danza

El baile visto como una nueva tragedia

La compañía La Phármaco estrena en el Teatro Galileo una sobria obra de danza

Momento de la obra 'Éxodo: primer día'. / JAVIER SUÁREZ

Dentro del escuálido y de sonrojo panorama de la producción de danza escénica local, la compañía La Phármaco, que lidera la bailarina y coreógrafa Luz Arcas, trae a Madrid Éxodo: primer día, dúo coral y entregado que se acompaña en directo con una música tan original como adecuada a las intenciones de la pieza. Este peregrinar de Edipo (basado en Sófocles) ya tuvo su estreno en Andalucía el pasado mes de octubre, y este debut madrileño, que estará en cartel hasta el próximo día 12 resulta un espectáculo madurado y elegante, poco complaciente en su hermética solución plástica, muy sobrio en su estructura y con una serie de elementos balanceados, desde el vestuario a la luz y la música.

La voz de la soprano Laura Fernández, el clarinete y la flauta de Mariano Peyrou y la percusión de Xosé Saqués enmarcan un ambiente tenso y algo oscuro, con una pasta sonora que engarza a las evoluciones de las dos bailarinas con liquidez evidenciando que han sido trabajadas al unísono, al menos en algunas de sus secciones. Se cita una lied de Franz Schuber, pero la melodía está intencionalmente aplanada, sometida a síntesis hasta contextualizarla en un corpus incidental.

Ya Carlos García Gual en su libro Enigmático Edipo, mito y tragedia se adentra en Edipo en Colono y nos aclara aspectos como este: “Edipo sabe quién es y lo que le queda de vida”, y habla de “final misterioso”; misterio que asiste al montaje de Arcas. La pieza de danza es de una intensa fuerza poética y empieza cuando ya Edipo ha escogido la ceguera y el destierro, solos y dúos se alternan con el canto del corifeo (la soprano) en un sutil equilibrio.

En la literatura musical y de danza abundan los ejemplos históricos, desde el siglo XVI (Purcell) al ballet moderno (como el del cubano Jorge Lefebre o el Edipo y La Esfinge de Sauguet); no olvidemos la ópera de Stravinski (que ha sido coreografiada) ni el breve Edipo de Joaquín Rodrigo (1956). El tema, en su intensa sequedad, su dolorida trama casi abisal, encuentra en esta coreógrafa actual un asidero, una manera de acercar lo clásico con latente actualidad: los ancianos como carga, la responsabilidad patrimonial, el desastre moral como herencia principal y acaso la culpa en la forma de sombra suicida.

No se puede saber si Luz Arcas es consciente de la parte retro-arcaizante de su trabajo y donde se ve un estilo bastante personal y alejado de modas, con conexión al tardoexpresionismo. La célula rítmica se pulsa sobre la percusión y un largo material inicial, algo acrobático desde su concentración expresiva, da las figuras, donde abunda la lateralidad, muy presente en esa asunción de simetrías tanto estática como de explotación dinámica, que son en sí mismas el relato, insistiendo en hacer del cuerpo bailado algo maleable y de textura en tensión. Su esmero en la posición, hace gran parte de la lectura en un lento-adagio reforzado por acentos de tierra.

El báculo está en el icono fundacional del personaje, es consustancial a su marcha (también lo lleva Tiresias), y con él discurre una zona muy ritualizada a la vez atemporal, como si esa ejercitación fuera orgánica a la revisitación sofoclea. La bailarina Regina Navarro encarna un Edipo perdedor, lo transmite elocuentemente.

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