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OPINIÓN

Arte público y manejos

El artista plástico reflexiona sobre el estado y cambios de ubicación de las esculturas

Escultura de Andreu Alfaro que fue trasladada de su ubicación original a la avenida de Aragón de Valencia.
Escultura de Andreu Alfaro que fue trasladada de su ubicación original a la avenida de Aragón de Valencia.

En medio de la constante sustitución de los servicios públicos por los privados propongo un sencillo ejercicio de observación consistente en dar un paseo por la ciudad al modo de lo que algunos llaman “mirar escaparates”, una forma de ejercitar las piernas y la visión con los bolsillos vacíos pero recorriendo las plazas y espacios públicos que alberguen obras de arte. Incierto futuro.

Días pasados el alcalde de Gandia manifestaba su decisión de cambiar la ubicación de una escultura o instalación de Antoni Miró y lo hacía con argumentos de dudosa consistencia pues el eje de su determinación se fundamenta en que el motivo (¿o será el título: 25 d’abril?) es de difícil comprensión para un turista de Madrid. Poco después un edil descubrió, escandalizado, algunos símbolos independentistas o catalanistas —qué más da para la animadversión—, en inequívoca actitud de encender la alarma populista conveniente para facilitar su retirada.

Es fácil imaginar los innumerables problemas y dificultades de un departamento de urbanismo de las actuales ciudades tratando de consensuar los usos y necesidades de los ciudadanos. Por eso, soy de la opinión que pueden darse circunstancias que condicionen la reubicación de elementos o mobiliario urbano cuando se impongan necesidades que lo aconsejen y sean guiadas por el sentido común. No es el caso. Tampoco lo fue cuando el mismo alcalde desmanteló un grupo de esculturas de una de sus plazas, la de Jaume I. Aunque soy el autor de la escultura siniestrada, ésta no tenía ningún símbolo de maligno significado a menos que pueda desprenderse que siete pinochos de larga nariz, surtidores de agua puedan interpretarse como alusivos a los chorros de mentiras que soportamos los habitantes de este país. Quizá el edil-investigador encontró entre viejos archivos el título del conjunto: No pasarán y sonó de nuevo la alarma. Retirada de la plaza, nuevo destino: los almacenes de chatarra municipal de los que alguien compadecido, según me han contado, ha dado cobijo a uno de los pinochos en su jardín particular.

Escultura de Andreu Afaro que cambió su ubicación a la avenida de Aragón.
Escultura de Andreu Afaro que cambió su ubicación a la avenida de Aragón.

Conozco el caso de una escultura de Alfaro que fue cambiada de lugar y mejoró, en parte. Actualmente está en una rotonda de la avenida de Aragón en Valencia. Inicialmente estuvo situada junto al campo de futbol de Mestalla —fue instalada en 1982, año del campeonato mundial de fútbol— y, al parecer, algunos hinchas estimulados por la victoria o abatidos por la derrota de uno de los dos equipos —o las dos al tiempo— trepaban por sus tubos y se descolgaban de los extremos con la consiguiente alteración de las barras. Ahora está más aislada y protegida pero la jardinería de la línea de tierra la forman unos setos que ocultan el arranque de la escultura, modificando su estética. (Tan invasiva como se ha hecho la utilización del césped, cuesta entender por qué no lo aplican ahí). Otra escultura, también de Andreu Alfaro, es la ubicada en la Estación del Norte. Inspirada en la figura de Charlotte von Stein ha mantenido su apariencia original, característica del acero corten, el óxido de hierro matizado. Creada el 1981 fue instalada en 1998 y tras una intervención de limpieza, motivada por unos grafitis en su base, ha sido recubierta toda ella con una capa de esmalte brillante de color chocolate, que bien pudiera hacer salivar a la amada de Goethe pero, ¡ay! dudo que el alejamiento de la textura inicial le resultara soportable, como no lo es para aquellos que también amamos el chocolate puro.

Para quienes gusten de las superficies lustrosas les invito a que dirijan su mirada a la figura en bronce del descubridor Francisco Pizarro situada en la plaza de Manises sobre una columna procedente de los derribos del Antiguo Hospital. La relación y proporción entre una y otro impide cualquier asomo de armonía. Si les es posible acceder a alguno de los pisos del Palau de la Generalitat o de la Diputación podrán percibir con todo detalle el repinte de esmalte, en esta ocasión verde tipo “parques y jardines” que cubre el pequeño bronce del gran conquistador extremeño. (Por cierto, ¿qué hace ahí, en pleno centro de las instituciones valencianas?). Fue instalada en julio de 1969 como Homenaje a la raza española (¡Ah!, bueno, siendo así).

Pensando en hurtos… desde 1996 una obra —titulada Esclavo— consistente en un cilindro aplastado y atado por una madeja de varillas de hierros estuvo situada a ras del suelo en la acera de una calle estrecha del barrio de Velluters. Los vecinos, a través de su asociación, iniciaron una protesta aduciendo problemas de inseguridad. Su autor, arropado por el conseller Manuel Tarancón y la entonces directora de Promoción Cultural de la Generalitat decidieron situarla —marzo de 2000— en la explanada del IVAM a modo de paquete-bomba destinada a botar a su director. Como la obra no pertenecía a los fondos del museo hubo voces que alertaron de lo arbitrario de la decisión pues la escultura era encargo y propiedad de la Conselleria de Obras Públicas, Urbanismo y Transporte.

Monumento a Tirant en la playa de la Patacona.
Monumento a Tirant en la playa de la Patacona.

Tras el tira y afloja jaleado por unos y otros, más los de Madrid, el autor hizo el haraquiri; a la escultura. No hubo reclamaciones.

Si nuestro paseo se prolonga hasta la playa, al llegar a la Patacona, junto a un bosquecillo de palmeras frente al mar, hay un monumento dedicado a Tirant lo Blanc por el pueblo de Alboraia formado por tres columnas cerámicas de Enrique Mestre. En nuestro recorrido peatonal hemos sorteado todo tipo de restos y basuras y el conjunto sorprende porque aunque el grupo de palmeras descuidadas no ha sido atacadas por el picudo, la escenografía nos traslada a la visión ruinosa de tantas ciudades mediterráneas en guerra. El monumento apenas ha rebasado la docena de años de existencia pero no queda un trozo donde no hayan impactado los obuses enemigos. Tal es su estado.

Una vez metidos entre escombros concitamos la vergüenza, al terminar este primer recorrido en el cauce del viejo Turia. Allí, debajo del llamado Pont de les Arts y a la vista del museo de arte moderno hay una escultura del artista danés Per Kirkeby quien al tiempo que mostró sus obras en las salas del citado Instituto donó en 1989 esta obra de planta cuadrada de 7,30 metros y 3 de altura elaborada con ladrillos manufacturados. Del mismo autor existen piezas similares en jardines de Düsseldorf, Copenhague, Rotterdam… pero aquí el puente fue construido con posterioridad (1998) por lo que invadió el espacio y la caja de ladrillo quedó visualmente arrinconada (Esta vez nadie planteó la conveniencia de reubicarla). Grafitis, latas, escombros, excrementos, papeles… se han adueñado de la misma y, algo como un transformador eléctrico, reposa en lo alto como un buitre a la espera.

Olvidaba el título: València.

Artur Heras es artista plástico.