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La basura, por distritos

Recorrido audiovisual de EL PAÍS por los barrios para comprobar el estado de sus calles

[Pinchando en los números o en los nombres, este gráfico le permitirá navegar por los vídeos y textos de los distritos]

Como si de un país se tratase, los diferentes distritos de Madrid presentan cada uno sus hechos diferenciales en cuanto al aspecto que reflejan a causa de la huelga de limpieza viaria y de jardines. Hay vecinos que ponen el acento en la suciedad y los olores. Y otros, en los impuestos que pagan, que no se corresponden, dicen, con lo que ven cuando salen a la calle. Montañas de basura que, en algunas zonas, se suceden cada cinco metros y en otras se ocultan tras calles aledañas a las avenidas principales. Todos ellos, eso sí, repiten palabras como "vergonzoso", "desastre" o "impropio" de una ciudad que, gracias al cielo, tiene estos días el tiempo meteorológico de su parte: "Si lloviese esto sería una auténtica cloaca". 

» CENTRO (135.472 habitantes)

En la Gran Vía, los paseantes siguen su camino sin mirar la basura que jalona las aceras en la arteria principal de la capital. Es como si, tras días y días de parón, los peatones se hubiesen resignado a contemplar la postal de cajas de lechugas podridas, cáscaras de plátanos, cajetillas o colillas que rezuman de las papeleras. O las montañas de cartones, bricks de leche y ropa tirada, que da la bienvenida a los turistas en muchas de las esquina de este céntrico enclave. El sonido del tráfico se ve interrumpido muchas veces por bolsas de plástico que explotan al paso de los coches. Pero ya no pitan. 

En la calle de Valverde, los niños buscan la parte de la acera más limpia para jugar a la pelota. Según cuenta Inés Higos, vecina de 60 años, unos vándalos trataron de quemar la pasada semana un contenedor, "pero la policía llegó a tiempo". Otra de estas instalaciones luce sin embargo calcinada justo en la esquina de esa calle. Hay papeles y cartones carbonizados además de cristales rotos frente a la fachada del colegio de las Mercedarias de Juan de Alarcón. Las risas de los niños, de unos siete años, llegan desde una de las ventanas. Al salir, sus padres les agarran con firmeza de la mano.

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 » RETIRO (119.343 habitantes)

A la altura de la calle de Menorca, Patricia Morales, de 39 años y en paro, se pregunta qué va a pasar con los impuestos destinados a la limpieza de las calles: "Yo he pagado la basura y ella [la alcaldesa de Madrid, Ana Botella] no se lo está dando a los trabajadores. ¿Qué va hacer? ¿Nos lo va a reembolsar? ¿Nos lo va a descontar?".

Entre la basura que se acumula en esta zona Madrid, como colchones, cubos de pintura, botes de lejía o el zapato de un niño, hay también una autorización paterna para asistir a una excursión del colegio: "Doy mi autorización para que mi hijo vaya de viaje a...". El papel está partido por la mitad. Cómo sigue es una incógnita. Acaso como la vida de Manuel Pérez, administrativo de 58 años, que tampoco sabe cómo continuará su vida. Está sentado en un banco cerca de la avenida de Menéndez Pelayo. Rodeado de papeles triturados, explica: "Estoy esperando a que salgan mis compañeros de una reunión, que están negociando el ERE de la empresa donde trabajo; así que entiendo a los barrenderos".

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» SALAMANCA (144.139 habitantes)

La basura de esta zona noble de la capital es acorde a su entorno. Hay bolsas tiradas de tiendas de ropa como Zara, que están llenas de envases de zumos y natillas. Una chica cruza la calle de Goya en un patinete. Lo hace sorteando a viandantes y restos de papeles y de hojas secas que inundan la acera de la parada de taxis. Valentín Arranz, de 58 años, afirma que estos días los clientes apenas se están acercando. "Prefieren coger los taxis que circulan a acercarse hasta aquí y pisar todo esto". Según dice, ha habido hasta cristales. "Los piquetes los tiran por la noche y a más de uno, al aparcar, se le ha reventado una rueda", añade visiblemente molesto. "Yo no sé quién tiene la culpa, pero esto es un desastre", secunda Concha Menéndez, vecina de 85 años. Se refiere a la calle de Claudio Coello, donde hay apiladas montañas de residuos y cajas frente a lujosas tiendas de venta de polos como Hackett.

Los piquetes informativos del cantón de Jorge Juan niegan, sin embargo, cualquier implicación en esos hechos. Desde el pasado lunes, unos 15 de ellos hacen guardia cada día en el cantón de Valoriza —los cantones son almacenes de los que salen los barrenderos y personal del servicio municipal de limpieza viaria y jardines—. Tiran papeles "para hacerse notar", reconoce Nuria Plata, portavoz del sindicato CGT. "Pero no tenemos nada que ver con los actos vandálicos, son radicales ajenos a los trabajadores", precisa. Según dicen, los vecinos de esa calle se han interesado por su causa y los apoyan, "sobre todo los porteros de las fincas, que están manteniendo limpias las aceras, pero se solidarizan con nuestra lucha por quedarnos como estamos". Algo que confirman empleados de varios de los edificios del distrito.

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» CHAMARTÍN (143.301 habitantes)

Un ciclista cruza la avenida de Alfonso XIII con una mascarilla. Aunque el entorno, eso sí, no se adecua a su celo respiratorio. Las papeleras están vacías y las ramas de los árboles, recogidas en cajas. Si torciese hasta el barrio de Prosperidad, debería esquivar, sin embargo, algo más que la polución. En esa zona, los niños juegan en un parque cercano mientras sus padres vigilan desde la distancia que no pisen ningún excremento de perro "sacados a propósito de las bolsas verdes para este fin", critica Jesús Rico, de 40 años, y padre de dos niñas de seis y dos años que están subidas a los columpios.

Por la calle de López de Hoyos se acumulan, mientras, montañas de cajas y envases entre las que hay también numerosas cintas VHS. "La gente está aprovechando para sacar la basura y todo lo que no le vale", señalan unos vecinos de ese enclave que no tardan en ser requeridos por otra viandante para que le dejen un hueco en la acera. "Por aquí ya no se puede ni andar... ¡y lo mal que huele!", musita esta. Desde su puesto de la ONCE, Raquel Sánchez-Heredero, de 57 años, agradece que la traigan en coche hasta el trabajo. "Si no, imagínate cómo iría por la calle".

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 » TETUÁN (153.277 habitantes)

Muchos vecinos de la zona de Bravo Murillo se refugian estos días en la perfumería de Eva Blanco, de 22 años. El olor a frutos rojos que flota en su tienda contrasta con el aroma a orín y a excremento que inunda parte del distrito de Tetuán. "Hay mierda para aburrir", resume Ginés Cruz, conserje de 45 años. "Y lo peor es que me toca a mí recogerla", añade muy molesto. Los cúmulos de cajas, envases y hasta gorritos de Papá Noel se suceden cada cinco metros de esa calle. Con todo, lo peor, mantiene Yandeira de la Cruz, camarera de 25 años, son los mosquitos: "Están por todas partes".

Gloria Ortiz lleva cada día a Araceli Marcos hasta un centro de día. A pesar de estar cerca de su casa, le supone "toda una odisea" por la basura que se va encontrando por la calle. Araceli, de 76 años, tiene Alzheimer y se desplaza en silla de ruedas. "De modo que tengo que aparcarla, retirar la basura y continuar la marcha. Y otra vez aparcarla, retirar la basura, y otra vez continuar la marcha. Y otra vez aparcarla...", repite sulfurada esta mujer de 51 años.

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 » CHAMBERÍ (139.508 habitantes)

La suciedad de ese distrito se esconde, como en una alfombra, tras sus vías principales como Eduardo Dato o Luchana. Así, en la calle de Viriato, por ejemplo, se percibe todavía el hedor a quemado de los contenedores que, según los vecinos, ardieron el pasado viernes. Junto a los restos carbonizados de papeles y cartones, está la taza de un retrete. "Todo esto no lo han hecho los trabajadores sino niñatos que se toman dos copas en Martínez Campos y luego vienen aquí a armar lío", se queja Pedro Fernández, mecánico de 55 años y vecino de esa castiza zona.

Sebastián Checa, de 46, desbroza la crisis de los barrenderos como hace con la bandeja de calamares que está limpiando: separando cada parte. "Yo pago impuestos y sufro esta huelga, me toca limpiar cada día la acera. Pero ellos tendrán que apretar de alguna forma: está en juego su puesto de trabajo", sugiere tras la barra el propietario del restaurante El Cocedero situado en la calle de Modesto Lafuente.

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» MONCLOA-ARAVACA (116.307 habitantes)

La huelga de limpieza no ha alterado la vida en Moncloa. Esta zona del oeste de la capital continúa frecuentada por universitarios y vecinos fieles al tránsito habitual de ese enclave madrileño. Enrique Díaz y su hija Elena, de 53 y 19 años respectivamente, pasean por la calle de Isaac Peral tras la comida. Padre e hija reconocen que ese distrito está más limpio que otros. Aunque ella comenta anonadada cómo hace poco se encontró una persiana del tamaño "de ese camión" tirada en la acera. Lo dice señalando la puerta del vehículo de la empresa DHS que está aparcado en segunda fila. "Aquí no tenemos ningún problema para trabajar pero, aunque lo tuviéramos, yo apoyo a los barrenderos", grita su conductor sin interrumpir su ajetreo laboral.

"En Donoso Cortés sí que hay más basura", afirma Trinidad Gómez, vecina del barrio de 44 años. "¿Basura? ¡Tú no sabes lo que es basura! Si vinieras a Carabanchel, alucinarías", le interrumpe Rosario Molina, su amiga, de 45. Esta mujer vive allí y trabaja en Moncloa. "Son como dos mundos". Lo cierto es que a la altura del intercambiador hay un riachuelo de restos de comida como envoltorios de hamburguesas, cajas de pizzas, latas... Basura más acorde al público juvenil que frecuenta esta zona de marcha.

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» USERA (134.458 habitantes)

En la calle de Marcelo Usera hay tiradas varias cajas vacías de sildenafilo: un medicamento usado, entre otras cosas, para la hipertensión pulmonar. Pero la presión en la arteria principal de ese distrito, sin embargo, no ha disminuido. Las aceras continúan llenas de cajas de cartón amontonadas, bolsas de basura esparcidas por la carretera, cascotes de botellas o cartones de la Fábrica de pizzas; uno de los comercios más frecuentados a tenor de su éxito en las papeleras. “Pero nosotros no tiramos nada. Somos trabajadores como ellos, los barrenderos”, defiende Luis Jarandillo, de 39 años.

Según algunos vecinos, los servicios mínimos barrieron el miércoles esa calle. “Aunque llevaban sin hacerlo desde el inicio de la huelga”, asegura Enrique Zamora, conductor de 42 años. Va con su perra Kika atada con una correa. No se atreve a dejarla suelta por si se come alguno de los muchos excrementos diseminados por esa zona.

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 » PUENTE DE VALLECAS (230.125 habitantes)

El viento de la mañana barre los papeles esparcidos por la avenida de la Albufera para desgracia de los comerciantes de esa zona del sureste de Madrid. Cada 10 minutos, tienen que salir con su escoba y limpiar la acera. Los vecinos de ese distrito se dividen, básicamente, entre los que miran con tristeza el estado de su calle —de la que solo se libra de la suciedad la escalinata impoluta de la Junta Municipal— y los que lo hacen cabreados. El crac-crac de las ruedas de las furgonetas que aparcan y aplastan cajas apiladas de cartones y bricks de leche se mezcla con los corrillos. "Y todavía no ha llovido, el día que lo haga esto parecerá una cloaca", prevé un quiosquero de esa avenida, que se resiste a dar su nombre por miedo a represalias municipales. A su lado, un saco de churros desperdigados entre pantalones y trapos raídos da los buenos días al visitante.

Roberto, de 59 años, es otro de los que no facilita su apellido. Pero clama: "¡En mi juguetería han entrado hasta cucarachas!". Pilar Llorente y Alexandra Carretero, de 46 y 26 años, también sufren la huelga, aunque de otra forma. El marido de Pilar es barrendero desde hace 25 años y, según dice su mujer, tiene muchas papeletas de estar en la lista de despedidos de la contrata FCC. Tiene 53 años. "Vivimos con su sueldo, yo no trabajo y mi hija tiene esclerosis múltiple. No sé qué vamos a hacer", afirma Pilar mientras empuja el carrito de su nieto, Yoel, de un año. Alexandra hace lo propio con su otra hija, Naira; un bebé de dos meses. Los cinco viven bajo el mismo techo.

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» MORATALAZ (96.716 habitantes)

Porque te quiero como el mar quiere a un pez que nada dentro / dándole de respirar... Melendi suena en el distrito de Moratalaz. La voz sale de un Ford Fiesta con las ventanillas bajadas. Pero Emilio Vázquez ni se inmuta. Está buscando ropa entre la basura que se acumula en la calle de Alfredo Brañas. Asegura que lleva recogidos desde el inicio de la huelga unos 120 kilos. “Me pagan 30 céntimos por kilo, con esto comemos mi mujer y mis siete hijos”, cuenta este hombre de 54 años y de etnia gitana. Rasga las bolsas con un garfio amarrado a un palo con papel de celofán. “Primero miro y, si me interesa algo, ya lo cojo”.

En la calle de Camino de Vinateros no hace falta, en cambio, abrir las bolsas para saber qué contienen: su interior está desparramado en pequeños montículos que se suceden cada dos metros a lo largo de una parte de esa calle. Los ciclistas sortean cáscaras de naranja, botes de champú o una ristra de ajos que, a pesar de lo que dice su envoltorio, hace días que dejaron de ser tiernos.

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» CIUDAD LINEAL (215.902 habitantes)

El sonido de las botellas cayendo al contenedor rompe la tranquila mañana en el distrito de Ciudad Lineal. Wilson Orbe, empleado de 45 años del bar Ibiza, afirma que no ha tenido en estos once días ningún problema para deshacerse del vidrio. A su lado, eso sí, hay esparcidas cajas, hueveras o bricks de leche. “Yo me encontré una compresa usada en el portal de mi casa”, añade Encarna Castiblázquez, vecina de 77 años.

En la calle de Gutierre de Cetina el hueco de los árboles sirve como improvisada papelera. Pero el aire huele a los tomates que descarga un empleado de una frutería cercana. “La suciedad molesta a la vista, pero aquí no nos impide movernos”, afirma. Los empleados del servicio de recogida de basura también trabajan a pleno rendimiento, aunque están igual de enfadados que los barrenderos: “Llevamos tiempo intentando negociar nuestro convenio, pero no obtenemos respuesta”. ¿Podría darse una huelga paralela de basureros? “Podría, sí, perfectamente”.

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» VILLAVERDE (142.983 habitantes)

La pequeña Ana María, de seis años, corre a los brazos de su madre para taparse con su bufanda. A unos diez metros de donde está, en el barrio de San Nicolás, hay una bolsa tirada de la que sobresalen un filete de gallo y otro de merluza. El olor a pescado podrido hace irrespirable el ambiente. “Hay que ser muy canalla para tirar eso a un parque infantil”, clama un vecino de ese distrito que, según confiesa más tarde, se dedica a tratar de contrarrestar el efecto de los vándalos recogiendo parte de la basura que arrojan a la calle.

Lucha contra una verdadera montaña. A los pies de las papeleras, completamente vacías, yacen montículos de restos de bocadillos a medio comer, cristales rotos, envases o infinidad de resguardos de quinielas triturados. Los niños de la calle de Juan José Martínez Seco no tienen mejor suerte. En su caso, tienen que jugar en un parque cercano salpicado de plásticos, tapones de botellas o cartones. “Es muy triste”, describe Camelia Beschi, de 34 años. “Pero aquí ya estaba todo muy sucio desde antes de la huelga. Nos tienen olvidados”, añade mientras baja a Sara, su hija de tres años, del columpio. “¿Ya nos vamos?”, le pregunta contrariada.

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» VILLA DE VALLECAS (98.822 habitantes)

En 2011, el Real Madrid fichó al futbolista portugués Fabio Coentrao por 30 millones de euros. Apenas unos meses después, su presidente, Florentino Pérez, decidió reordenar Urbaser, la filial de medio ambiente de ACS. Jaime Martínez, de 39 años y vecino de Villa de Vallecas, trabajaba entonces en esa empresa. Ahora es comercial en paro y se pregunta si no había dinero para salvar su puesto de trabajo. “Con lo que gastó en fichajes…”, afirma indignado. Yolanda Martínez, de 36 años, tiene claro lo que haría en la actualidad: “El Ayuntamiento tiene que sustituir a las contratas si estas no hacen su trabajo. Pago 145 euros de basura y 600 de IBI para encontrarme todo el barrio lleno de vidrios rotos o mierdas de perro. Alguna vecina, incluso, se ha resbalado con ellas y se ha caído”.

En ese distrito, los mosquitos sobrevuelan las calles. Por todos lados hay papeleras vomitando cáscaras de plátano, latas o envases de marcas blancas. En la plaza de Juan de Malasaña, Pedro Rodríguez confiesa que ha perdido la paciencia. Frente a su bar hay toda una variedad de papeles, bolsas y plásticos. “A la tercera vez que barres y ves que el viento te vuelve a traer la basura dejas de hacerlo”. El aire también sopla en el edificio de la Junta Municipal, pero ahí no hay suciedad a la vista.

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 » VICÁLVARO (69.972 habitantes)

Margarita Martínez avanza como puede con su carrito de la compra. Esta señora de 77 años se ha gastado 37 euros en la compra del mes y va cargada hasta arriba. Las hojas secas que se acumulan sobre la acera de la calle de San Cipriano dificultan su maniobra. Tiene varices en las piernas y cuando llega al semáforo está bastante fatigada. Pero Margarita no se queja. Todo lo contrario: “Me da igual tardar más; pisar basura; mierda… ¡Yo apoyo a los barrenderos! Les quieren dejar en la calle o con 500 euros, que es mi pensión. Con eso no vive una familia. ¿Qué algunos vecinos se quejan? ¡Pues seguro que en su casa huele peor!”.

La mayoría de vecinos de ese distrito apoyan a esta mujer. Alguno de ellos se ofrece, incluso, a cubrir los servicios mínimos. “Si las tiendas quieren, yo me ofrezco a barrer si hace falta”, se postula Óscar Olmos, de 41 años y en paro. Cerca de donde está sentado hay 17 litronas de cerveza, algunas de ellas rotas, y 10 latas acumuladas a los pies de una papelera. “Este es el parque del Centro de Día y está hecho un verdadero asco: cacas de perro por todas partes, cristales, papeles, cartones…”, enumera Gema Rivera, enfermera de 43 años y amiga de Óscar. Si los comercios acceden, y la huelga no se resuelve, tendrá una importante carga de trabajo.

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» SAN BLAS-CANILLEJAS (154.190 habitantes)

“¿Una huelga paralela de los basureros? Uf, espero que no se llegue a eso. Pero podría darse”. Los barrenderos del piquete informativo del cantón de la Avenida de Hellín se calientan con “la llama de la esperanza”: una fogata en la que arden ramas secas y donde prende también su enfado. Según dicen, no hay uniformes nuevos para todos. Y muchos de los trabajadores están saliendo con los viejos, “que tienen además el logo de la antigua empresa y por eso nos pueden multar”. Desde hace poco, esos nuevos uniformes llevan también un número impreso que se asemeja, salvando las distancias, a un cupón de la ONCE. “Es una manera más de tenernos fichados como si fuéramos delincuentes”, claman en un corrillo.

Los barrenderos que cumplen los servicios mínimos lo hacen con un cubo para dos personas en el que llevan un cepillo, una pala, y un escobijo (un cepillo más pequeño). La avenida está salpicada de hojas secas, papeles, plásticos y bolsas de basura de las que sobresalen apuntes universitarios. En una de esas hojas se explica, curiosamente, el concepto de fuerza del trabajo.

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» BARAJAS (45.806 habitantes)

“¡Atención, señora, ha llegado el tapicero! Tapizamos todo tipo de sofás a precio directo de fábrica. ¡Todo tipo de sofás! De dos, de tres y hasta de cinco plazas”. La voz del megáfono rompe la tranquilidad de los vecinos del paseo de la Alameda de Osuna. Pero, al contrario de lo que se ve en otros distritos, en Barajas no hay ningún sofá encajonado en la acera que, llegado el caso, se pudiera tapizar. Este profesional de las telas no es el único que ha pasado por allí. Los servicios mínimos limpiaron el pasado jueves esa calle. “Vinieron escoltados por la policía y lo dejaron más o menos limpio”, afirma Lorenzo Lara, vecino de 69 años.

Más o menos es que todavía quedan latas acumuladas entre hojas secas, alguna bolsa esparcida por la calle o pequeños montículos de papeles y cartones recogidos junto a los contenedores. “Pero el barrio se ha mantenido estos días”, reconoce Mari Carmen Rodríguez, la mujer de Lorenzo, de 69 años. “Es una zona tranquila”, coinciden ambos. Tanto que Samuel Ciuraiu se plantea cambiar de banda sonora. La marcha turca, de Mozart, no tiene mucho tirón aquí. “Debería probar algo más lento”, se convence tras su acordeón este rumano de 26 años.

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» HORTALEZA (173.385 habitantes)

Una pareja alarga su beso hacia el final de la calle de López de Hoyos. Mientras otros distritos se derrumban, en Hortaleza se enamoran. Aquí no se declararía una alerta sanitaria. Las papeleras están a la mitad y las aceras, salvo alguna botella o plásticos, limpias. “Decían por la televisión que si la huelga seguía podía haber riesgo de epidemia, pero aquí desde luego que no”, afirma Paz Castro, de 64 años y vecina de ese distrito. Así, el mayor incordio que sufren algunos de esos vecinos es esperar, por ejemplo, la línea 72 de autobús. “Tarda mucho y tenemos que ir al médico”, se quejan Pilar Crespo, de 77, y su marido José Luis Curto, de 82. “Aunque ahora que lo pienso sí que hubo algún follón por el barrio. ¿No quemaron unos contenedores allá arriba?”, le pregunta su mujer pensativa.

Se refiere a un altercado ocurrido un día después de la huelga. Pero no ardió nada. Dos vehículos de la empresa de servicio de limpieza acabaron con las ruedas pinchadas ese día. Ocurrió, efectivamente, allá arriba: en pueblo de Hortaleza. Allí el ambiente no es tan idílico. En la calle de Liberación, una bolsa de basura pende sobre una silla abandonada. Hay cartones, plásticos, botellas, dos pares de botas que caminan sueltas, y también críticas contra los barrenderos. “Arrojar basura debería ser motivo de despido procedente. Así no se consigue nada”, espeta una vecina que prefiere no decir cómo se llama.

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» FUENCARRAL-EL PARDO (233.464 habitantes)

Una vecina se excusa al pasar. Tiene que ir a preparar la comida: ha dejado a su marido vigilando las lentejas y no se fía. “Como le deje mucho tiempo más se me caduca”, compara entre risas. El lomo de pez espada que está tirado en la esquina de su calle, situada en la plaza de Arteijo, se consumió hace seis días. El olor de este pescado se mezcla con el que desprende una lata de mejillones, también de dudoso consumo, ajos podridos o pañales usados. Mientras todo esto pasa, Roberto Usu, de 21 años, espera su segundo hijo. La primera, Ionela, tiene dos años. Su padre vive de lo que encuentra en la basura, pero a pesar de la suciedad que desprende ese distrito no consigue sacar más de 30 euros cada día. “El papel se paga a siete céntimos el kilo”.

La figura de Javier López se refleja en tres espejos rotos que descansan sobre un contenedor saturado de cajas, muebles desvencijados y plásticos. “Lo que está pasando en Madrid no es normal; en 55 años, que son los que tengo, no he conocido a peor alcaldesa que la Botella. Está todo hecho una mierda”, critica antes de meterse otra vez en su coche, aparcado en la avenida de Monforte de Lemos, y rebañar con las ruedas una lámina de alcachofas.

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» LATINA (239.720 habitantes)

En la calle de Valmojado, en Aluche, se ven todavía las marcas del último contenedor calcinado. Los barrenderos no limpian la acera desde hace tiempo. Hay basura amontonada. La imagen típica, en fin, de otros tantos distritos. Salvo por un detalle, matiza Anselmo Díaz: “Todo eso que ve ocurrió hace más de dos meses. Nosotros llevamos sufriendo la huelga de limpieza desde mucho antes de esta huelga”.

En el bar de Anselmo, de 56 años, los parroquianos dicen que se sienten olvidados por el Ayuntamiento. Ahora, además de esa huella del contenedor, se ven cajas de cartón, vidrios rotos, cáscaras de plátano, peras podridas, alpargatas… “¿Vienen ustedes a limpiar?”, pregunta confundido Luis García, de 77 años. “¿No? Pues de esto se tiene que hacer cargo alguien porque está todo sucísimo”, solicita frente a su portal en la calle de Camarena. Si quisiera llamar por teléfono al Consistorio para pedirle cuentas desde una cabina se encontraría con que esta está rota y su cristal, estallado en mil pedazos.

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» CARABANCHEL (244.292 habitantes)

Encarnación Villegas se ha enterado gracias a la huelga de que los excrementos de perros se tiran en pequeñas bolsas de color verde. Lo descubrió el mismo día que comenzó a ver estas mismas bolsas esparcidas y abiertas por ese distrito. “Es asqueroso, tienes que andar con cuidado y el olor que despreden… ¡Qué asco, por Dios!”, clama esta mujer de 73 años en la calle del Camino Viejo de Leganés. Tomás Fernández, de 54, lo tiene más difícil para no pisarlas: es invidente y asegura que cada día se tropieza con cajas o que las ruedas de su maleta se le enredan en los plásticos que hay desperdigados entre montañas de basura, ropa o litronas que ruedan calle abajo.

Algunos buzones de Correos de Carabanchel están hasta arriba también de desechos. Lo cual le impide a Félix Cortés, de 48, poder abrirlos y llevarse las sacas con las cartas: “¡Estoy hasta las narices!”, exhala este empleado de recogida frente al parque infantil de la plaza de Tarifa. “Los niños aquí juegan entre la mierda”, tercia otra vecina.

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» ARGANZUELA (152.314 habitantes)

Es difícil de creer pero la escena transcurre en apenas unos metros y todo sucede al mismo tiempo. El padre coge a su hija y la sube en sus hombros para que no camine por la basura justo cuando un Peugeot 307 aparca en la calle de Méndez Álvaro y aplasta los cartones del bordillo; la dueña de un caniche, mientras, tira de la correa al ver a su perro olisquear un montículo de plásticos aunque no puede evitar, sin embargo, que una bolsa negra, levantada por el aire, flote alrededor de su cara como en una mala imitación de la película American Beauty. Pero el aspecto general de Atocha no es ficción. La fotografía resulta, acaso, una biopsia de los 21 distritos de Madrid.

Los turistas que salen de la estación de tren se preguntan cómo puede ser posible que la capital de España mantenga ese aspecto. “Habría que darle un mocho a Botella para que limpiara ella misma la ciudad”, sugiere con su acento sevillano Anna Badosa, técnico de 37 años en un centro de investigación. “O colgarla de los aros de los Juegos Olímpicos”, apostilla Javier Gómez, ingeniero industrial en paro de 40 años que ha venido a recoger a su amiga. La maleta que lleva Anna tiene el mismo color que otras que están destripadas por esa acera por la que es difícil caminar sin sortear cajas de pizza, zapatos, botes de champú o deuvedés de la serie infantil La abeja Maya. Madrid, estos días, parece aguijoneada.

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