De la facultad al taller

No les gustaron las puertas que les abrió la universidad y con un golpe de suerte, o de ERE, se lanzaron a trabajar con sus manos.

Varios emprendedores con estudios reinventan la sastrería, la marroquinería o la floristería

Luz Peñalver y Loreto Muñoz-Aycuens dueñas de la floristería Federica & Co. / Luis Sevillano

Que levante la mano quien con 18 años supiera a lo que se quería dedicar el resto de su vida. Bien. Bájela y pase a otra página. Este texto es para mentes desorientadas que hicieron lo que les recomendaban, lo que tocaba o lo que todo el mundo hacía: estudiar una carrera. Pasaron por ella sin mayor convencimiento y se encontraron atrapados delante de un ordenador haciendo algo que no les llenaba, o directamente en la cola del paro. Aquí se cuentan historias dispares de personas que un día decidieron crear algo con sus propias manos y volvieron la vista hacia los oficios. Madrid anda estos días salpicada de iniciativas creativas, de pequeños negocios que abren, de flores que asoman la cabeza en un terreno arrasado por los ERE, las reducciones de sueldos, la corrupción, las privatizaciones y los desahucios.

Paul García de Oteyza tiene 35 años. Es economista y sastre. Elegante a rabiar, luce una barba a lo Abraham Lincoln, pantalones de talle alto sujetos por tirantes y una sonrisa serena. Dice que se levanta por la mañana y se siente afortunado por el trabajo que tiene. No como durante los 10 años que estuvo en una multinacional, donde no estaba mal, vivía cómodo, pero le faltaba algo. “En los países nórdicos los jóvenes se toman un año sabático para reflexionar, aquí te especializas muy pronto en una carrera de muchos años. Te dejas llevar por el entorno”, comenta detrás del mostrador de su sastrería, El 91, en el número 14 de la calle de Rodríguez San Pedro. La lleva con su mujer, Caterina Pañeda, de 33 años, nieta y bisnieta de sastres, a la que sus padres también empujaron a la universidad. Allí estudió Traducción e Interpretación de inglés, alemán e italiano. Pero lo que a ella le apetecía era diseñar, crear, hacer algo con las manos.

Paul García Oteyza en su sastrería El 91. / LUIS SEVILLANO

En el jardín de Federica & Co, en el 26 de la calle de Hermosilla, hay dos chicas que trenzan flores. Absortas en sus movimientos, levantan la cabeza cuando algún cliente les pregunta. Hacen ramos, centros y coronas con un estilo campestre y romántico muy definido. Nadie diría que hasta hace un año sus vidas estaban dictadas por un horario de oficina.

Aunque estudió Bellas Artes, Luz Peñalver, de 30 años, trabajó durante muchos como diseñadora gráfica y Loreto Muñoz-Aycuens, de 32, era interiorista en un gran estudio de arquitectura, donde pasaba horas delante del ordenador. “Hubo un ERE y pensé que era el momento para hacer lo que siempre había querido”, explica Muñoz-Aycuens. Lo que hasta entonces había sido un hobby para ambas, que preparaban ramos para las amigas que se casaban o hacían decoraciones florales para la familia, se convirtió en un proyecto común y se materializó bajo el nombre de Brumalis.

Pasar a la acción

Cuando llega la hora de saltar al vacío, para algunos el impulso viene de dentro, otros se ven empujados por la crisis o las circunstancias, pero todos se embarcan en la búsqueda de aquello que les haga perder la noción del tiempo y les permita encontrar su lugar en el mundo. El de Melina Carranza, de 31 años, no era su México natal ni su vocación se limitaba a “hacer rayitas en el AutoCAD para un edificio que estaba en otro país y que nunca iba a ver”. Después de ejercer unos años como arquitecta, dio un golpe de timón y desembarcó en Madrid para hacer un máster en gestión cultural, que tampoco prosperó. La respuesta le llegó de donde menos se lo esperaba. Necesitaba un bolso y, descontenta con la oferta comercial, decidió hacérselo ella misma y encontró su camino. “Puedo estar manipulando la piel durante horas y no me canso”, explica mientras palpa un trozo de cuero que acaba de cortar encima de la mesa. Comparte el loft / taller, el negocio y la filosofía de vida con David Iglesias, de 41 años, abogado de carrera y acostumbrado a reinventarse cuando el cuerpo se lo pide. Juntos forman la marca Oficio y bajo ese nombre diseñan y confeccionan a mano bolsos y complementos de todas las formas, colores y tamaños. “Nos formamos como podemos. El oficio se perdió, ya nadie hace las cosas de forma artesanal. La gente que todavía lo sabe mandó a sus hijos a la universidad”, comenta Carranza.

Melina Carranza y David Iglesias crean objetos de cuero bajo la marca Oficio. / LUIS SEVILLANO

Para introducirse en el oficio, la pareja de sastres hizo cursos en La Confianza, la Asociación de Sastres de España, y pretenden seguir aprendiendo. “El trabajo de los oficios es formarte a lo largo de los años, disfrutar y seguir con la ilusión que tenían nuestros abuelos”, explica García de Oteyza mientras una empleada toma las medidas para hacerle una camisa a un cliente que ha entrado. “¿Lleva usted reloj?”, le pregunta. “Entonces déjeme que le mida también la otra muñeca para que le quede bien el puño”, replica cuando el hombre responde afirmativamente. “En los últimos años ha habido una fiebre por las marcas y por ir todos uniformados. Pero la persona que entra en esta sastrería viene con la necesidad de experimentar algo dependiendo de su perfil y su personalidad”, comenta el sastre.

La edad media de los clientes que entran en el establecimiento no es tan alta como se podría pensar, pero sí ha de tener cierto nivel de ingresos, al igual que los compradores de estos neoartesanos. Unos calcetines cuestan 30 euros, la camisa más económica, 70, y el traje a medida más barato 500. Las coronas de Brumalis cuestan entre 50 y 80 euros y los bolsos de Oficio, 95. “Somos solo dos personas, compramos los materiales, lo hacemos todo a mano y aun así nos cuesta llegar a fin de mes. Además, es un trabajo físico, te duelen las manos y acabas agotado”, explica David Iglesias sobre su taller de marroquinería. “Cuando haces cuentas, hay un mes que cobras y otro que no”, reconoce Loreto de Brumalis sobre la parte negativa de tener tu propio negocio.

Teresa Vaquerizo, dueña de Delacruz, hace colgantes con punto de cruz. / LUIS SEVILLANO

Nadie dijo que tener un trabajo que a uno le hace feliz fuera siempre fácil ni que fuera perfecto. Teresa Vaquerizo, de 42 años, todavía no se puede permitir vivir de lo que crea con sus propias manos. Empezó como maquetadora hace 14 años en la revista de tendencias NEO2, pasó a hacer reseñas de discos que le gustaban y ahora la coordina. Pero también sintió la llamada de las manos. “Es mi forma de desconectar del mundo, igual que para otros lo es hacer deporte”, se justifica. Comenzó a hacer colgantes con modelos geométricos cosidos en punto de cruz con hilo dorado o plateado sobre una tela negra que coloca en bordes de metal o madera y diferentes tipos de cadenas. Gustaron a sus amigos, se extendieron entre los conocidos y acabó surgiendo la marca Delacruz y la página a través de la cual vende por Internet. Tiene en su casa una cajonera con todos los materiales que utiliza y asegura que su vida se ha convertido en trabajar-coser-trabajar. “Aunque cada vez tenga que invertir más tiempo, siempre estoy deseando llegar a casa y ponerme a coser. Y me encantaría algún día poder dedicarme plenamente”.

Pasaron de una carrera académica, de un trabajo intelectual y con un resultado virtual a ganarse la vida con las manos y a producir objetos tangibles, pero su formación no cayó en saco roto, ni se arrepienten de haber estudiado. “El proceso de hacer un bolso es igual al de proyectar un edificio”, cuenta la aprendiz de marroquinera, “ir a la curtiduría a comprar las pieles es igual que escoger los materiales, después tienes que hablar con el cliente y al final entregas el proyecto”, concluye. Para Teresa Vaquerizo las cruces que cose “son como píxeles” y atribuye el gusto por las figuras geométricas a su deformación profesional.

Todos ellos utilizan Internet y las redes sociales para distribuir su trabajo y estar así más cerca de sus clientes. Y, aunque a veces los números no cuadren, ninguno de los entrevistados volvería a sus antiguas ocupaciones. Después de intercambiar el ratón del ordenador por las flores, María Luz Peñalver lo resume todo en unas pocas palabras: “La realidad se palpa mejor con las manos”.

Material ideal para mercadillos

Con carrera y sin carrera, la ciudad bulle de artesanos que después de materializar su creatividad quieren mostrarla al mundo, y qué mejor que la Navidad para sacar algo de beneficio.

• La Tarlatana es un mercadillo especialmente orientado al mercado navideño que reúne en un bajo de 120 m² cerámica, muebles, bolsos, joyas, bisuteria, grabados, cuadernos, etc, y promete precios variados y productos originales. Estará abierto todo este fin de semana en el número 11 de la calle Escorial (bajo izquierda), sede de la asociación cultural La Manual (http://lamanual.org). Sus miembros comparten espacio y conocimiento en lo relativo a la creación a mano.

• Otra iniciativa que, aunque está a punto de terminar, merece ser señalada por su innovación. La Comunidad de Madrid ha querido subirse al tren de la artesanía pero lo ha hecho online creando una feria virtual en el vínculo www.craftsmad.es. Se extendía entre el pasado día 9 hasta hoy y se pueden visitar diferentes puestos en los que ver y comprar diferentes productos.

• La que no se pierde una sola Navidad es la Feria Mercado de Artesanía de Madrid, que ya va por su XXVI edición. Este fin de semana abre sus toldos, como cada año, en la Plaza de España y no los cierra hasta el 5 de enero.

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