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Artista busca obra perdida

Francesc Subarroca investiga el paradero de dos murales cerámicos de 1958

Subarroca, en su estudio, muestra uno de sus murales perdidos. Ampliar foto
Subarroca, en su estudio, muestra uno de sus murales perdidos.

Los dos enormes murales estuvieron ahí mismo, en primera línea de mar, casi medio siglo. Muchas personas los vieron. Tuvieron que verlos. Pero ahora nadie sabe qué fue de ellos ni puede afirmarse que no hayan sido destruidos ya. Hace un año, su autor, el pintor Francesc Subarroca, observó durante un paseo que el edificio al que vestían los murales —la Escuela del Mar de la Barceloneta— ya no existía. Se preguntó qué habría ocurrido con sus preciosos murales cerámicos inspirados en temas marineros. E inició una investigación en busca de su obra perdida. Y así sigue.

“Me los encargó el Ayuntamiento en 1958. Era joven y le puse mucho cariño. La cerámica era preciosa, irregular, con formas”, explica Subarroca desde su estudio de Jaume I, atestado de más de 3.000 cuadros de todos los tamaños y estilos, que abarrotan los suelos y las paredes de un espacio de otra época y otro lugar, tal vez Montmartre, que parece suspendido en el tiempo. “No era nada carrincló [pasado de moda]. En su día era una obra moderna. ¡Incluso Miró la alabó! Un día, en la plaza de Sarrià, le enseñé las fotos y me dijo: ‘Oh, muy bonito”, detalla mientras suena música clásica en una radio mal sintonizada.

Subarroca se ha entrevistado con distintas personas y ha enviado cartas a las instituciones. Pero nadie ha sabido darle una respuesta: ni el Ayuntamiento, ni el Consorcio de Educación, ni el Hospital del Mar. El pintor asume que su obra puede, sencillamente, haber dejado de existir. “Quizá alguien de la empresa de derribos lo vio, pensó que no tenía valor y siguió adelante”, lamenta. Su objetivo es reivindicar los derechos de autor y el respeto a las obras de arte. Algo que en España, dice, se descuida. “Hay que respetar el arte. En este país no se aprecia nada", reflexiona. A ese fin le ha ayudado la abogada especialista en el mercado del arte Beatriz Niño, de NIAL Art Law. Niño recuerda que la ley de propiedad intelectual protege los “derechos morales” de un autor; entre otros, a “exigir el respeto a la integridad” de su obra e impedir “cualquier deformación, modificación o atentado” contra ella.

Era joven y le puse mucho cariño. La cerámica era preciosa, irregular, con formas"

Francesc Subarroca

Las desapariciones persiguen a Subarroca. En 1971, diseñó un gran mural inspirado en el trajín de un mercado para las oficinas de Mercabarna. 30 años después, volvió allí para enseñar el mural a unos americanos interesados en su obra. Pero la pintura había sido sustituida, sin que nadie supiera cómo, por unas fotos del Born. Pero en la pared se adivinaban unos pigmentos y, gracias a la restauradora Clara Pallars, el mural volvió a la vida. “Me llamaron y me dijeron que fuese a ver una cosa. Cuando lo vi, me emocioné”, rememora.

El anciano, de 80 años, se define como “un artista liberal”. “Como nunca me ha importado el dinero, he hecho lo que he querido en cada momento”, reflexiona en el estudio donde antaño, recuerda, solía pasar largos ratos de conversación con los escritores Josep Maria Huertas Claveria y Francesc Candel. Es un artista ecléctico. Ha tocado casi todos los palos y así entiende el arte. “Un pintor no puede quedarse estancado en un estilo, aunque lo domine. He intentado no repetirme”. En la década de los 50 fue uno de los primeros artistas que pisó el Somorrostro para retratar la miseria de los gitanos. Tras pintar la Barcelona bohemia, “la de Carmencita y el Gran Gilbert”, le dio por “visitar el cementerio las salas de autopsias del Clínic”.

Casado y sin hijos, Subarroca trata de crear una fundación que recoja su legado. “Aquí hay 70 años de historia de la pintura. ¿No hay curiosidad?”, reivindica. Una descendiente de Cézanne, Jeanine, vino a verle y le dijo que su obra sería más apreciada en Francia. Él prefiere que se quede en Cataluña. Mientras, espera una respuesta sobre sus murales. Y pronto. Dice sentirse “en la sala de espera” de la muerte.