Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Madarcos, tierra de innovación

Un ahumadero de salmón en uno de los pueblos más pequeños de la Comunidad es un ejemplo de cómo nuevos vecinos cambian la cara de la sierra Norte a pesar de las dificultades

Jorge Durán y su compañera Chus García. Jorge regenta El Ahumadero de Madarcos. Ampliar foto
Jorge Durán y su compañera Chus García. Jorge regenta El Ahumadero de Madarcos.

El último que llega al pueblo da el pregón. Eso es así. Y por eso le tocó a Jorge Durán Batalla dar la charleta que abrió el pasado julio las fiestas patronales de Madarcos, el segundo municipio más pequeño de la Comunidad de Madrid. Después de 13 años “con la corbatita”, vendiendo falsos techos, decidió acogerse a la primera tanda de despidos que llegó con la crisis a su empresa —“Aquello era invivible, porque la gente se agarra como sea al puesto de trabajo”— y empezó a pensar qué podría hacer un tipo cercano a la cincuentena (hoy tiene 52) para ganarse la vida, preferiblemente, en el campo. Así es como llegó en noviembre de 2012 desde el barrio capitalino de Moratalaz a Madarcos, este minúsculo municipio a 87 kilómetros al norte de la capital, en la ladera de Somosierra, en mitad de la sierra Norte, para montar un ahumadero de salmón. Y como el último que llega da el pregón…

“Los domingos, mi chica da clases de taichí y, por la noche, vemos una película en el centro multiuso. Los jueves quedamos a cenar en el bar de Charo; cada vez lleva uno la comida y consumimos allí la bebida, que hay que hacer gasto”, cuenta Jorge mientras enseña el ahumadero que ha ido construyendo y dotando en el bajo de su casa con mucho esfuerzo; con los ahorros y el dinero de la indemnización de su despido. “Con la crisis, encuentras de todo de saldo por Internet”: los frigoríficos, una máquina enfriadora de cervezas que usa para bajar la temperatura del horno para ahumar que compró a unos chicos del Puerto de Santa María que “ahora se dedican a ir a enseñar ballenas a los turistas…”. Conseguir la temperatura exacta es clave, explica, y el humo se obtiene de quemar virutas de madera de haya blanca. ¿De dónde sale el salmón? De momento, de Mercamadrid, pero como las cosas le están yendo relativamente bien, su plan es contratar un camión que lo traiga directamente de Noruega.

Madarcos ha rejuvenecido en los últimos años hasta una media de edad de 45,3 años. Hay cinco niños viviendo en el pueblo. ampliar foto
Madarcos ha rejuvenecido en los últimos años hasta una media de edad de 45,3 años. Hay cinco niños viviendo en el pueblo.

Un puñado de casas de piedra alrededor del Ayuntamiento y de la iglesia parroquial forman el centro urbano, donde Durán está ya perfectamente integrado. Madarcos ha rejuvenecido enormemente en los últimos años hasta una media de edad de 45,3; y la población, aunque con esas cifras pequeñitas acordes al lugar, se ha doblado desde 2001 hasta los 52 censados actualmente, uno más que en el cercano municipio de La Hiruela (a 18 kilómetros) que le ha arrebatado el título de pueblo más pequeño de Madrid.

Jorge Durán no es el único emprendedor de Madarcos: Mario Matesanz, de 27 años, y Jaime Sánchez Barajas, de 47, están intentando poner en pie un rebaño de ovejas para vender corderos y hacen miel artesanal junto a otros dos socios. Hoy hay cinco niños en el pueblo, el más joven, de dos años, es el hijo de Francisco Sueiro, periodista de 38, encargado de las casas rurales del municipio en el que vive desde 2006.

“Creo que la clave es la participación y la transparencia”, dice. En Madarcos, como puede ocurrir en todos los municipios de menos de 100 habitantes, funciona la gestión de concejo abierto: todas las decisiones se toman entre todos los habitantes, que se reúnen una vez al mes con el alcalde, Juan Carlos García Parrabera, del PP, como coordinador-presidente. Además, trabajan para vencer el problema que significa que los lugareños hubiesen perdido la confianza en sus capacidades. “Intentamos recuperar las tradiciones del pueblo. Una vez al año celebramos una Jornada de Encuentro y Tradiciones y hemos hecho talleres para enseñar a hacer queso, miel, pan, cestería… Y ha venido gente de otros pueblos y de toda la comunidad”, asegura.

Un vecino de Madarcos pasea por el pueblo. ampliar foto
Un vecino de Madarcos pasea por el pueblo.

Pero esto no es el idílico trasunto madrileño del bucólico pueblo de Doctor en Alaska. Sueiro advierte de las dificultades: “Hay familias que querían quedarse, pero no han podido”, se queja, y añade: “Ha habido planes de empleo que no han tenido continuidad”, dice en referencia a programas que se han cerrado. La Comunidad de Madrid, sin embargo, asegura que las subvenciones y las ayudas al empleo para la sierra Norte siguen intactas, con más de 240.000 euros en los últimos cuatro años, según una portavoz de la Consejería de Presidencia.

“Esta es una sierra muy especial”, continúa Sueiro, y en esto sí está de acuerdo la portavoz del Gobierno. Son 42 municipios que suman apenas unos 26.000 habitantes en una extensión de alrededor de 1.250 kilómetros cuadrados; es decir, tienen el 0,4% de la población de la Comunidad de Madrid repartida en el 15% de su superficie total. El territorio —cuanto más al norte, más— sufrió la emigración de los años sesenta del siglo pasado y muchas localidades se quedaron medio vacías. En Madarcos, por ejemplo, llegaron a ser apenas cuatro familias, cuenta en la plaza del pueblo Restituto González, de 74 años.

Él nació allí —“La vida era muy dura, muy dura”, inserta continuamente durante el relato, y: “Yo no tuve zapatos hasta los 20 años; antes, con las albarcas”—, y también emigró a Madrid en su juventud. Volvió al pueblo cuando se jubiló, 11 años atrás. Para entonces, los fondos europeos que comenzaron a manar en los años noventa habían dejado un pueblo con buenas infraestructuras, que hoy se resumen en varias casas rurales municipales, una zona deportiva y otra de columpios, una sala multiusos en la plaza con escenario interior (y, si se quiere, exterior a través de una gran puerta), y otro edificio singular con un especial sistema de calefacción por agua filtrada a través de capas de cristales (aquí es donde ven las películas los domingos). Y, como todo es comunitario, los equipos de sonido o iluminación o las herramientas se pueden alquilar por 10 euros al día.

De sierra pobre a sierra Norte

Hace años, los alcaldes de la zona madrileña conocida como sierra pobre se rebelaron contra esta denominación hasta que consiguieron extender una alternativa: sierra Norte. De hecho, en 2010 la renta disponible allí (14.722 euros) era la cuarta por la cola; detrás estaban el Sur metropolitano, el Sudeste y la sierra Sur.

El turismo rural en torno a la naturaleza es clave: la sierra Norte concentra el 60% de establecimientos turísticos de la Comunidad, según datos del Gobierno regional. Allí está la parte madrileña del recién creado Parque Nacional de la Sierra del Guadarrama (este entra también en tierras de Castilla y León), con el pico de Peñalara —el más alto de Madrid, con 2.429 metros—. También están el Hayedo de Montejo y la sierra del Rincón, Reserva de la Biosfera. Además, hay rutas que recorren los numerosos embalses del área.

La zona se divide en la sierra de La Cabrera, el valle del Jarama, la sierra del Rincón, el valle alto del Lozoya, el bajo, y el medio. En este último está Madarcos y su principal localidad es Buitrago de Lozoya. Desde este municipio, muy conocido por la imagen de las enormes antenas del centro de seguimiento de satélites de Telefónica (hoy usado solamente como centro de reuniones de la empresa), el alcalde, Ángel Martínez Herrero, explica que la gente de la zona trabaja, sobre todo, en el sector servicios y, hasta hace muy poco, en la construcción. Muchos, además, viven allí pero se desplazan a trabajar a otras comarcas.

Ese despliegue de infraestructuras se puede extrapolar a toda la zona que, tras una primera oleada a partir de los años ochenta de aquello que llamaron neorrurales y que arribaron “con grandes inversiones para el turismo rural”, en los últimos años ha notado la inmigración de nuevos “rurales enredados, que llegan sin apenas patrimonio, buscando una vida diferente, muchas veces de alquiler, compartiendo”, explica Franco Llobera, que fue durante años agente de desarrollo local de Torremocha, una localidad de 930 habitantes a 37 kilómetros de Madarcos. Ángel Martínez Herrero, alcalde de Buitrago de Lozoya, el municipio más grande de los alrededores, matiza que esa vitalidad y esa atracción varía mucho, pues depende del esfuerzo municipal en una zona donde es “muy difícil atraer inicitiva privada”.

Y depende, también, del impulso vecinal. Por ejemplo, Llobera es uno de los responsables de la nueva universidad popular de la sierra que han llamado Uniposible. No es la única iniciativa ciudadana —hay un programa de trueque entre vecinos— que trata de paliar los recortes en unos servicios que antes eran envidiables; al menos, para zonas montañosas como esta si se compara con otros puntos de España, dice Llobera. “El transporte público es muy complicado, sobre todo en algunos municipios; se han reducido mucho las escuelas de adultos, las casitas de niños que antes costaban 30 euros al mes ahora están en 150-200; la mancomunidad de servicios culturales ha desaparecido”, enumera.

El problema, dice Fran Sueiro, es que la política pública para la zona ha sido la de centrarse en el turismo y en el cuidado del recurso del agua: el área concentra buena parte de los embalses de la región, entre ellos, el más grande, el de El Atazar, con una capacidad de 425 millones de metros cúbicos. Es muy difícil, insiste, poner en marcha proyectos de pequeña industrias, de esos emprendedores que tanta falta hacen hoy, según dicen.

“Llevamos 23 meses para conseguir los permisos para una nave donde se puedan cobijar las ovejas. Y eso que está en un suelo de uso ganadero”, se queja Jaime Sánchez en su casa, a un par de kilómetros del centro del pueblo, mientras enseña un pequeño establo en la parte de atrás donde ya no caben las 100 cabezas que ha alcanzado su rebaño. “Tenemos lista de espera para los corderos”, asegura.

Concha regenta el bar del municipio, donde los vecinos se juntan a cenar cada jueves. ampliar foto
Concha regenta el bar del municipio, donde los vecinos se juntan a cenar cada jueves.

Sánchez, oriundo del barrio de Hortaleza, en la capital, decidió en 1994 con un grupo de amigos buscar otra manera de vivir lejos de la ciudad y se mudaron a la sierra; hoy solo quedan cuatro por allí. La elección de Madarcos en 2005 fue porque en ese municipio tenían una segunda vivienda sus padres. Al igual que su socio Mario Matesanz, conoce el pueblo de toda la vida porque allí ha pasado las vacaciones desde que era niño. Hoy vive con su pareja, médica que está tratando de conseguir una plaza un poco más cerca, pero que, de momento, tiene que hacer 180 kilómetros de ida y vuelta hasta su trabajo en Torrejón de Ardoz. “Seguro que si fuera para un campo de golf ya habían conseguido los permisos hace rato”, se queja de nuevo Sánchez volviendo al tema de su nave.

A Jorge Durán le ha ido un poco mejor, y eso que no es fácil conseguir los permisos para elaborar productos de alimentación, aunque sus buenos días enteros le ha costado, dando la matraca ante ventallinas de la Administración. Ahora tiene claro que, mejor o peor, va a poder vivir de su ahumadero; las Navidades le han sonreído y el boca a boca funciona bien: “Es como una especie de atracción para los turistas”. Mientras, sigue haciendo pruebas (está ahumando arroz y atún y haciendo paté) y planea su expansión. De momento, varios restaurantes y tiendas de delicatessen en Madrid (y una en León) le dan para seguir adelante. Y, cuando hay apretones: “Cojo al Alvarito, el hijo del vecino, y me echa una mano. Me ayudó también con toda la obra”. Es optimista, al fin y al cabo: “Aquí se gasta poco; solo con lo que te ahorras en multas…”.