crítica | danza

La dignidad interior de Russo y Tortelli

La pieza 'Descamino de dos' es honesta, el relato es amargo y tenebrista

Momento de 'Descamino de dos', a cargo de la Compañía Nacional de Danza. / JOSEP AZNAR

Sobre la bandeja de programa mixto que propone modesta y tímidamente José Carlos Martínez como director artístico de la Compañía Nacional de Danza (CND), el aderezo y contorno se animan con dos discusiones latentes: los confines del ballet clásico y la pertinencia de un repertorio determinado. Ya colocar el adjetivo clásico como algo subsidiario al de por sí desgraciado nombre de la agrupación titular española, es un riesgo inútil. Por esa misma vía, habríamos de explorar la terminología, y para jugar en la misma liga y presumir de profesionales rigurosos, atender a lo que su nombre indica en primera acepción. La división nominal prefigura la división interna, reabre una herida, ahonda en un abismo de indefiniciones, desorienta al público y no es ni siquiera elegante con el género que se pretende defender.

COMPAÑÍA NACIONAL DE DANZA

Holberg suite: Toni Fabre/ E. Grieg; Descamino de dos: Mattia Russo y Diego Tortelli / C. Martínez y A. Desplat; Tres preludios: Ben Stevenson / S. Rachmaninov; Sonatas: José Carlos Martínez / D. Scarlatti y Padre A. Soler. Auditorio de Alcobendas. 23 de febrero.

La pieza de Russo y Tortelli tiene una dignidad interior y es honesta: algo quieren decir. El relato es amargo y tenebrista, pero hay una idea de terca búsqueda en el dibujo de los dos personajes; la exploración es el acento. Exponencialmente dada a la intensidad, el contacto físico descarnado y los rigores de construcción fragmentaria que hoy son moda y plaga estética, Descamino de dos abre senda a dos noveles creadores que deben seguir experimentando y desechando la enorme, babélica biblioteca visual que los habita, algo casi natural a su generación. Probablemente la coreografía auténtica, el material que no debe escapar, está más cerca y envuelto en el circunloquio casual. Tanto Russo como Daan Vervoort, los intérpretes, se lanzan a fondo para que les creamos en su airado grito gestual.

En Tres preludios se acude al dúo armónico y sus secuencias, una esencia de la danza con rango de eternidad. Joel Toledo estuvo atento como partenaire y Seh Yun Kim tan correcta como aséptica. El programa se completó con Holberg suite de Fabre y Sonatas de Martínez, una ampliación coral sobre una pieza escolar precedente creada en París hace unos años, con la pianista Rosa Torres Pardo, que acompañó también la pieza de Stevenson y a quien la amplificación del sonido perjudicó seriamente.

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