta ya, un frenazo en seco ante la chaladura en que ha entrado una parte de la universidad en su afán de objetivar y cuantificar los méritos curriculares de los profesores en formación (que es lo que somos todos, todo el rato).

Ese sistema ha entrado hace años en fase fósil, esclerótica: es un laberinto casuístico que trabaja para sí mismo y no para desempeñar el objetivo de jerarquización de méritos con que teóricamente fue concebido. Hoy, y cada vez más, estipula de forma rígida, miope, mecánica y numérica la evaluación y la apreciación del trabajo de investigación universitario. Muchas de las mejores aportaciones en el ámbito de las humanidades se han hecho al margen de esos sistemas porque los autores eran ya funcionarios o porque desde el principio se abstrayeron de métodos asfixiantes y empobrecedores de evaluación. Incluso si han sometido sus trabajos a la tabulación presuntamente científica de tramos y sexenios, no han concebido su trabajo en función de esas pautas y requisitos. Han sido excelentes pasando mucho de la excelencia administrativa.

El problema grave de reclamar la insumisión es, sin embargo, que el pato lo pagarán los más vulnerables: asociados agónicos, lectores colgados, colaboradores al borde del precipicio, contratados a cuatro duros que necesitan una acreditación para saltar de nivel. El resto, los funcionarios, hemos podido practicar ya activamente esa insumisión: pudimos escoger una revista de impacto o no escogerla, pudimos seguir escribiendo libros aunque su evaluación sea irrisoria con respecto a otros méritos. Esa es la insumisión que conozco, la que orienta el trabajo a lo que importa intelectualmente a sabiendas de que no le va a importar a nadie en una comisión evaluadora porque nadie va a leer lo que se ha escrito: su trabajo de investigación se traduce en un código numérico.

El problema grave de reclamar la insumisión es, sin embargo, que el pato lo pagarán los más vulnerables

Hoy la máquina va sola. Ha entrado en una inercia de aceleración paranoica —y aunque parezca mentira no estoy hablando de Carme Forcadell— con el resultado de que los jóvenes empiezan a adaptar su investigación a las condiciones de las revistas de impacto y no a sus convicciones y ocurrencias, que es lo que deberían hacer.

Esa es la máquina que hay que parar, enloquecida en su rodar inclemente, con guardianes y custodios a menudo probadamente incompetentes en sus supuestas áreas humanísticas, sin aportación alguna relevante, y sin embargo diabólicamente entregados a sistemas chiflados de evaluación. Por eso son los jóvenes quienes están cargándose de argumentos contra ese sistema, como hace Albert Jornet desde el prólogo a un libro tan reciente y oportuno como Facing Humanities. Current perspectives from young researchers (UPF/ Forma, 2014).

La posición reformista ante el actual cul de sac pasa por mitigar la rigidez de los baremos, ensanchar los criterios que tasan la calidad de una carrera investigadora, ponderar méritos difíciles de cuantificar. Es buena idea y hay que hacerlo. Pero ya no basta. Es autoengañarse. Prefiero otra más radical y simple. Consiste en un cambio de actitud: abandonar la sumisión al delirio estadístico-cuantitativo y fortalecer el criterio de calidad analítica e imaginación innovadora (que no es cosa exclusiva de las ciencias duras sino la base de las nuestras, las blandas).

Pero para que esa actitud sea fértil y productiva, para que no se quede en voluntarismo o rebeldía testimonial, necesitamos el compromiso firme, masivo y responsable de cuantos lamentamos los efectos negativos del actual sistema. La mejor de las revoluciones frente a la bunquerización de las oficinas de evaluación, blindadas con números, escalas, impactos y mucho acomplejamiento científico puede ser acatarlas para desobedecerlas.

La insumisión empieza por el compromiso de los privilegiados del sistema universitario (y por supuesto, los privilegiados somos los catedráticos y los titulares). Son quienes constituyen las comisiones para los concursos de plazas y son quienes ceden o no ceden a la presión de los intereses gremiales, quienes transigen con las triquiñuelas, quienes toleran el favoritismo de un criterio que falsea la convocatoria, quienes hacen la vista gorda ante decisiones fraudulentas. Y me parece que mucha gente que murmura en despachos y pasillos contra el sistema puede dejar de quejarse del sistema defendiendo con su voto lo que crea que debe defender. El sistema no son las oficinas de evaluación: somos nosotros.

Jordi Gràcia es escritor y ensayista.

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Catedrático de Literatura Española en la UB

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