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Esta vez no vamos al Prado ni al Thyssen

No son demasiado conocidos, pero atesoran colecciones sorprendentes e interesantes

Son los otros museos de Madrid

Maniquí del Museo Africano Mundo Negro. Ampliar foto
Maniquí del Museo Africano Mundo Negro.

El eje cultural del Prado, alrededor del cual se aglutinan el Museo del Prado, el Thyssen y el Reina Sofía, es conocido internacionalmente, emblema de la ciudad, y suele congregar nutridas colas de visitantes, locales y foráneos. Es, desde luego, todo un orgullo. Pero ¿se pueden encontrar ahí cráneos trepanados?, ¿la historia del ratoncito Pérez?, ¿una figura de cera de Alaska?, ¿máscaras africanas o viejas locomotoras?, ¿poetas románticos? Díganme, ¿se puede ver en estos museos volar a aviones restaurados de principios del siglo XX ¿y comerse un bocata de jamón a un precio de risa? Seguramente no. Pero hay otros museos en Madrid que ofrecen estas experiencias, más o menos, alucinantes.

» Barbarie y destrucción. Tal vez este sea uno de los museos más raros y escalofriantes que existen, el Museo Reverte Coma, también llamado (tomen aliento) Museo de Antropología Médica-Forense, Paleopatología y Criminalística de la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid. ¿Qué es lo que hay en este museo que lo hace tan peculiar? Cráneos trepanados medievales, armas homicidas, plantas y animales venenosos, proyectiles de armas de fuego, fetiches, amuletos, momias de hace más de 2.000 años, secciones de terrorismo, narcotráfico... Hasta una vitrina dedicada a las magias negra y blanca, chamanismo y brujería. Como explican en su web, aquí ustedes "van a penetrar en las profundas simas del alma y la personalidad humana alterada, que conduce a la barbarie, a la destrucción, y a crímenes producidos por la falta de cultura, por la mala educación y por la viciosa organización de la sociedad".

Perspectiva de varias salas del Museo del Romanticismo. ampliar foto
Perspectiva de varias salas del Museo del Romanticismo.

El museo está formado por las piezas que el profesor Reverte Coma, director del Laboratorio de Antropología, iba recibiendo de diferentes partes del mundo. En 1980 decidió, debido al interés y exotismo de las piezas, convertir su colección en un museo, que en 2009 se remodeló y reinauguró. Está en la Facultad de Medicina de la Complutense, pero hay que esperar pues se encuentra temporalmente cerrado.

» Un museo para tocar. Aquí de poco sirve la vista. En el Museo Tiflológico (c/ La Coruña, 18), de la ONCE, todo puede tocarse, con el fin de que las personas con deficiencia visual también puedan disfrutar de lo que se expone; esto es, maquetas de monumentos arquitectónicos (se puede tocar, por ejemplo, la catedral de Burgos, la Sagrada Familia o la Torre Eiffel), obras plásticas de artistas ciegos o con deficiencia visual, y material tiflológico: un recorrido por los diferentes cupones de la ONCE o herramientas que los ciegos han utilizado y utilizan para acceder al trabajo y la cultura, como máquinas de escribir en Braille, calculadoras adaptadas o el mapa en relieve de Just.

Maqueta en el Museo de la Once. ampliar foto
Maqueta en el Museo de la Once.

» Dientes por monedas. En la calle del Arenal 8 hay una placa que reza: "Aquí vivía, dentro de una caja de galletas en la confitería Prast, el ratón Pérez, según el cuento que el padre Coloma escribió para el rey niño Alfonso XIII". Dentro del edificio se encuentra la Casa Museo del Ratón Pérez, ese que intercambia, por debajo de las almohadas, los dientes de leche por monedas. Aquí se puede conocer la fabulosa historia de Pérez, ver una maqueta de la casa de su familia (dentro de una caja de galletas Huntley) o una pequeña muestra de dientes ilustres (aunque falsos) de Mozart, Beethoven o Gloria Fuertes.

» Relojes del pasado. La vetusta relojería Grassy, en los bajos del edificio del mismo nombre (Gran Vía, 1), ofrece una colección de relojes congelados en el tiempo, el Museo de Relojes Antiguos. Fundado en 1953 por Alejandro Grassy, la visita (hay que pedir cita) se convierte en un paseo por la historia de la relojería mecánica en la conviven el arte y la técnica, desde los primeros artefactos del siglo XIV hasta los relojes estilo Imperio del XIX. Y aún funcionan.

De todo un poco

  • Cráneos trepanados, armas homicidas y plantas venenosas en el Museo Reverte Coma, de la Universidad Complutense.
  • Los dientes de Mozart o Beethoven (falsos), en la Casa Museo del Ratón Pérez.
  • La Carta Universal de Juan de la Cosa y los estandartes que conquistaron el mundo, en el Museo Naval.
  • Los aeroplanos de la historia de España, en el Museo de Aviones de la Fundación Infante de Orleáns.

» Alaska al lado del papa Francisco. Un clásico para los amantes de lo extraño. Como un entretenimiento tal vez de otros tiempos, ahí sigue el Museo de Cera (Paseo de Recoletos, 41), siempre en la cresta de la ola: sus próximas incorporaciones son Alaska y el Papa Francisco. Algunas de las últimas son George Clooney, Tom Cruise, Barack Obama o Mario Vargas Llosa. Por supuesto, conserva su zona de terror (con su tren) o su Galería del Crimen, que tanto ha hecho volar la imaginación del visitante, además de un simulador de vuelo y otras atracciones.

» Estación no tan fantasma. La existencia de estaciones fantasma de suburbano es una creencia recurrente en el imaginario popular, y no siempre cierta. La Estación de Chamberí, en la línea 1 entre Iglesia y Bilbao, era una de verdad, hasta convertirse en museo en 2008, y junto con la Nave de Motores, en Pacífico, constituyen Andén 0, el Centro de Interpretación del Metro de Madrid. La primera se ha restaurando íntegramente para dejarla tal y como lucía a fecha de su cierre, 1966, con sus carteles publicitarios y todo. En la segunda, un ejemplo de arqueología industrial, podemos conocer cómo estas grandes máquinas abastecían de energía al metro desde su construcción en 1923 hasta quedar obsoletas en 1972, con la mejora del suministro eléctrico.

» África en un tris. África es diversa, enorme, casi inabarcable. El Museo Africano Mundo Negro (Arturo Soria 101) es una buena aproximación para acercarnos a sus frondosidades y misterios. Aquí se reúnen piezas de diversos países al sur del Sáhara: vestidos, collares, cascos, armas, utensilios de caza, instrumentos, esculturas o las célebres máscaras africanas.

Colección de soldados de plomo del Museo Naval. ampliar foto
Colección de soldados de plomo del Museo Naval.

» Tiempos románticos. El siglo XIX fue tiempo de arrebato, poesía, atuendos negros, suicidas, amor por lo exótico y lo lejano, grandes pasiones tormentosas, pura vida... y pura muerte. El Museo del Romanticismo (calle de San Mateo, 13) muestra e investiga la España del Romanticismo. En sus colecciones se encuentran obras pictóricas, fotografías, estampas y dibujos, pero también mobiliario y decoración de la época, así puede uno hacerse una idea de cómo se vivía entonces. Si uno se despista un poco, es como haber viajado en una máquina del tiempo.

» Por tierra, mar y aire. Hubo un tiempo de intrépidos aviadores, pioneros de las desconocidas alturas: algunos de sus coloridos aparatos, hasta 40 datados entre 1925 y 1955, y con grandes hazañas a sus espaldas, se pueden ver en el Museo de Aviones Históricos en Vuelo de la Fundación Infante de Orleans (aeropuerto de Cuatro Vientos).

Imagen del Museo del Jamón. ampliar foto
Imagen del Museo del Jamón.

El primer domingo de cada mes salen a surcar los cielos en exhibiciones aéreas. También en Cuatro Vientos, cuna de la aviación española, está el Museo del Aire (carretera de Extremadura, kilómetro 10,500), enfocado, esta vez, a la aviación militar y en el que los aviones permanecen en el suelo. El Museo Naval (paseo del Prado, 5) difunde y conserva la historia marítima española. Hay alrededor de de 10.500 piezas, entre las que destacan la Carta Universal de Juan de la Cosa, el compendio astronómico de Felipe II, un modelo de galeón flamenco o un águila naval. Todo para el lobo de mar. Mutatis mutandis, en el Museo del Ferrocarril (paseo de de las Delicias, 61), que ocupa la antigua estación modernista de Delicias, encontramos lo propio para el mundo del tren, en este caso una colección de vagones y locomotoras históricas y salas adyacentes en la que se exponen relojes de estación, maquetas animadas o explicaciones sobre las vías del tren.

» El museo más sabroso. Tal vez uno de los museos más apreciado por los turistas y los locales. Más que un museo al uso, los museos del Jamón (en varios lugares de la ciudad) son establecimientos populares y económicos, donde suele encontrarse un ambiente animado en el que disfrutar de una caña bien tirada y jamón (y otros embutidos) con una buena relación calidad-precio. El primero se fundó enfrente del Museo del Prado y, como se iban a exponer jamones por las paredes (como todavía se hace), el nombre parecía obvio. En su mostrador de charcutería venden bocatas de este producto por menos de dos euros (lo que se dice anticrisis) que pueden resolverle a uno el almuerzo.