obituario

Oh capitán

Agustí Fancelli, periodista y crítico musical. / AGUSTÍ CARBONELL

Hoy toca oficio, Agustí. Lo que te reirías viéndome tratar de escribir estas líneas. Es que no cabes en un obituario. Qué fácil es despedir héroes y aventureros y qué difícil es decir adiós a un amigo. Digo amigo y la palabra se me queda corta. Somos tantos los que sentimos que contigo hemos perdido mucho más que un amigo y un compañero, a un hermano, a un ser indispensable. Si un hombre vale lo que el pesar de su muerte pone en los corazones de los que lo conocieron, tú te acuñas en oro puro de Samarcanda. Te imagino sonreír y pedirme que ponga los pies en el suelo. Pero no puedo porque tu muerte nos deja demasiado desposeídos para ser capaces de aceptarla.

Cada persona que te conocía y te quería —dos cosas que eran indisociables— trazaría de ti un perfil distinto, pues a cada uno nos iluminabas de manera diferente. He estado a tu lado desde hace muchísimos años, desde que entraste en EL PAÍS. Nos impresionaba tu conocimiento de la música y tu facilidad para escribir de lo que fuera con una pertinencia, una pasión y un sentido del humor extraordinarios. Siempre fuiste muy generoso y tendías a ver los valores en los demás antes que en ti mismo. Dudabas, te juzgabas con severidad, te probabas cada vez que escribías, y de esa manera, como quien no quiere la cosa, te convertiste en maestro. Enmarcarías una ceja: maestro era la palabra que guardábamos, ¿recuerdas?, para los grandes de este oficio, aquellos a los que siempre admiramos y que parecían tener el secreto de la vida y de la escritura. Pero tú llegaste, Agustí. Sin perder un ápice de humanidad. Sin vender un pedacito de tu alma. Conservando a Tintín.

Guardo como tesoros —como harán tantos— los mensajes de ánimo, estímulo y apoyo que prodigabas. Tenías un conocimiento de los sentimientos que provenía sin duda de tu historial de pérdidas y que hacía de ti el mejor hombro, personal y profesional, en el que apoyarse. De muchos de nosotros, con tus consejos y ayuda, has hecho lo que somos.

Tenía talento literario, curiosidad, humor y una inmensa cultura

Admirábamos tu capacidad para armar buenas historias. Para ejercer ese periodismo sólido, consistente, que deja poso, reflexivo y responsable, tan poco usual hoy. Bordabas las entrevistas, eras genial en los reportajes, qué te voy a decir de las críticas de óperas y conciertos —yo que no tengo oído y que cuando me llevaste aquella vez a ver a Plácido Domingo hacer Parsifal en el Liceo me pareció mucho más interesante observar cómo seguías tú la representación, transportado, iluminado, que mirar al escenario—. Pero en lo que eras memorable era en las crónicas, las columnas y piezas de opinión, los patés de campaña, cuando podías emplear a fondo todos tus enormes recursos, tu talento literario, tu curiosidad, tu inmensa cultura, tu cálida ironía y tu conocimiento de lo que impulsa y conmueve a la gente. Siempre he pensado que la palabra mayor es “honor”; tú me enseñaste que hay virtudes superiores, como el respeto y la piedad. Eras comprensivo con las debilidades y rápido en el perdón.

Estás saliendo muy bueno. Claro, estás muerto. Pero había un Agustí que no debemos olvidar, incisivo, bromista, bon vivant, excesivo, que sabía de la necesidad de aprovechar la vida, apóstol del carpe diem —de nuevo por esa familiaridad con la tragedia—, un Agustí de risas, de joie de vivre, y de no tomarse las cosas muy a pecho. Llegabas, ¿te acuerdas?, por las mañanas aquellos días en que pensábamos que el trabajo nos desbordaba en la sección de Cultura. Mirabas mi rostro avinagrado y soltabas con voz de barítono un desarmante “¡Good morning Vietnam!”. Siempre estabas allí. Amparando en los fracasos, cubriendo en los errores, interponiéndote en las injusticias.

Conseguiste premios, te ganaste el respeto y tu opinión era muy considerada. Entonces, en uno de tus grandes momentos profesional y vital, como en las tragedias y en las óperas, llegaron las pruebas. El ictus y luego el cáncer que siempre habías temido. Lo llevaste todo con una entereza de Séneca y así te has enfrentado a la muerte: el último ejemplo que nos dejas. Incluso hoy, sin embargo, no puedo dejar de asociarte a la vida. A la motocicleta y el aire en el rostro, a tu péniche —oh, capitán— y su lento discurrir gozoso en aguas en que retozan las nutrias. La imagen que conservo no es la del compañero de mesa en el diario sino la del colega de canoa. Durante un tiempo solíamos remar juntos en el Canal Olímpico de Castelldefels, los mediodías, escapando del trabajo. Hablábamos, reíamos y fingíamos remontar horizontes lejanos de límpida transparencia. A lo mejor sí que es este en el fondo, además del de un gran periodista, el obituario de un valeroso aventurero. Aventurero de la vida, explorador de los confines más anchos y hermosos de la amistad.

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