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OPINIÓN

De horarios escolares

Que nadie crea que esta es una profesión, al menos para algunos, en que las tareas se acaban cuando suena el timbre y se abandona el recinto escolar

Recientemente he mantenido, fuera del ámbito escolar, una reunión informal y distendida con profesores en activo, y he llegado a la conclusión de que por encima de los problemas crematísticos que afectan globalmente a todos los ciudadanos en la situación actual, este sector valora muy negativamente la carga lectiva a la que diariamente se tiene que enfrentar. Dado que el nivel de burocracia que la tarea docente conlleva va en aumento, a pesar de la introducción de las nuevas tecnologías, los docentes consideran el incremento de horario lectivo y de la ratio como cánceres que merman seriamente su salud mental, y que finalmente redundan en la calidad del servicio que prestan. La mayoría, resumiendo, piensa que su horario lectivo no debería superar las tres horas diarias.

Esta reunión informal probablemente no es representativa del sentir de todo el colectivo, ni está contrastada con los datos que los sindicatos del sector puedan manejar, ni tampoco con lo que se pueda respirar en las mesas sectoriales, si es que ese tema alguna vez sale a colación en esas reuniones periódicas.

Para los neófitos en el tema cabe recordar que el oficio docente conlleva una serie de tareas, unas directamente relacionadas con la enseñanza-aprendizaje (¡ojalá todo se redujera a enseñar y a aprender!) y otras, colaterales o tangenciales. Entre las primeras incluiríamos la preparación de clases -al modelo improvisador del tipo “Anem a veure, xiquets, qué farem hui”, solo puede recurrir muy esporádicamente- y la elaboración de materiales -el verdadero profesor genera miles de materiales a lo largo de su vida y, a veces, con suerte los puede reciclar-, preparación y corrección de ejercicios y controles, atención personalizada (cada vez menos, pues con 35 alumnos…), etc.

Entre las segundas, señalaremos el control del orden interno del aula –al que se dedica un tiempo indeterminado, pero que va en aumento, y que parece ser ya ha llegado al ámbito universitario-, la atención individual a padres, además de las reuniones colectivas programadas, envío de correos electrónicos urbi et orbi fuera del horario lectivo, guardias, sustituciones, reuniones de departamento, reuniones de tutores, reuniones de jefes de departamento, reuniones de coordinación de secundaria, reuniones de coordinación de bachillerato, reuniones puntuales en los recreos para tratar problemas puntuales, reuniones de seguimiento de programaciones, reuniones en caso de que el centro esté implicado en algún proyecto, supervisión de actividades extraescolares, etc. Ya no sé dónde colocar la formación permanente del profesorado, fuera del horario escolar, claro. Seguramente habré olvidado muchísimas más. De cualquier modo, ya quisieran los docentes de muchos países europeos para ellos la situación media que tenemos en España; no a la que siempre se aspira, sino la pura y dura del presente.

La triste situación en la mayoría de los países europeos (con jornada partida, no se olvide este detalle), según se quejan los colegas de allende los Pirineos, es que apenas queda tiempo para dedicar a la familia, pues a menudo hay que trabajar hasta bien entrada la noche. Pregunten o, mejor, visiten algún colegio europeo. Y después, comparen.

Los sindicatos docentes y todas las instancias superiores a los centros no universitarios (incluidas las mesas sectoriales, la Inspección Educativa y otras que no llegamos nunca a descubrir) deberían reflexionar seriamente sobre la gestión del tiempo escolar y su repercusión en la salud de los profesionales, puesto que en el futuro, tal y como van las cosas, no quedará tiempo ni para intercambiar impresiones banales durante los refrigerios, ni poner en práctica las fórmulas de la socialización; se generalizarán disfunciones como la constipación y quedarán erradicados deportes tales como pensar pausadamente.

Que nadie crea que esta es una profesión, al menos para algunos, en que las tareas se acaban cuando suena el timbre y se abandona el recinto escolar. Esa es la realidad. Ojalá desconectar fuera así de fácil. Por tanto, toda iniciativa que no vaya encaminada a dignificar la profesión docente irá minando, mes tras mes, la permanencia en sus puestos de los responsables en materia educativa pues paulatinamente todo se volverá en su contra. La situación actual, ciertamente, no es la más favorable para atraer a los futuros profesionales, y es de lamentar que gente con vocación tenga que buscar finalmente otras salidas si es que las encuentran.

Aquí seguimos acostumbrados a funcionar a golpe de órdenes publicadas en el Diario Oficial sin que se escuche a los sectores implicados: padres, madres, profesores, Consejo Escolar, concejalías de Educación, etc. No es de extrañar, por tanto, que se avecine una nueva batalla educativa –esta vez la del horario escolar estudiantil- al plantear a los padres las bondades de la jornada partida. Seguramente se trata de una nueva medida para ahorrar en recursos que, en la práctica, tendrá una diferente lectura según el sector afectado (profesorado-padres).

Una cosa está clara: una supuesta decantación de la enseñanza pública por la jornada continuada supondrá una avalancha estudiantil, aun en tiempos de penuria económica, hacia la enseñanza privada-concertada. Los padres que tengan la suerte de tener trabajo podrán elegir, pagar clases particulares y de artes marciales. Los que no tengan esa suerte estarán condenados a aceptar lo que se decida en los Consejos Escolares, se quedarán sin comedor escolar y, con suerte, tendrán una pelota para jugar por las tardes en los patios del colegio. Una vez más pierde el débil: es ley de vida. Y es un paso más del gobierno hacia el finiquito de lo público. (Ahora solo falta que las plazas docentes que se creen como resultado de la supuesta avalancha se hagan públicas, y todo aspirante docente pueda optar en igualdad de condiciones a esas entrevistas, con luz y taquígrafos, para conseguir el tan ansiado puesto de trabajo docente. De lo contrario, se divisan nuevas batallas).