ROCK | BON JOVI

Alzad los brazos

Bon Jovi lleva tres décadas triunfando como banda de estadios y parece evidente que a estas alturas no tiene la menor intención de reinventarse

Bon Jovi, durante su concierto en el Vicente Calderón. / CLAUDIO ÁLVAREZ

Por el lateral del Vicente Calderón aún fluye el Manzanares, pero Bon Jovi persuadió anoche a sus 45.000 fieles madrileños de que viajaban por una autopista polvorienta que no se detiene hasta Nueva Jersey. La banda de Jon Bon Jovi es yanqui hasta los tuétanos, como demuestra su carismático cantante con esa chupa vaquera de franjas rojiblancas que, aun a riesgo de desilusionar al señor Cerezo, no era un guiño a los anfitriones atléticos. Pero para los aficionados a la imaginería, nada tan elocuente como esa reproducción de un Buick de 1959 que sirve como presumido marco de la gira Because we can, que ayer vivió su única escala española.

Bon Jovi lleva tres décadas triunfando como banda de estadios y parece evidente que a estas alturas no tiene la menor intención de reinventarse. Por eso importa poco que el nuevo álbum, What about now, se haya demorado cuatro años y no guste ni a la prensa más proclive a las barras y estrellas. Da casi igual que el guitarrista Richie Sambora haya desertado y el aficionado medio aún no haya memorizado el nombre del sustituto. Mientras Jon luzca tipito potable y atine con dos docenas de estribillos grandilocuentes (o megalómanos), el invento seguirá funcionando. Incluso con un sonido tan espantoso como el del Calderón, corregido solo cuando el oído capitula y se resigna al eco atroz.

That’s what the water made me sirvió otra velada más para abrir boca, solo que esta vez la parroquia la saludó en la más conmovedora estética hispana, con una nube de cartulinas rojas y amarillas que en el primer anfiteatro conformaban la palabra "Gracias”. Era el homenaje del público al dadivoso gesto de la banda, que dice haber renunciado a sus emolumentos para que las entradas pudieran adquirirse a partir de solo 18 euros. Dudamos que Jon Bongiovi pretenda ocupar el espacio de Teresa de Calcuta, pero al común de los mortales le encantó la idea de un concierto chollo.

El primer karaoke multitudinario lo propició You give love a bad name, pero la quintaesencia del invento se resume en el tercer tema, Raise your hands, que verbaliza el objetivo último del sexteto: alzad los brazos, convertid los cielos en un enjambre de extremidades y coread los estribillos hasta desgañitaros, aunque todos se parezcan peligrosamente entre sí. Y entre medias, los trucos habituales para la seducción multitudinaria: Jon alardea de sonrisa blanquísima, agradece los seis lustros de fidelidad, subraya que se empeñó en ofrecer este concierto “porque quería ver a las chicas españolas”, funde las baterías de los móviles con un par de baladas consecutivas (Make a memory, Bed of roses) y, por si se nos había olvidado la adscripción patriótica, encadena su título más vaquero, Can’t go home, con una festiva aproximación a Rockin’ all over the world, el himno de John Fogerty. Pero luego se pertrecha con la bandera española para Bad medicine y con la elástica de La Roja en los bises. Y la inusual propina de Always a los 150 minutos de concierto. Pues eso: patriotas y contentos todos.

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