El manatí y los prerrafaelitas

En Puerto Rico, lejos de la Tate, se desplegaban un buen número de cuadros hermosísimos, como 'Sol ardiente de junio', de Frederic Leighton

'Sol ardiente de junio', de Frederic Leighton.

Fui al Festival de la Palabra de Puerto Rico con un plan B en el bolsillo: aprovecharía el encuentro de escritores al que había sido sorprendentemente invitado para visitar la fortaleza desde la que un artillero local le colocó un exacto pepinazo al muy inglés y muy pirata Drake metiéndoselo por la mismísima ventana de su camarote del navío insignia Golden Hind;y trataría de ver un manatí. La posibilidad de contemplar un manatí, la fascinante vaca marina que apuntaló la leyenda de las sirenas, me parecía la bomba, y valga la expresión en la isla del género musical de ese nombre y del famoso cañonazo al favorito bucanero de la reina virgen. A ver, no es que no me hiciera ilusión codearme con la larga lista de famosos autores del festival y fundirme petersellerianamente (como hice) en tan selecta cita, pero entre un manatí y, por ejemplo, Padura, pues me quedó con el manatí.

Algo debían olerse los organizadores, pues me hicieron viajar a Puerto Rico vía Nueva York en un largo y maratoniano rodeo que incluyó una conexión de nueve horas en una minúscula y apartada terminal de Delta Airlines y llegar a San Juan a las dos de la madrugada con el aspecto de un veterano del airlift de Berlín. El arduo trayecto no consiguió domeñar mi entusiasmo sin embargo y apenas amanecido el día ya estaba yo en el Morro, la gran fortaleza de la capital, llamando a la puerta. Inútilmente, pues el lío de la Administración de Obama había provocado que ese y otros espacios públicos del Estado asociado estuvieran cerrados a cal y canto.

El desengaño, el calor, la humedad y el jet-lag hubieran desanimado a alguien menos entusiasta que yo. ¡Demonios, si estaba en la tierra de los tainos, Ponce de León, el corsario mulato Miguel Enriquez, los cimarrones y Chayanne! Por no hablar del regatón, el desove de las tortugas y Ricky Martin. Al poco ya estaba paseando por el Old San Juan saltando de sudoroso gozo cada vez que veía un lagarto o un colibrí, y haciendo amigos por doquier. San Juan era esos días una fiesta, de la palabra y de la otra, y entre barrilitos, cubalibres y mojitos resultaba difícil estar mucho rato sereno, aunque tuvieras deberes. No sé cómo de repente me encontraba meditando en la muralla la especie de que el Morro es uno de los vértices del Triángulo de las Bermudas y al instante siguiente me habían llevado a una escuela para hablar a los chicos de literatura y periodismo. Quedaron algo confundidos con la línea que tracé entre Alice Munro y Angelina Jolie, pasando por Lawrence de Arabia, pero luego me regalaron dulces.

Entretanto preguntaba a todo el mundo por los manatíes. Por las respuestas parecía que fuera de lo más fácil ver uno. “Ah, sí, en Tierras Nuevas”, “claro, en Río Grande de Manatí”, “uh, en la playita del Condado”, “sin duda, en la bahía de Jobos, en Salinas”, “en Naguabo está Moisés, el manatí rescatado, que te come de la mano”. El caso es que pasé una semana y no vi un manatí ni por asomo. Entonces, para consolarme, me hablaron de los prerrafaelitas de la isla. Pensé que era una broma. ¿Prerrafaelitas en el Caribe? Resulta que sí, que hay una colección estupenda en el Museo de Ponce. Desgraciadamente, la localidad estaba al otro lado de la isla. No importaba: yo tenía que ver esos cuadros. Los prerrafaelitas son una de mis debilidades, como lo son los manatíes. Excitan mi lado romántico, que ya tengo hipertrofiado. Por extrañas circunstancias que merecerían por sí solas una crónica, llegué una mañana al Museo Luis A. Ferré de Arte de Ponce con el cónsul español Eduardo Garrigues de chófer y cicerone. Nos recibió la guapa directora, la mexicana Alejandra Peña, que, agradablemente sorprendida por mi entusiasmo que rozaba la vehemencia, nos condujo sin dilación a las sala de los prerrafaelitas y sus compañeros de viaje. Casi me da un pasmo. Una sobredosis de síndrome de Stendhal. En aquel lugar remoto de la costa sur de Puerto Rico, tan lejos de la Tate, se desplegaban un buen número de cuadros hermosísimos de los grandes nombres de la hermandad inglesa victoriana: Millais, Burne-Jones, Dante Gabriel Rossetti… No me atrevía ni a respirar. Rodeadas allá fuera por el mundo de palmeras, huracanes y caimanes, entre el canto insistente de las ranitas coquí, las delicadas pinturas resplandecían envueltas en su inefable misterio. Enigmáticos retratos femeninos de largas cabelleras, miradas febriles y labios entreabiertos, atmósferas de leyenda, belleza a raudales con una pátina de melancolía. El centro de aquel torbellino inmóvil de encantadora y excelsa magnificencia era el colosal lienzo de Burne-Jones El sueño del rey Arturo en Avalón, ante el que quedé mudo de reverencial asombro.

Pero no era lo mejor. No, ahí estaba colgada de otra pared Sol ardiente de junio o Flamind June, la obra más famosa del esteticista Frederic Leighton, en su anaranjado y luminoso encanto, puro estallido de carne hecha luz, materia de nuestros sueños. Y, para mi completa perdición, Las hijas del rey Lear, de Gustav Pope, con, en el lado derecho de la composición, la encantadora figura de Cordelia, digna rival de todas las Ofelias que en pintura han sido… La directora me explicó —mientras me abanicaban para recuperarme— que el secreto de que todas esas obras estuvieran en Ponce es que el fundador del museo, Ferré, inspirado por los versos de Keats (“A thing of beauty is a joy forever”), supo valorar y comprar cuando los prerrafaelitas y similares estaban por los suelos. La emblemática pintura de Leighton, que adquirió en 1963, le costó solo ¡2.000 libras!

El manatí no lo vi. Pero déjenme que añada una coda a esta historia de sirenios con mamas y artistas celestiales. Los prerrafaelitas no eran ajenos a la atracción por los animales exóticos que a mí me consume. Al contrario, tanto Rossetti como Burne-Jones desarrollaron una notable pasión por el wombat (o uombat), el simpático y encantador marsupial australiano parecido a un osito de peluche de patas cortas que robó los corazones de los victorianos. Para los prerrafaelitas el wombat era “la más hermosa de las criaturas de Dios”, lo que tiene miga si recuerdas la belleza de las modelos de esos artistas. Rossetti tuvo dos wombats como mascotas. Al primero lo llamó Top, por Topsy, el apodo juvenil de su amigo William Morris, de cuya mujer Jane, modelo de su Proserpina, Rossetti era amante. El pintor plasmó a Jane y al animalito —el wombat no el marido— en un dibujo que se conserva en el British Museum. Top, que era capaz de interrumpir con sus arrumacos al mismísimo John Ruskin, murió en 1869 y su desconsolado dueño lo hizo disecar además de hacerse un autorretrato con él…

Nos fuimos de Ponce en un crepúsculo flamígero en el que la naturaleza parecía querer competir con los viejos pintores victorianos. Al día siguiente de madrugada me marchaba de la isla que me negaba la visión de sus sirenas pero me había compensado con el imprevisto regalo de tanta belleza inesperada. Se hizo de noche y cerré los ojos para prolongar el resplandor como quien sopla sobre las ascuas.

 

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