Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Aflora el ‘Frente del Agua’

Aflora en un bosque de Paredes de Buitrago una red de fortines oculta en un bosque y trazada en torno a dos grandes embalses madrileños durante la Guerra Civil

Bastión camuflado de ametralladoras en el bosque de Paredes. Ver fotogalería
Bastión camuflado de ametralladoras en el bosque de Paredes.

Ver sin ser visto. Herir, sin ser herido: el bosque que flanquea el embalse de Puentes Viejas, a diez leguas al norte de Madrid, ocultaba desde hace 75 años un oscuro secreto. Procede de la Guerra Civil. Y se conserva casi intacto. Hasta ayer mismo, su entraña permanecía escondida a la mirada de todos. La maleza, los pinos y las encinas que crecieron profusamente años después en la foresta circundante, prolongaron su largo ocultamiento. Nadie, salvo unos pocos nonagenarios que combatieron en esa misma zona, conocía las dimensiones de este enigma ahora revelado. A muy pocos les cabía imaginar que dos construcciones militares conocidas y de reducido tamaño situadas junto a la carretera que conduce de Paredes de Buitrago a Prádena del Rincón, formaran parte de uno de los sistemas de fortificación militar más importantes del centro de España. Así lo confirmó en su día el general Vicente Rojo, líder militar de la defensa republicana de Madrid.

Hasta 27 hitos fortificados, desde nidos de ametralladoras, casamatas, pozos de tiradores, trincheras, refugios antiaéreos y de tropa, incluso un puesto de mando desde donde se impartían las órdenes de combate, acaban de aflorar a la superficie. Su hallazgo sobrevino gracias a testimonios orales de lugareños ancianos recogidos en una zona contigua al embalse de Puentes Viejas, entre las localidades norteñas de Buitrago, Mangirón y Paredes.

Una actuación de la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid, ideada en septiembre de 2012 e iniciada el pasado marzo, se propone hacer visitable la zona fortificada. Este organismo de la Consejería de Empleo, Turismo y Cultura del Gobierno regional abrirá al público en las próximas semanas una senda, puntual y convenientemente explicada con cartelas, que permita a sus visitantes recorrer este singular sistema de vestigios militares. Podrán comprobar sobre el terreno su hechura e importancia y evocar aquella época: el organismo que dirige Ignacio Muñoz le atribuye un elevado valor dado su carácter de legado pleno de historia. En su condición de bien cultural, la ley atribuye al departamento que dirige la responsabilidad de difundir tal valía.

“Es un escenario histórico dotado de una entidad patrimonial innegable”, explica Nicolás Benet, responsable de Protección Arqueológica de la Dirección General de Patrimonio. Benet precisa: “todas las construcciones afloradas gozan ya de protección como Bienes de Interés Patrimonial”, una nueva figura legal protectora. Para Inmaculada Rus, arqueóloga de su dirección, el sistema militar muestra muy descriptivamente dos estilos de concebir la arquitectura militar y brinda una ocasión única para estudiar ambas tipologías”. Y añade: “Todo ha sido conservado en su integridad, nada se ha revocado, tan solo se ha adecentado y limpiado cuidadosamente”. El presupuesto de la primera fase de la actuación ha sido de 31.000 euros. Culminará con la edición de una guía y la musealización del área al completo, ya que puede incluir más de un centenar de nuevos hitos dispersos por parajes cercanos de otros municipios. En la iniciativa colabora el grupo de municipios de Puentes Viejas, que integra los de Paredes, Mangirón, Serrada de la Fuente y Cinco Villas.

Al igual que las que circundaban el pantano de El Villar, las fortificaciones ahora redescubiertas formaban parte de un campo de batalla donde se disputaba la posibilidad de que Madrid, asediado entonces por el ejército de Franco entre 1936 y 1939, pudiera disponer de la codiciada agua potable represada en sendos embalses. Por ello, el bando republicano y el franquista desplegaron entonces copiosos recursos humanos y materiales alrededor de esta disputada área. Sobre ella trazaron sus respectivas primeras líneas de combate. El frente de batalla fue entonces sólidamente fortificado en sus dos vertientes y ambas construcciones quedaron emplazadas apenas a unos centenares de metros unas de otras. Las líneas discurrían a lo largo de un frontal de varios kilómetros, como cabe comprobar al visitante por la zigzagueante longitud de las trincheras.

La importancia de las fortificaciones fue tal que la estabilización del frente en la zona que ocupaban retardó el desenlace de la guerra durante tres años. Sin el agua de Puentes Viejas y El Villar, principales embalses madrileños de la época, el asedio de la capital por Franco hubiera resultado irresistible para la ciudad sitiada. Nidos, trincheras, pozos y casamatas quedaron encajados subterráneamente bajo las lomas graníticas que ondulan los pies de Somosierra. Este puerto asistió en los albores de la Guerra civil a la llegada de varios miles de soldados regulares franquistas, así como falangistas y requetés al mando del general García Escámez y del comandante Rada; su centro de mando estuvo en el cerro de Piñuécar.

Frente a ellos, un millar de soldados regulares republicanos a las órdenes del general Carlos Bernal, así como 900 milicianos de las Compañías de Acero comandadas por Francisco Galán —hermano del oficial republicano sublevado y ejecutado en Jaca— detuvieron la ofensiva. El mando republicano quedó asentado sobre el cerro conocido como El Portachuelo.

Juan Acosta, un nonagenario de la zona de Buitrago que combatió desde estos mismos fortines, dejó escrito que, pese a las crueldades de la guerra civil, un enclave cercano, denominado La Peña del Alemán, fue escenario de un partido de fútbol entre combatientes de ambos bandos, cada uno de los cuales aportó un árbitro para cada tiempo del encuentro. Los mandos respectivos lanzaron cañonazos de aviso a soldados y milicianos futbolistas para disuadirles de confraternizar con el enemigo y para hacerles regresar a las armas.

Con el propósito de frenar las acometidas del ejército de Franco, el mando republicano, para culminar la fortificación, movilizó a voluntarios: canteros, picapedreros, albañiles, marmolistas, zapadores, carpinteros, estuquistas, incluso pintores, adscritos a los sindicatos de izquierda UGT y CNT. Los hombres a su cargo desbrozaron y excavaron el accidentado terreno, entonces con poca vegetación arbórea, para adentrar en él los fortines e instalar su armamento en un tiempo récord. Por su parte, los mandos franquistas decidieron oponer a la red republicana otra enfrentada y paralela. Ambas líneas quedaron hasta hoy semienterradas por ingentes masas de tierra, maleza y arbustos.

Más información