Oriol Maspons junto a algunas de sus fotografías en una exposición en la galería Kowasa de Barcelona en 2008. / JOAN SÁNCHEZ

Oriol Maspons no necesitaría presentación si la fotografía fuera considerada en este país de la manera que se considera, por ejemplo, el cine o la literatura. Él, que falleció ayer en Barcelona a los 84 años, no solo fue un excelente fotógrafo, sino el teórico más relevante, dinamizador y experimentador, que alimentó con sus ideas a toda una generación de fotógrafos: la llamada generación de oro de los años cincuenta y sesenta.

Siempre original y cargado de estilo y sentido del humor (entre sus señas de identidad llevaba un Lacoste tatuado a la altura de la tetilla izquierda y un Rolex al que le había pulido la esfera) guardaba en su bolsillo dos listados que extraía como guía argumentativa del interés de su siglo. Uno reunía cerca de una veintena de personajes nacidos el mismo año que él, 1928: Fellini, Elliott Erwitt, William Klein, Andy Warhol… y que venía encabezado por Mickey Mouse, su motivo más inspirador: un ídolo eternamente joven y en constante renovación sin perder su esencia, del que sabía que no envejecería ni moriría nunca. El segundo listado lo componían las canciones que habían marcado su juventud y revelaba una insólita faceta tierna y romántica del enfant terrible a quién todos temían en la rígida Agrupación Fotográfica de Cataluña de los cincuenta. Fue en aquellas tertulias donde radicalizó su discurso contra el Salonismo, un concepto que a él le debemos como tantas otras ideas ligadas al movimiento de renovación de la fotografía que se llevó a cabo en torno a la revista AFAL (1956-1963), de la que él fue motor ideológico y de estilo. Por ejemplo, Maspons fue quien ilustró a su amigo el abogado Josep Maria Casademont, otro teórico de la fotografía de la época, con las ideas y las imágenes de las nuevas tendencias fotográficas que había conocido en París, donde había retratado a los mejores fotógrafos de finales de la década de 1950, tales como Brassaï, Cartier-Bresson, Robert Doisneau y Guy Bourdin, entre otros, y cuyas conversaciones se publicaron en la revista Arte fotográfico.

La conclusión teórica con la que Maspons revolucionó la fotografía española fue sencilla pero contundente: arte y utilidad van juntos en fotografía

La conclusión teórica con la que Maspons revolucionó a la fotografía española fue sencilla pero contundente: arte y utilidad van juntos en fotografía, de la misma manera que ocurre en la arquitectura y el diseño. Así, siendo coherente con ello, Maspons fue el primero de los aficionados que dio el paso de abandonar su trabajo (en su caso, una empresa de seguros) para dedicarse a la fotografía como profesional, una actividad que para él requería tanta creatividad como “la artística”, a la que incluso le avergonzaba mentar. “La fotografía es solo una: la buena fotografía”, afirmaba, y demostrarlo en aquellos duros tiempos de la dictadura (inexistencia de prensa gráfica, escasez de publicidad, conservadurismo de las editoriales, censura oficial...) fue su objetivo constante. En vez de dramatizar o propagar panfletos, Maspons hizo de su trabajo profesional y de su literatura sobre la fotografía un espacio de ironía, frescura conceptual y vitalidad de estilo, que supo contagiar a sus amigos fotógrafos de entonces Francesc Català-Roca, Xavier Miserachs, Leopoldo Pomés, Ramón Masats, Paco Ontañón y Colita. Y más allá a profesionales y artistas de todos los ámbitos de aquella gauche divine de los años setenta, una tribu de la que también fue gurú.

En 1961 se asoció con el fotógrafo Julio Ubiña con el que abrió el estudio de fotografía más moderno del país. El tándem Maspons-Ubiña colaboró con las mejores revistas gráficas del momento como Paris Match, L’Oeil y Gaceta Ilustrada, en la que Maspons publicó reportajes sobre Pablo Neruda, Ernest Hemingway, Salvador Dalí, Amalia Rodrigues, Jackie Stewart y Fidel Castro, entre otros. En 1975 entró a trabajar en Interviú cubriendo reportajes en Chile, Estados Unidos, Brasil, Thailandia, Japón, India, Filipinas, Camerún, Nigeria y Canadá. Durante los sesenta fue fotógrafo de cine para Fellini y Rossellini y trabajó para la Mostra de Venecia, lo que le permitió retratar a ídolos como Brigitte Bardot, Monica Vitti o Mastroianni, entre otros.

Xavier Miserachs, Leopold Pomés, colita y Oriol Maspons en 1997. / carles ribas

Directo, inteligente, desprejuiciado, curioso para todo lo nuevo y espectador sensible y crítico de cualquier manifestación cultural, sus valoraciones y sus fotografías siempre se esperaron con expectación. De acuerdo o en desacuerdo con él, a nadie se le escapaba la profundidad y agudeza de su análisis y la calidad de sus imágenes. ¡Lo que se han perdido los diarios que no le encomendaron una columna semanal a Oriol Maspons como observatorio de la cultura y de la vida!

Ha publicado una decena de fotolibros, entre los cuales algunos ya son míticos como La caza de la perdiz roja, con texto de Miguel Delibes, y Toreo de salón, junto a Julio Ubiña, con texto de Camilo José Cela, ambos de 1963, y aquella serie de la que hoy todo el mundo habla como el “milagro editorial” de Lumen, Palabra e Imagen, una idea suya, bajo cuyo consejo y coordinación se publicaron temas y autores. A estos hay que sumar los más recientes Personajes de compañía (Àmbit, serveis editorials, 1995) y Private Collection (La Fábrica, 2006), auténticos libros de autor, antologías de su manera de vivir y de pensar a través de sus dos pasiones: las chicas y los perros.

Su currículum es largo, variado e interesante, como corresponde a una persona longeva y ávida de experiencias. Fue pionero en el reconocimiento internacional cuando en 1958 el Museo de Arte Moderno de Nueva York le adquirió tres fotografías para su fondo permanente, así como el primer español representado en el Photography Annual americano de 1959. Con todo lo dicho hasta aquí, se comprenderá que sus admiradores no entendamos cómo este gran fotógrafo no hubiera sido todavía galardonado con el Premio Nacional de Fotografía, cuando fue maestro de todos los que vinieron detrás.

Oriol se va de vacaciones

CARLOS PÉREZ SIGUIER

Conservo más de un centenar de cartas enviadas por Oriol Maspons. Manteníamos una correspondencia asidua desde hace muchos años. Le gustaba mandar enormes textos escritos a mano de más de 10 folios de longitud y en papel biblia para pagar menos en correos. La última vez que hable con él fue hace unos 15 días.

Contactó con nuestro grupo en los años cincuenta, a través de la revista fotográfica AFAL, que creamos en la Agrupación Fotográfica Almeriense. Allí se sentaron las bases de la nueva fotografía documental en España que aglutinó a una generación: Ramon Masats, Ricard Terré, Gabriel Cualladó, Paco Ontañón, Xavier Miserachs, Paco Gómez o el mismo Oriol Maspons. Después de caer en sus manos el tercer número de la publicación, se decidió a enviar sus trabajos.

Maspons era un gran teórico, inconformista, rompedor y provocador que se enfrentó con la agrupación fotográfica de Cataluña acusándolos de que allí se hacían fotografías de “salón” que él calificaba de intrascendentes.

Sus imágenes fueron decisivas en la fotografía española de los años cincuenta. En su estudio fotografiaba a las modelos más guapas que pasaban por Barcelona. Todos sentíamos envidia de él. De los cerca de 36 números que publicamos de AFAL, la mayoría se ilustraron con sus fotografías, que eran las más sugestivas de todas.

Al final de sus días jamás hablaba de su enfermedad. Continuaba con la misma ironía de siempre, burlona, disparando dardos envenenados para divertirse, huyendo de la mediocridad y manteniendo el tipo con energía. Era un hombre mordaz en su forma de hablar y en sus imágenes, en las que criticó al poder político, tanto de la dictadura como después. Su obra no presentaba grandes complejidades conceptuales. Se entendía, y por eso llegaba de un modo espléndido a todos los públicos.

Carlos Pérez Siquier es fotógrafo y obtuvo el Premio Nacional de Fotografía en 2003.

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